El Silencio de Dios

Por Guillermo Gitz

FullSizeRenderCada cierto tiempo, algunos intelectuales y aun periodistas vuelven a afirmar que Dios está en silencio. En elaborados comentarios representan a un Dios inmutable ante el dantesco entorno de la realidad. Con virtuosa artesanía literaria, detallan las tragedias que se expanden por el mundo y, de esa manera, tratan de demostrar la pasividad de Dios. Esta táctica para desacreditarlo ha sido, y aún es, muy utilizada por los medios de comunicación masivos y es temática de cantidad de libros de tapas vistosas.

Tanto ha influenciado este pensamiento que mucha gente también concuerda con que Dios es un espectador inconmovible de la existencia humana. La estrategia que más se utiliza consiste en presentar a un ser superior distante e indiferente de su propia creación. Lo describen como flemático ante la naturaleza sacudida por todo tipo de catástrofes, y desatento a los desastres del medio ambiente cada vez mayores.

Expresan que Dios tampoco manifiesta inquietud por el devenir de la historia, que permite las injusticias sociales más tremendas, que es insensible ante la angustia y el sufrimiento de la humanidad.

El silencio de Dios, es una frase que pretende aunar criterios acerca de que Dios se ha despreocupado de nosotros y no se interesa por el curso de los acontecimientos mundiales. “Si Dios realmente existiese, no permitiría las guerras, el hambre, el dolor, la injusticia”. Esta es la exclamación de mucha gente. La finalidad de la táctica es que la gente descrea y pierda la fe en el Dios bíblico.

Pero, como escribió Francis Schaeffer: “Dios está activo y no está en silencio porque ha hablado al ser humano en la Biblia”. Y también se ha revelado de muchas maneras en la historia.

Sin embargo, los que aprovechan las adversidades actuales para reiterar este tópico pueden desarrollar con lucidez sus comentarios, porque encuentran argumentos favorables en esta época y entonces pueden desplegar su ideología brillantemente. Es que pretenden convencer a la gente de que Dios los ha olvidado. Y parecería que tienen razón dado que los males sociales que nos acechan, si bien siempre existieron, hoy en día, parecen más contundentes y descontrolados y también más persistentes en el tiempo.

Como creyentes, sabemos que nuestro Creador no es insensible y, por lo tanto, está interesado en su creación. Solamente que como afirmaba el teólogo español Samuel Vila en su libro “La religión al alcance del pueblo”: “Parece ser, pues, que Dios ha dejado un tiempo en que se pone a ensayo el régimen propugnado por Satanás: la independencia de la voluntad de Dios”. Es decir, el ser humano pretende ejercer su autonomía con respecto a Dios y su Palabra. Así se desenvuelve este mundo y así desarrolla la humanidad sus actividades, tal como lo comprobamos diariamente. Un mundo cada vez más apartado en sus ideas y en sus emprendimientos de la voluntad de Dios. La repetición incesante de esta estrategia sutil está dando sus frutos; la opinión pública se muestra cada vez más desligada de la noción de un Dios ordenador y soberano.

Pero para que los creyentes tengamos tranquilidad emocional y sintamos paz espiritual a pesar de que percibamos alrededor nuestro que el mundo está equivocado, es necesario que reafirmemos cada día en nuestra mente y con nuestro testimonio que Dios sí está en control de todo lo que ocurre, que Él no se ha desconectado de su creación, que el injusto orden económico en el que ha ingresado el mundo es consecuencia de la ambición desenfrenada de una sociedad egocéntrica, que muchos de los cataclismos del ecosistema son de exclusiva responsabilidad de la humanidad que está degradando su propio hábitat.

Pero, como lo ha hecho tantas veces en el pasado, el hombre rápidamente se saca de encima su propia culpa acusando a otro, en este caso, a Dios, de todos los males del universo. Digámoslo de una vez, es el ser humano quien no escucha a Dios porque pretende ejercer su propia independencia.

La ideología del “silencio de Dios” será siempre implementada para desmoralizar a la sociedad, volverla escéptica y descreída, amplificando un corpus de ideas que despliegan con mucho efecto; porque astutamente agregan al dolor y la tristeza de la gente el pensamiento de que es mejor perder toda esperanza en un Dios inmutable. Y se sabe que del escepticismo al descreimiento total hay un corto sendero.

 

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