Por qué necesitamos una teología del trauma (por Philip Monroe)

Dr. Philip Monroe

Vivimos en un mundo determinado por la violencia y el trauma. Durante esta semana en la que escribo, 147 estudiantes universitarios cristianos de Kenia fueron asesinados a causa de su fe. Tales formas horrorosas de violencia nos impactan. Sin embargo, no deberían hacerlo dado que en nuestro país la violencia y el trauma son cosa de todos los días. Mientras que algunos de nuestros hermanos y hermanas locales se enfrentan a la muerta misma, todas nuestras comunidades están determinadas por violencia familiar y maltratos que parten el alma. Si tomamos las cifras más conservadoras que tenemos —1 de cada 6 varones y 1 de cada 4 mujeres han sufrido agresiones sexuales antes de los 18 años— nos damos cuenta que una gran parte de nuestros amigos y conocidos han tenido experiencias traumáticas. En una congregación de 100 personas, 20 miembros de la iglesia van por la vida con heridas invisibles de violencia sexual en sus cuerpos y almas. Y esa cifra no dice nada sobre esas personas que van por la vida con otras heridas invisibles, como aquellas causadas por violencia doméstica, prejuicio racial, sexismo y acoso, entre otros. Si incluyéramos esas formas de violencia interpersonal, ¡la cifra probablemente alcanzaría las 70 personas!

Mi amigo Boz Tchividjian pregunta: ¿cómo serían los sermones y las conversaciones si 20 de las 100 personas de nuestra congregación imaginaria acabara de perder su casa en un incendio o un hijo por muerte prematura? ¿No estaríamos trabajando para mejorar la comprensión de la actividad de Dios en medio de tanto quebrantamiento en lugar de ignorar el dolor y tratarlo simplemente como una pequeña dificultad de la vida normal?

Sin embargo, seguimos imaginando el trauma como una especie de estado anormal.

Ruard Ganzevoort [1] nos dice: “Cuando analizamos asuntos como este, debemos concluir que nuestras sociedades occidentales están más definidas por la violencia y el trauma de lo que pensamos, incluso si la vida cotidiana es mucho más cómoda en varias maneras” (p.13). Así, Ganzevoort continúa, no debemos “tomar el trauma y la violencia como excepciones extrañas en un mundo que por lo demás es ‘agradable’” (ibíd., mí énfasis). Concluye que mientras tenemos una fuerte teología para el pecador, tenemos una teología mucho menos articulada para las víctimas.

¿Qué pasaría si leyéramos la Biblia de manera que construyéramos una teología del trauma para las víctimas? ¿Cómo sería? Yo diría que la máxima de Diane Langberg establece muy bien el escenario: la cruz es donde el trauma y Dios se encuentran. Jesús grita debido al dolor que le genera el abandono del Padre. Dado que tenemos un sumo sacerdote que entiende nuestro trauma (Hebreos 4:15), podemos leer todo el canon en el marco del trauma: desde el trauma del primer pecado y la muerte al trauma de la cruz y hasta el trauma previo a los nuevos cielos y la nueva tierra que han de venir.

Temas clave en una teología del trauma
Leer la Biblia a través del lente del trauma destaca algunos temas clave más allá de la base de un Dios que conoce el trauma de primera mano a causa de la tortura y muerte injustas de Jesús:

La angustia es la norma y frecuentemente genera preguntas
Cuando más de un 40 % de los Salmos son lamentos (¡y eso es sin contar los temas principales de los profetas!), debemos reconocer que la angustia es la forma más apropiada de comunicarse con Dios y entre nosotros. Pero no estamos solos en este sentimiento de angustia. Dios también la expresa. Noten que Dios expresa su angustia por la idolatría de Israel (Ezequiel 6:9) y Jesús expresa la suya cuando se lamenta por Israel (Lucas 13:24) y pregunta a gritos cuando es abandonado por el Padre (al citar —y cumplir— el Salmo 22)

Será despreciado y desechado por la humanidad entera. Será el hombre más sufrido, el más experimentado en el sufrimiento.

La paz se alcanza… en un contexto de caos
El Salmo 23 viene a la boca de muchos en tiempos difíciles, puesto que transmite las ideas de paz y descanso durante tiempos muy difíciles. Hay sombras de muerte, pero también consuelo; los enemigos acechan, pero a la vez se celebra un banquete. La paz se da muy raramente fuera del caos y la aflicción. Consideremos Jeremías 29:11, que se cita con mucha frecuencia para las personas que están atravesando dificultades para recordarles que Dios tiene un plan. Efectivamente tiene uno, ¡pero recuerden que su plan era vivir en exilio entre esas personas que consideraban a los israelitas como extranjeros y ciudadanos inferiores!

El reino de Dios en el presente no promete proteger los cuerpos
Intenten leer el Salmo 121 en voz alta entre personas que han sobrevivido un genocidio o que han sido violadas reiteradamente por soldados. “El Señor te librará de todo mal” ¿En serio? ¿Has perdido 70 miembros de tu familia? ¿No puedes controlar tu vejiga a causa del daño traumático que sufrió? ¿Dónde estaba tu protección? Nuestra teología del cuidado de Dios debe tener en cuenta que Él no elimina los desastres de la vida de quienes ama. Recuerden de nuevo el trauma que sufrieron las personas que Dios eligió para ser su remanente. Fueron ellos a quienes los babilonios arrancaron de sus familias y esclavizaron.

Dios y su pueblo tienen por delante la tarea de prevenir el trauma y de hacer justicia  y misericordia
El reino de Dios no es para quienes tengan creencias puras. El reino de Dios es para los pobres de espíritu, los perseguidos, los misericordiosos y los que tienen hambre y sed de justicia (Mateo 5). La religión verdadera o pura la practican quienes se preocupan por los más vulnerables entre nosotros (Santiago 1:27). Jesús mismo es el cumplimiento de la sanación al afirmar que Isaías 61 se ha cumplido en su persona y misión (Lucas 4:18-21). Nosotros, su pueblo, somos las manos y pies que deben llevar esa atadura y liberarnos de la opresión.

La recuperación y renovación durante y después del trauma probablemente no elimina las consecuencias de la violencia hasta la última venida de Jesucristo
A pesar de nuestra llamada para sanar a los heridos y liberar a los esclavizados, no nos prometen que las consecuencias de la violencia serán removidas hasta el juicio final. Raramente esperamos que vuelvan a crecer miembros del cuerpo que se han perdido o que desaparezcan heridas traumáticas en el cerebro luego de recuperarse tras un accidente. Sin embargo, a veces asumimos que las reacciones traumáticas como sobresaltos, retrospectivas o pánico abrumador deberían esfumarse si la persona se ha recuperado. Una teología del trauma robusta reconoce que no tenemos una promesa de recuperarnos en esta vida. Lo que sí tenemos es la teología de la presencia. Dios está con nosotros y nos fortalecerá guiándonos para servirlo y participar en su misión a la gloria.

Hay mucho más para decir sobre la teología del trauma para víctimas. Podemos discutir la teodicea, el perdón, la justicia reconstituyente y la reconciliación. Pero por ahora, seamos pacientes con quienes están sufriendo, puesto que representan la norma y no la excepción. Y construyamos una teología misional del trauma, no solo para las víctimas, sino para todos.

[1] GANZEVOORT, R. Ruard, “Teaching that Matters: A Course on Trauma and Theology” [“Enseñanza que importa: Curso sobre trauma y teología”]. Journal of Adult Theological Education, Vol. 5, N°1, 2008, pp. 8-19.  

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