Luego del fin: Una reflexión de Pascuas (por William Edgar)

Dr. William Edgar

Cuando era niño e iba al cine, siempre me preguntaba qué ocurriría después de la última escena. ¿A dónde iría el vagabundo luego de partir en dirección a la puesta del sol? ¿Qué haría el villano en la cárcel por el resto de sus días? Los finales de las películas suelen ser tan buenos que, si imaginamos cómo continúa la historia, probablemente nos decepcionemos. ¿Formó la joven pareja su propia familia, pagó las cuentas, envió a sus hijos a la escuela? ¿Dejó el vagabundo ese estilo de vida y logró insertarse en la clase media? ¿Aprendió el preso a cooperar con su guardia? Una vez creada la historia, incluyendo la creciente tensión y el momento de mayor conflicto, el final llega sin posibilidad de que ocurra nada más.

Uno podría pensar que lo mismo sucede con la muerte, resurrección y ascensión de Cristo Jesús. ¿Cómo podría agregarse algo más a tan dramático pináculo? Luego de una larga, larga espera, Jesús vino a morir y a resucitar. «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley…» (Gálatas 4:4,5). «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo…» (Hebreos 1:1,2). En realidad, en el sentido más importante, la misión de Cristo está terminada. «…en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado […] y después de esto, el juicio.» (Hebreos 9:26, 27). ¿Qué más vendrá después, salvo el fin del mundo?

Siguiendo esta línea de pensamiento, veamos lo que sucede con posterioridad a los dramáticos sucesos de Semana Santa. Consideremos el momento conmovedor, luego de la resurrección de Jesús y anterior a su ascensión, cuando se encontró con Pedro. Pedro se había acobardado en las vísperas de la crucifixión y había negado a su maestro tres veces.  Pasó de ser un osado defensor de Jesús, que usó su espada para atacar al siervo del sumo sacerdote en el huerto, a convertirse en un sumiso observador. En ese momento oscuro, Pedro recordó la predicción de Jesús cuando le había dicho que, una vez que el gallo cantara tres veces, él lo negaría. En contraposición a sus valientes declaraciones unas horas antes, eso fue exactamente lo que hizo. Sintiendo un profundo dolor, sólo pudo llorar amargamente y retirarse (Mateo 26:75).

Y aún más.

En el mayor giro de la historia de todos los tiempos, Jesús se levantó de los muertos. El momento decisivo para la redención del mundo había ocurrido. ¿Y luego, qué? ¿Bajó el telón? No. De alguna manera, la historia recién empezaba. El Cristo resucitado comenzó a aparecer ante sus discípulos con un mensaje urgente para darles: Ir a las naciones y hacer discípulos (Mateo 28:19). A través de ellos, Dios reuniría a su pueblo de cada rincón de la Tierra.

¿Y qué ocurrió con Pedro? De pronto, allí estaban, cara a cara (Juan 21:15-19). Este debe haber sido el momento más difícil en la vida de Pedro. Si alguna vez tuvo que enfrentar a un padre enojado o a un maestro severo luego de haber hecho algo incorrecto, se imaginarán su malestar. Este era el mismísimo Señor, creador del cielo y de la tierra y, además, amigo, su amigo íntimo. Pedro le había dado la espalda a su amigo querido.

En vez de confrontar a Pedro con una dura amonestación, el Señor le preguntó tres veces: «¿Me amas?». Aunque aliviado por no ser increpado o, aún peor, haber perdido la relación, indudablemente, le debe haber dolido esta pregunta. Podemos percibir su frustración. ¿Por qué Jesús le tuvo que preguntar tres veces si él sabía, sin siquiera preguntarle, cómo se sentía Pedro realmente? Jesús quería resaltar este punto: «Alimenta a mis ovejas». Había una tarea por delante, tan urgente, tan vital que la consigna debía repetirse tres veces. Pedro fue restaurado, pero lo más importante es que ahora tenía una misión: cuidar el rebaño.

Un pastor que tuve hace unos años solía decir que ser llamado oveja no es exactamente un cumplido. Las ovejas son tercas, no muy inteligentes, suelen deambular y son propensas a seguir a usurpadores. Aquellas imágenes sentimentales de los vitrales de un Jesús pálido, de cabello largo, que cargaba a un pequeño cordero en sus brazos, tiene muy poca relación con la dura realidad: somos difíciles de manejar.   Y entonces, una y otra vez, el Señor se compara con un pastor, el Buen Pastor, que da su vida por sus ovejas (Juan 10:15). Y debido a que el Señor es nuestro Pastor, nada nos faltará (Salmo 23:1). Mas él también trabaja mediante sus ‘subpastores’.

Como todos sabían en la antigüedad, el bienestar del rebaño está en las manos de sus líderes. Para el momento en que Pedro escribe su primera carta, ya había aprendido muy bien esta lección. «A los ancianos que están entre ustedes, yo, que soy anciano como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe con ellos de la gloria que se ha de revelar, les ruego esto: cuiden como pastores el rebaño de Dios que está a su cargo…» (1 Pedro 5.1-2). Los líderes dispuestos por Cristo son ‘subpastores’ que, con dedicación, cuidan el rebaño (v.2).

¿Quiénes son las ovejas? ¿Dónde está el rebaño? Pedro dirige esta carta a los «expatriados de la dispersión» (1:1). Ya no sólo en un territorio; el Pueblo de Dios está disperso en diferentes lugares. En la actualidad, están dispersos por todo el mundo. Algunos son libres, otros perseguidos. Algunos tienen solvencia económica, otros son pobres. Algunos son poderosos, otros débiles. En conjunto, cuanto mayor sea la cantidad de personas comunes, más extraordinario. El apóstol Pablo les recuerda a los engreídos corintios que «no muchos eran poderosos, ni nobles» (1 Corintios 1:26).  Esto es, en parte, a propósito para que no se acuse a los cristianos de elitistas.

El genial artista Rembrandt lo reflejó en sus pinturas de personas que, como él mismo, eran simples; gente común, aquellas que Dios ama. El historiador de arte Robert Hughes llama a Rembrandt «un singular conocedor de lo común».  Mientras otros artistas hubieran representado temas celestiales interfiriendo en lo terrenal, Rembrandt lo abordó de manera opuesta. «Tampoco trató a lo humano como una manera de escape del desorden y la fealdad episódica del mundo real. La realidad siempre intervino en los sucesos celestiales. «¿Qué otros artistas plásticos de su época hubieran querido mostrar las plantas de los pies de un ángel mientras va volando y alejándose de la familia de Tobías?» ”[1]

La falta de posición social se equilibra con la cantidad. Los creyentes en Cristo están en cada lugar y en cada estación. La fe cristiana, hoy en día, es la más universal y la más diversa de todas las religiones.[2] ¿Cómo ha ocurrido? La mejor respuesta es el trabajo, entre bastidores, del Espíritu Santo. Nuevamente, al dirigirse a los corintios, Pablo explica que mientras él plantó, Apolos regó, y «Dios dio el crecimiento» (1 corintios  3:6). Sin embargo, existe un rol esencial para la tarea de evangelistas y pastores: ser responsables del cuidado del rebaño. Este es el verdadero significado del término «pastor».

Cuando el Señor le hizo aquel ruego apasionado a Pedro, quizás nadie en ese momento hubiera imaginado la extensión que alcanzaría el mensaje cristiano en los siglos futuros. El Evangelio sería proclamado hasta el último rincón de la Tierra (Hechos 1:8; 13:47). Pablo les dijo a los colosenses que el Evangelio crecía y llevaba fruto a todo el mundo (Colosenses 1:6). Veintiún siglos después, entendemos cuán sorprendentemente vasta es la Tierra, y el alcance del Evangelio excede nuestra imaginación. Sin duda, la mayor parte del crecimiento mundial actual está en el sur. En la época de Jesús, virtualmente, todos los cristianos eran sureños. Con el paso del tiempo, la fe cristiana se expandió hacia el norte, con lo cual, en el año 1500, un 92% de los cristianos provenían de allí (particularmente de Europa). Luego, ese número descendió a un 83% hacia 1900. Hoy en día, más de 100 años después, más del 75% de los cristianos viven en el sur del mundo. Únicamente en África, la cantidad aumentó del 9.3% de la población en 1910 al 48.3% en 2010.

Dichos números no reflejan la historia completa, de ninguna manera. Los creyentes en el sur viven en condiciones muy diferentes. Nosotros visitamos las casas centrales de las iglesias en China, donde los creyentes viven bajo una fuerte presión. También visitamos Indonesia, donde el 10% de la minoría cristiana del país, predominantemente musulmán, disfruta de una relativa libertad; de todos modos, deben aprender a vivir con quienes difieren en gran manera.  Hemos visitado sectores de África donde los cristianos son muy pobres y, aun así, su fe es vital. Y aunque el cristianismo en Europa y América del Norte está disminuyendo, vemos señales significativas de resurgimiento en estos lugares.

Lo que es sorprendente y alentador, cuando vemos este tipo de crecimiento mundial, es la manera que tienen los seguidores de Cristo de poner en práctica los principios del Reino como ciudadanos y en todo tipo de vocaciones. En África, los creyentes están aprendiendo cómo responder a temas relacionados con la Iglesia y el Estado. En el sudeste asiático, muchos están tomando el desafío de involucrarse en empresas e industrias para la gloria de Dios. En Europa, están lidiando con cuestiones tales como políticas de inmigración e introduciendo el pluralismo fundamentado.  Sólo una vez que el rebaño se ha nutrido del Evangelio completo, aquel que va más allá de la conversión del alma, se produce un verdadero avance de la causa del Señor Resucitado, justamente ¡después del final!

 

Preguntas para la reflexión: 

  1. ¿Qué elementos en el relato de Juan 21:15-19 articulan la urgencia del mandamiento que Cristo le dio a Pedro? ¿Cuál hubiera sido el error de un final del tipo «y todos vivieron felices por siempre»?
  2. ¿Por qué el Señor Resucitado no cambia el mundo más rápidamente? ¿Por qué es necesario el minucioso trabajo de pastorear el rebaño en vez de realizar una transformación instantánea?
  3. La imagen de las ovejas y los pastores se repite a lo largo de la Biblia. Además de esta, que resulta familiar en una sociedad agraria, ¿qué hubiera guardado relación, hasta hoy en día, con el llamamiento de los creyentes en el mundo?
  4. ¿Qué aprendemos del carácter no elitista del Evangelio a partir de las pinturas de Rembrandt? ¿De qué manera el elitismo puede amenazar al pueblo de Dios en la actualidad?

[1] Robert Hughes, “Connoisseur of the Ordinary,” The Guardian, Feb. 10, 2006 [http://www.theguardian.com/artanddesign/2006/feb/11/art].

[2] Todd M. Johnson & Brian J. Grim, The World’s Religions in Figures: An Introduction to International Religious Demography, Oxford: Wiley-Blackwell, 2013, ad loc.

William Edgar es Profesor de Apologética en el Seminario Teológico de Westminster en Filadelfia.

Capital Commentary es una publicación semanal de temas actuales del CPJ, cuyo objetivo es alentar la búsqueda de la justicia pública.

06-04-2015

Para más información: http://www.cpjustice.org/public/capital_commentary/article/61#sthash.c5hbpr6M.dpuf

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