Para Argentina… de corazón

Considerando que soy extranjero y no soy latinoamericano, a veces siento que Argentina “es complicada”, como dirían los argentinos.

Me gustan mucho las culturas y trato de entenderlas y participar en ellas en la medida de lo posible. Disfruto leer sobre ellas y también acercarme a la literatura local. Busco “embajadores” culturales que me ayuden a interpretar valores y costumbres (intento describir la cultura argentina y ofrecer nuevas perspectivas sobre ella en varios blogs de este sitio web*). De modo que sí intento entender a Argentina. Sin embargo, al final acabo sintiendo que esta nación (y muchas veces también su iglesia evangélica, de la cual soy parte) es “un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma”. De hecho, resumo los aspectos en los que hallo impenetrable a la cultura argentina usando el término “fortaleza Argentina”.

He pensado para mis adentros: “quizás entendería mejor al pueblo argentino si…”. La lista de posibles acciones es larga: si dominara su idioma, si memorizara cien términos y expresiones del lunfardo, si aprendiera a bailar tango, si comiera más carne y menos verduras, si disfrutara cenar más tarde, si prefiriera —cuando puedo— quedarme despierto hasta muy tarde y dormir toda la mañana, si me volviera fanático de algún equipo de fútbol local, si estudiara todos los matices y puntos de comparación entre Messi y Maradona, si leyera más literatura argentina o mirara más películas, si me acostumbrara al Fernet con Coca, si los divertidos y dolorosos detalles de Somos de acá o Soñando por cantar me hicieran reír y llorar, si aprendiera más gestos y lenguaje corporal argentino, si disfrutara quedarme a fiestas de casamiento que duran toda la noche, si olvidara la puntualidad y aprendiera a ser más espontáneo, si sintiera devoción por Evita, si entendiera mejor las pasiones opuestas que despiertan Cristina y Macri, si sintiera una profunda indignación y dolor al escuchar hablar de la “guerra sucia” o de la crisis económica del 2001, si me simpatizara más el orgullo argentino o si entendiera mejor la vergüenza nacional que expresa la frase “¡Qué desastre este país!”.

En otras palabras, ¡si sólo pudiera ser más como ustedes! Pero no puedo.

No obstante, la realidad es que sí amo a Argentina (¡hasta me casé con una de sus mujeres!).

Por ejemplo: tomo mate todos los días —amargo, aunque a veces le pongo miel—; amo el dulce de leche (en especial el gusto de helado); disfruto los asados (incluso intento ponerme en los zapatos de un verdadero asador con mi propia parrilla, aunque no siempre con éxito); me fascina mirar a la selección nacional de fútbol (Messi en particular, para mí, es una forma de arte); creo que sus helados y pizzas son excelentes (mucho mejores que en mi país, aunque nuestras cervezas, quesos y panes son mejores); reconozco que le dieron al mundo tres de sus personalidades más famosas —el Papa Francisco, Messi y el Che Guevara—; admiro su espíritu emprendedor cuando veo a los vendedores ambulantes y a los dueños de pequeñas empresas; me río de la forma en que la gente da una dirección cuando alguien está perdido (todo muy útil, ¡pero muy verboso!); me encantan el ingenio, la flexibilidad y la paciencia de los argentinos. ¡Hay tanto de qué admirarse y aprender!

Aun así, me encuentro con que muchas personas no son abiertas ni se dejan ver vulnerables, en especial, frente a un extranjero. Extraño muchísimo el debate conceptual y teológico profundo, en especial, entre cristianos. Lucho con el insularismo de la cosmovisión y la cultura argentinas. A veces, veo que las personas no están dispuestas a aprender de los demás, y menos de un yankee norteamericano o un inglés (incluso dentro de la iglesia). Hay un orgullo nacional desmedido hacia el resto de Latinoamérica y una excesiva tendencia a sentirse victimizado y considerar que se tiene derecho a obtener algo más, además del fenómeno del chanta, que es bastante problemático (la sinceridad y la fidelidad en palabras y hechos es una debilidad, al igual que la falta de complimiento y constancia).

A mis amigos cristianos les pregunto: ¿Dónde está la pasión intelectual y la disciplina para amar a Dios con la mente? (Hay tantas distracciones.) Y, ¿dónde está la indignación que sintió Pablo en Atenas, cuando “su espíritu se enardeció al ver que la ciudad estaba entregada a la idolatría” (Hechos 17:16)?

Por eso, le escribo a Argentina… de corazón. No obstante, sí me siento en ocasiones un poco como Pablo, quien escribió a los corintios: “Les hemos hablado con toda franqueza; les hemos abierto nuestro corazón. No les hemos cerrado nuestro corazón, aunque ustedes sí nos hayan cerrado el suyo” (2 Corintios 6:11-12).

*Blogs con un enfoque argentino

2 comentarios

  1. Muy bueno Richard.
    No creo que tengas que cambiar por Argentina, así como Argentina no planea cambiar por vos.
    Si podes hacer una cosa… para estar más cerca de Argentina, relájate y disfruta del viaje.
    Se como sos, yo disfruto que seas diferente.
    Con respecto al fútbol. Messi, Maradona da igual, lo único que hicieron por la argentina es jugar al fútbol, lo cual solo les dejo ganancia a ellos. Me pregunto cuando ellos mueran Dios les preguntará por la copas que ganaron??
    O les va a preguntar que hicieron con su tiempo. a quien le hablaron de mi etc.
    creo que hay mucho para hablar al respecto de tu blog.

    La cultura Argentina tiene que ser cambiada a la cultura de Dios

    Un abrazo

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    1. Es más pensando en tu post nuevo.
      Hay algo que se me vino a la mente, Y es (Tiempo)
      Cuanto tiempo pasa el mundo entero idolatrado algún programa de tv, fútbol o sus propios vicios.
      “Cuanto tiempo perdido, pensando en como agradar a los demás o como hacer que los demás sean dignos de mi……”

      Cuando tendríamos que agradar a Dios y ser dignos de El.

      Le gusta a 1 persona

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