Violencia doméstica tratada por la iglesia (por Guillerma Gitz)

Guillermo Gitz

Haciéndonos eco de los tremendos casos de violencia contra la mujer, se impone una apreciación de la carta de Pedro que, escrita hace miles de años, sigue teniendo valor, cuando estas palabras parecerían fuera de moda, vetustas o desactualizadas, dado el ascenso social de la mujer en su rol dentro de la sociedad moderna. Sin embargo, no es así desde un tiempo a esta parte o, por lo menos, desde que se ha visibilizado más el maltrato e, incluso, la violencia que lleva a la muerte; los casos de ultraje femenino han ido en una espiral en ascenso.

El pasaje de 1 Pedro 3: 7a es muy preciso en la obligación de los maridos y, extendiendo el sentido, sumamos también a los novios o cualquier varón en relación con una mujer. “En cuanto a ustedes, los esposos, sean comprensivos con sus esposas. Denles el honor que les corresponde, teniendo en cuenta que ellas son más delicadas (otras versiones: “vaso más frágil”) y están llamadas a compartir con ustedes la vida que Dios les dará como herencia”.

Increíblemente, en 2018, hay estadísticas como esta:

“Los resultados del test digital hecho este año por el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad de Buenos Aires, permite advertir y reconocer las señales de un noviazgo con indicios de violencia”, fueron anunciados hoy con motivo del próximo Día de los Enamorados, que se celebra cada 14 de febrero. De esa manera, el estudio mostró que un 50 por ciento de las mujeres presenta, en mayor o menor grado, signos de violencia en su pareja, de los cuales, el maltrato psicológico es el principal”. (Ver Clarin)

¿Cómo se involucra la iglesia en casos de violencia en el seno de los hogares de sus miembros?

Tal como la misma sociedad, la iglesia ha pretendido desconocer y luego, encubrir la existencia de la violencia de género en los hogares de su membresía. Cuando el ocultamiento deliberado no surtía el efecto deseado, cualquier situación que osaba salir a la superficie, sea porque la esposa contaba su caso o el mismo era conocido de alguna manera por alguien; entonces, respondía como la misma sociedad machista lo hacía: “alguna razón habrá para que eso ocurra”. A partir de allí, la iglesia o sus líderes sacaban a relucir textos bíblicos que indican que la mujer debe someterse al marido (1 Pedro 3:1; Colosenses 3:18; Efesios 5:22). Pasajes estos que no revelan sometimiento o sujeción esclavizante sino un trato armonioso en la pareja cristiana, que es un reflejo simbólico de la relación entre Cristo y su iglesia. Con el hombre como cabeza del hogar, pero no como un tirano que somete. Siendo que el esposo debe tener en cuenta que ambos cónyuges son imagen de Dios y son uno en Cristo (Gálatas 3:28).

Sabemos que, lamentablemente, esto no se debe escribir solamente en tiempo pasado porque aún hoy, en muchas congregaciones, todavía se procede de igual manera que antes. Cargando la culpa en la agredida y exculpando al agresor.  Poco se hace dentro de la iglesia por ponderar el trato delicado y amoroso que debe cultivar el marido para con su esposa. La violencia doméstica abarca todos los estratos sociales. Y, en la iglesia, se repite como un calco de la sociedad, algo que no debería suceder si se enseñara en profundidad el texto bíblico. Si se entendiera la alta estima que la Biblia tiene por la mujer, que devino en que la cultura judeo-cristiana la haya reivindicado como ninguna otra cultura lo ha hecho. Jesús estuvo rodeado permanentemente de mujeres e interactuó o fue compañero de ellas; la lista sería larga de dar. Lo mismo podemos decir de las muchas que estuvieron relacionadas con Pablo o con Juan (2 Juan 1:1; en la mayoría de las versiones, en distintos idiomas, se dirige a una señora elegida y sus hijos). En cambio, se ha comprobado cómo muchos líderes, ya sean pastores, diáconos, dirigentes de ministerios extra eclesiales, etc., en lugar de ser modelos cabales para los hombres de sus iglesias o sus ministerios, tratan también con violencia a sus esposas. Y, al no servir de ejemplo creíble, entonces, no pueden, o más bien se auto limitan de enseñar con autoridad el texto bíblico.

Como sabemos, la violencia no sólo es física sino también es emocional, sexual, financiera, social y espiritual. Cualquiera de estos modos de abuso es empleado por miembros varones en nuestras iglesias. Casos muchas veces silenciados, minimizados o diluidos en su importancia, tanto por parte del abusador como por el liderazgo eclesial. Tremendo desconocimiento de los consejos apostólicos. Al ya mencionado de Pedro, sumemos el de Pablo en Efesios 5:25 y versos siguientes.

Un periodista del diario español El País, aludió a esta problemática focalizando puntualmente en el hombre: “Qué les pasa a los hombres, qué telaraña mental sigue existiendo en sus mentes que los aprisiona. Por qué los hombres no se sienten interpelados o aludidos como género por estas cuestiones de violencia contra la mujer. Se podrán modificar leyes y se tratará de cambiar hábitos.  Pero, si no aceptamos que quedan asignaturas pendientes en nuestras mentes, avanzaremos muy poco y muy lentamente”.

Planteo oportuno para preguntarnos por qué los hombres, muchas veces, tratamos tan mal a nuestras parejas. Qué aprisiona nuestras mentes para no romper con esos injustificados hábitos machistas de los hombres, en general, y los hombres cristianos, en particular. Qué tara inconsciente nos dificulta auto examinarnos con honestidad y reconocer nuestras conductas autoritarias en nuestra relación matrimonial.

En la iglesia de Dios, es un deber que exista una gran preocupación y responsabilidad por este tema. Es que está visto que en las nuevas generaciones hay jóvenes que siguen el patrón de conducta de sus padres y, por lo tanto, repiten el mismo trato abusivo con sus novias o sus esposas. Y esto debe ser una alerta para cualquier congregación que desea que el amor sea el vínculo relacional entre sus miembros.

Muchas citas bíblicas muestran cómo el Señor está del lado de las víctimas y amonesta con fiereza al abusador. La iglesia, en su compromiso con los que sufren, debe tener la misma actitud. Y, sobre todo, oír a la víctima y llamarle la atención al victimario e intervenir ayudándolo en la búsqueda de un tratamiento profesional adecuado y un seguimiento pastoral.

La iglesia del Señor debe ser un lugar libre de abusos. Y uno de ellos, la violencia doméstica, no debe ser permitida ni menos desestimada en cuanto sea detectada o avisada.  1 Corintios 13, sigue siendo el gran lema abarcador de una iglesia sana. Sería bueno que las iglesias cristianas tuviesen presente conscientemente esta cita de la Biblia, como un recordatorio de que el amor debe ser omnipresente en todas las relaciones interpersonales que se dan en su seno.

 

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