Cuando él murió

Hace poco tiempo, falleció un amigo de nuestra familia por complicaciones relacionadas con la COVID-19. Su partida nos conmocionó y sentimos una enorme pérdida. Su nombre era Luis. Fue un habilidoso comerciante, pastor y padre de familia.

A pesar de lo lamentable de la circunstancia, hubo un detalle importante sobre su muerte que apaciguó nuestra tristeza. Cuando los hijos vieron el cuerpo de su padre sin vida, observaron que en su rostro se había dibujado una gran sonrisa. Una de las enfermeras les comentó su sorpresa: nunca antes había visto una sonrisa en el rostro de una persona fallecida. Si bien había atestiguado en sus pacientes muertos muchas expresiones de terror, enojo o dolor, nunca había visto la paz y el gozo que expresaba el rostro de Luis.

Llevo un tiempo pensando en este suceso y preguntándome: ¿Por qué será que Luis murió sonriendo?

Pablo nos enseña acerca de tres experiencias de la tierra que continuarán en el cielo, aunque en aquel entonces serán infinitamente más intensas: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor. Pero el más importante de todos es el amor” (1 Co. 13:13). Luis practicó esas tres virtudes en vida, conforme se preparaba para el cielo. 

En relación con la fe, me imagino cómo podría aplicarse ahora a Luis el conocido pasaje de Hebreos 11. Por la fe, él alcanzó buen testimonio (v. 2). Por la fe, “fue reconocido como un hombre justo” (v. 4). Aunque “está muerto, todavía habla por medio de su fe” (v. 5). Juan Calvino escribió:

Cuando el sufrimiento prueba nuestra fe como ‘el horno pone a prueba el oro’, cuando depositamos nuestra confianza en Dios y dependemos enteramente de su ayuda, él nos concede el don más excelente de la paciencia y así, por medio de la fe, podemos perseverar victoriosamente hasta el final.

En cuanto a la esperanza, Luis entendió “cuál es la esperanza a la cual [Jesucristo lo] ha llamado [y] cuáles son las riquezas de la gloria de su herencia en los santos” (Ef. 1:18). Ahora él se encuentra junto a Jesús, contemplando cómo se desenvuelve la historia de la redención, pero también está aguardando junto a nosotros, los que seguimos en la tierra, “la bendita esperanza y la gloriosa manifestación de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tit. 2:13). Este pensamiento me recuerda la maravillosa declaración de San Agustín sobre nuestra esperanza en el cielo:

Dios mismo, el Autor de la virtud, será nuestra recompensa. Puesto que no hay nada más grandioso ni mejor que Dios mismo, lo que Dios ha prometido darnos es su propia persona. ¿Qué más pudo haber querido decir cuando por medio del profeta dijo “yo seré su Dios, y ustedes serán mi pueblo”, sino “Yo seré su satisfacción, yo seré todo lo que el pueblo pueda desear honradamente: vida, salud, alimento, satisfacción, gloria, honor, paz y todas las cosas buenas”? Esta misma es la interpretación correcta de los dichos del apóstol: “que Dios sea el todo en todos”. Dios será el fin de todos nuestros deseos, lo veremos para siempre, lo amaremos sin hastiarnos y lo adoraremos incansablemente.

En cuanto al amor, Luis ahora puede cumplir de forma perfecta y gozosa el mandamiento de Jesús: “Que se amen unos a otros” (Jn. 13:34). También está experimentando en plenitud la bendición de “la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo” (2 Co. 13:14). Junto a todos los santos en gloria, está creciendo y desarrollándose, “sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa” (Fil. 2:2). Jonathan Edwards nos ofrece una descripción profunda de lo que Luis ahora mismo disfruta: un mundo de amor. Edwards explica qué deberíamos aprender para prepararnos para la muerte:

Si quieres caminar hacia el mundo del amor, procura vivir una vida de amor; de amor a Dios y amor a los seres humanos. Todos esperamos tener parte en el mundo venidero de amor y, por lo tanto, debemos abrazar el espíritu del amor y vivir una vida de amor santo aquí en la Tierra. Esta es la forma de parecernos a los habitantes del cielo, que ahora son confirmados en amor por siempre. Sólo de esta manera podrás parecerte a ellos en excelencia y belleza y, como ellos, también en felicidad, reposo y alegría. Al vivir en amor en este mundo podrás parecerte a ellos, también, en paz dulce y santa, y así tener en la tierra el anticipo de las delicias y placeres celestiales. De ese modo, además, podrás percibir la gloria de las cosas celestiales, así como también de Dios y Cristo y la santidad; y tu corazón estará dispuesto y abierto por santo un amor a Dios y por el espíritu de paz y amor a los seres humanos, hacia un sentido de la excelencia y la    dulzura de todo lo que se encuentra en el cielo. Así, las puertas del cielo estarán como abiertas, de modo que su gloriosa luz brillará sobre tu alma. Así, podrás contar con evidencia de cuán preparado estás para ese mundo de bendición y de si efectivamente hoy te conduces en esa dirección.

Gracias, Luis, por recordarnos estas lecciones esenciales sobre la vida y la muerte. Tu sonrisa nos muestra qué cosas son realmente importantes y qué podemos esperar de la vida en el cielo.

Hay otro detalle importante de la historia de Luis que quisiera mencionar. Un tiempo antes de enfermar por contraer el virus, Luis comentó a su esposa que, cuando él muriera, quería que Dios pusiera una sonrisa a su rostro. Deseaba que todo aquel que lo mirara pudiera ver en él un testimonio de la paz y la gloria de Dios en su expresión facial. Quería que su semblante comunicara que había tenido un encuentro con nuestro Padre.

Dios respondió su oración.

(Cuando me toque partir de este mundo, quisiera abandonar mi cuerpo terrenal con una gran sonrisa en el rostro, como la de Luis.)

Traducido por Micaela Ozores

2 comentarios

  1. Muy bueno Richard
    Espero que este testimonio ablande los corazones duros de la Argentina y el mundo.

    Mi padre tenía amor por la gente, el mismo amor que me dió a mí se lo dió al mendigo y al de pocos dones como también al de muchos dones.
    Dios puso ese amor en mi padre,
    un amor que su padre terrenal (abandonico) nunca le dió, ni enseño.

    Gracias Dios por darme un padre que anhelaba ser como Jesús.

    Abrazo y gracias

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