Perspectivas de la pandemia: Reflexiones sobre la pandemia (Por John Marshall)

(John es profesor de seminario y vive en los Estados Unidos.)

La mayoría de nosotros hemos llegado a un punto de la vida en el que nos enfrentamos a la realidad de que algún día vamos a morir. Ponerlo en la perspectiva del “algún día” es lo que hace que el pensamiento sea tolerable: esperamos que ese día sea un día bastante lejano al hoy. Cuando estamos inmersos en las actividades cotidianas y gozamos de relativa juventud y buena salud, es más fácil mantener esa perspectiva. Sí, sabemos que, de tanto en tanto, hay accidentes automovilísticos, que cada tanto algún avión se estrella o que de vez en cuando hay algún tiroteo masivo, pero hallamos la manera de asumir que la muerte les llegará a otras personas, mientras que seguimos creyendo que nosotros lograremos evadirla. Sin embargo, para los que están atravesando circunstancias extraordinarias, como estar peleando en una guerra en la primera línea de combate, la posibilidad de la propia muerte deja de ser una mera abstracción.

Una pandemia es un suceso que sale de lo ordinario. Es una circunstancia tan extraordinaria que ni siquiera contamos con que ocurra algo así en toda nuestra vida, o siquiera en un futuro más distante. La peste bubónica se propagó en la Edad Media y a fines del siglo xvii. La gripe española surgió hace cien años. Aun así, aquí estamos, gravemente golpeados por una enfermedad de la que hace unos pocos meses nadie sabía siquiera que existía. Si bien las personas de edad avanzada son más vulnerables, el virus puede infectar y matar a cualquiera. Las personas están reaccionando de dos maneras extremas.

Algunos van por la vida con una actitud, de algún modo, desafiante. Se pasean libremente por lugares públicos y se rodean de más personas, en algunos casos, negándose a usar mascarilla, sin considerar las consecuencias que esta conducta pueda tener para los demás. No obstante, pocas personas son así de irresponsables y todas las tiendas de mi área que tienen permiso para abrir sus puertas exigen que todas las personas que entran usen mascarilla y respeten las reglas de distanciamiento social.

Otros viven en un estado de pánico constante. He leído de una mujer que atacó verbalmente a otra porque el hijo de esta última se le acercó demasiado. Otros se encierran en sus casas y raramente salen siquiera a caminar. El cierre de varios comercios ha añadido un nuevo manto de temor: el miedo a la bancarrota. Todo esto puede llevar a varios a morir por la desesperación, ya sea suicidándose o intoxicándose por una sobredosis de drogas.

¿Cuál debería ser nuestra actitud? El Salmo 46 nos lo dice sin rodeos: “Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia. Por eso, no temeremos aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar; aunque rujan y se encrespen sus aguas, y ante su furia retiemblen los montes” (Salmos 46:1‑3, NVI). Que la tierra se desmorone y que las montañas se hundan y tiemblen puede significar una muerte segura. A pesar de todo, el salmo nos dice que no temamos. Muy fácil decirlo, ¿no? Sin duda alguna. Aun así, se nos llama a recordar a Aquel que sufrió la muerte por nosotros, para que tuviéramos una muy buena razón para no temer. “Dios ha dicho: ‘Nunca te dejaré; jamás te abandonaré’. Así que podemos decir con toda confianza: ‘El Señor es quien me ayuda; no temeré. ¿Qué me puede hacer un simple mortal [o la naturaleza]?’” (Hebreos 13:5-6, NVI).

Traducido por Micaela Ozores

 

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