¿Qué tiene de malo este cuadro?

(Una reflexión dedicada a mis amigos latinoamericanos)

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“Una nación guiada por Dios”

¿Conocen la expresión “una imagen vale más que mil palabras”? Sin lugar a dudas, este cuadro transmite un mensaje muy profundo. Jon McNaughton, el pintor, habló de su obra y dijo:

Cristo sostiene en su mano la Constitución de Estados Unidos y detrás de él están los padres fundadores de nuestra nación y otros héroes patrios de los últimos dos siglos, que nos hablan desde el pasado. Nos piden que recordemos los fundamentos de la grandeza y las libertades de nuestro país tal como las define la Constitución. El hecho de que Cristo tenga la Constitución en la mano es muy significativo. Creo que fue un documento inspirado por Dios y que Él sostiene esta nación en la palma de su mano. La Constitución aseguró a los estadounidenses esa clase de libertad que se desconoce en el resto del mundo. Creo que nuestro país se ha debilitado gradualmente con el paso de los años y ahora estamos alcanzando un punto crítico. Hacia el frente del cuadro, del lado izquierdo, están nuestros ciudadanos fuertes. Al otro lado están aquellos que creo que debilitaron nuestra nación. La pintura es muy simbólica y quise que así lo fuera para que las personas la examinaran y reflexionaran en su mensaje. Espero esta explicación sobre el significado del retrato los ayude a entender mis sentimientos y opiniones al respecto. […] Observen que Cristo está señalando el texto de la Constitución de Estados Unidos: eso reafirma el mensaje de que Él da su respaldo divino a este documento.

La imagen es una representación visual vibrante de uno de los mitos religiosos centrales de Estados Unidos, que es también casi un credo implícito para muchos evangélicos norteamericanos. La idea de que somos “una nación guiada por Dios” se remonta a las primeras etapas de nuestra historia, al período en que nuestra nación apenas se estaba gestando. Si tomamos los términos que la Biblia usa para referirse a Israel, esta visión ilustra a “la nueva Israel de Dios” y nos extiende como ciudadanos estadounidenses el llamado divino a ser “un pueblo escogido”, “una ciudad situada sobre un monte”, “la luz de las naciones” y una “nueva Jerusalén”, separada para llevar a cabo una misión especial en la Tierra. Hace poco, por ejemplo, un pastor oró por el candidato presidencial Donald Trump diciendo: “Solo dos naciones han tenido una relación con Dios: Israel y Estados Unidos”. Sin embargo, con el paso de los siglos y bajo la influencia de la secularización, esta visión central tomó una nueva ruta y se transformó en la doctrina del destino manifiesto, el sueño americano, “crear un mundo seguro para la democracia” y el sentido de excepcionalidad estadounidense.

El mito es fundamental en la percepción de Estados Unidos de sí mismo como nación. Uno de los primeros académicos en expresar su postura al respecto desarrolló su propia versión —explícitamente religiosa— de esa visión de la siguiente manera:

Da por sentado que Dios, en el momento propicio en el curso de la historia, llamó a un grupo de personas fuertes de las antiguas naciones dominadas por privilegios y desigualdades; que llevó a este valioso puñado de almas a un nuevo mundo y los introdujo a ellos y a sus descendientes a un entorno ideal para el desarrollo de una sociedad libre; que al concederles gracia también les delegó la peculiar responsabilidad de poner en alto las instituciones populares. Si los estadounidenses fallaran en su experimento de gobierno independiente, no solo fallarían para sí mismos, sino que también le fallarían a todos los hombres que buscan o merecen ser libres.

Thomas Paine, uno de los primeros patriotas norteamericanos, escribió: “Tenemos en nuestras manos la oportunidad darle al mundo un nuevo comienzo. No se ha presentado ocasión como la presente desde los tiempos de Noé hasta ahora. El nacimiento de un nuevo mundo está cerca…”. En declaraciones mucho más recientes, Bill Clinton afirmó que “Estados Unidos sigue siendo una nación indispensable” y que “hay momentos en los que Estados Unidos, y solo Estados Unidos, puede marcar la diferencia entre la guerra y la paz, entre la represión y la libertad”. Ronald Reagan dijo: “He hablado de la ciudad iluminada durante toda mi carrera política […]. A mis ojos era una ciudad alta y ostentosa edificada sobre la roca, más fuerte que los océanos y los vientos, bendecida por Dios”. George W. Bush anunció: “Como las generaciones que nos precedieron, tenemos el llamado desde más allá de los cielos a luchar para defender la libertad. Ese es el sueño eterno de Estados Unidos”. Barack Obama afirmó:

Qué nos hace especiales. Muchas veces hablamos de la excepcionalidad de Estados Unidos y de cuánto amamos esta nación, y hay tantas cosas maravillosas en ella. Pero lo que hace que seamos la envidia del mundo no solo es nuestra capacidad de generar una riqueza increíble para unas pocas personas; es también el hecho de que les hemos dado a todos la oportunidad de ir en pos de la verdadera medida de la felicidad. Eso es lo que somos.

El mito afecta casi todos los aspectos de la conciencia norteamericana, incluidas las políticas internas y las relaciones internacionales. Yace en las raíces de lo que llamamos nuestras “guerras culturales” y las controversias acerca del aborto, la pena de muerte, el matrimonio, la homosexualidad, la educación y la relación única de nuestra nación con Israel.

Desde el punto de vista del resto del mundo, este sentido de nuestro destino y responsabilidad suele hacer que los demás sientan que los estadounidenses pretenden “salvarlos” o “iluminarlos” con su visión cultural única. Y, desafortunadamente, Estados Unidos a veces actúa como si tan solo fuera una nación heroica, la fuente de todo lo bueno que hay en el mundo. (Mi hijastro, que nació en otro país, preguntaba: “Si los estadounidenses son tan especiales, ¿eso qué dice de nosotros?”). De hecho, mi esposa y yo a menudo nos reímos de todas esas películas en las que se nos describe como los salvadores, que rescatan a la humanidad de todas las amenazas, ya sean terroristas, plagas, aliens o desastres naturales. También suelo decirle que es muy afortunada por estar casada con un yankee. No obstante, es verdad que muchas veces, a los ojos de los demás, Estados Unidos se inmiscuye en asuntos internos ajenos, o que da la impresión de que creemos tener todas las respuestas y saber cómo hacer mejor todas las cosas. Honestamente, eso es arrogancia cultural.

Sin embargo, hay un aspecto en particular del mito que asedia a los evangélicos de Estados Unidos: la idea de que el país debe volver a sus “raíces” como república cristiana. Por esa razón, a menudo escuchamos llamados al avivamiento y la restauración. Con frecuencia, se cita el pasaje de 2 Crónicas 7:14 en referencia a la nación: “Si mi pueblo, sobre el cual se invoca mi nombre, se humilla y ora, y busca mi rostro, y se aparta de sus malos caminos, yo lo escucharé desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra”.

Sin embargo, este es claramente un grave error teológico e histórico que, como resultado, se ha vuelto un ídolo cultural, lo que conlleva consecuencias de gran alcance para la nación y la iglesia. Si bien la cosmovisión bíblica ha tenido un rol crítico en la fundación y formación de la nación, en especial en las primeras etapas de su historia, es evidente que hubo otras cosmovisiones que entraron en juego, en especial en el siglo pasado. Más importante aún es el cuestionamiento crítico que plantean la pintura y el mito para los cristianos de mi país: ¿Quién es el pueblo de Dios? ¿Cuál es la “nación” de Dios? Las respuestas a esas preguntas crean expectación en un plano eclesiológico, teológico, social y político.

Dicho de otro modo, ¿qué presuposiciones gobiernan nuestro pensamiento y nuestras acciones? ¿La cosmovisión bíblica o la mitología norteamericana? ¿La Biblia o la idolatría?

2 comments

  1. Creerse una nación especial es la tentación de cualquier país que ha sobresalido en diversas esferas. Históricamente muchos pueblos dominantes se proclamaron como referentes para el resto del mundo. Estados Unidos, y dada la concepción con que fueron fundadas sus primitivas poblaciones; y según el uso bíblico expuesto por sus primeros líderes se supuso un pueblo elegido por Dios. Esa retórica fue repetida muchas veces a lo largo del tiempo, captando el interés de cierta cantidad de sus gobernados quienes replicaron ese mismo pensamiento. Entre ellos, encontramos al pintor de este cuadro. La pintura exalta el proclamado excepcionalismo, que es una manera arrogante de percibirse a sí mismo. Estados Unidos se asume como una especie de faro de occidente. Lamentablemente cierto ambiente evangélico, después de siglos, sigue creyendo la ficción de la excepcionalidad; cuando indudablemente ese país ha demostrado sus fallas y también sus pecados que lo muestran como una nación similar al resto. Aquí se impone el comentario bíblico: “No hay justo ni aun uno” (Ro. 3:10). Este juicio de Dios sobre el ser humano también es pertinente para las naciones dado que están compuestas por individuos en masa.
    Por último quiero separar a la nación/gobierno, de las honestas misiones evangelizadoras cristianas que alcanzaron los confines del mundo.
    Guillermo Gitz

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