Perspectivas sobre la pandemia: Lecciones personales que aprendí con el coronavirus (Por Robert Reimers)

(Robert es consultor de negocios y vive en Inglaterra.)

 “Cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró en ella. De eso se trata la tormenta.”  —Haruki Murakami, Kafka en la orilla

En el tiempo que llevamos transitando esta pandemia, he empezado a entender algunas cosas:

El futuro es incierto. El cambio es inevitable. 
Empiezo a entender que la normalidad a la que deseo volver se ha vuelto improbable y que la incertidumbre ante el futuro es mayor que nunca. Hoy, más que nunca, la fe se ha convertido en el mejor aliado. Las Escrituras describen la fe como un escudo (que nos cubre de la amenaza que aguarda puertas afuera). La fe consiste en depositar mi futuro en un Dios que no sólo es inmutable, sino que también me ama. No es la esperanza de que las cosas van a salir bien (algo que, con mucha frecuencia, acaba siendo un deseo sin fundamentos) sino, la dependencia en alguien que me conoce y cuida de mí, incluso, si esta vez no gano la partida. “No temas”, nos repite la Biblia 365 veces. Lo que Dios dijo a Moisés y a Josué es lo mismo que hoy nos dice a nosotros: “El Señor va delante de ti. Él estará contigo, y no te dejará ni te desamparará. No temas ni te intimides” (Dt. 31:8).

Las relaciones son importantes  
El confinamiento me ha hecho tomar conciencia del valor y la importancia de las personas que son parte de mi vida. Ansío reencontrarme con mis hijos que están lejos, abrazar a mis nietos o, siquiera, algo tan simple como hablar cara a cara con mis amigos. Ahora, me saludan más personas que nunca cuando camino por la calle, desde una distancia de dos metros. Tener una buena relación con las personas es más importante que las cosas materiales. Dios quiera que pueda mantener esta perspectiva cuando haya acabado la tormenta.

La simplicidad da un gozo único
Empiezo a ver mi realidad más inmediata con mayor claridad. He cambiado mi ritmo de vida por uno más razonable. Me doy cuenta de que necesito mucho menos de lo que pensaba que necesitaba para vivir. Ahora, me resulta placentero apreciar las cosas simples que encuentro a mi alrededor y de las que antes apenas me percataba. El poeta W. H. Davies dijo: “¿Qué es la vida si, llenos de preocupación, no tenemos tiempo de quedarnos quietos y contemplar?”. Hay cierto gozo en detenerse y escuchar la realidad inmediata del mundo que nos rodea.

Necesito reinventarme. No puedo seguir siendo la misma persona.
Nuestro Dios creativo me ha creado de tal manera que pueda crecer con creatividad. La fe es el suelo fértil para el crecimiento. Para muchos, este es un tiempo de oportunidades, pero no es tan sencillo. He oído de pilotos que intentan abstenerse de tomar el oficio de choferes de camiones, o de oficinistas que han ido a trabajar a las cosechas. También hay un redireccionamiento en nuestra vida cotidiana. Las personas muestran más aprecio por los demás y hacen actos fortuitos de bondad. Veo personas que están creciendo en la aplicación práctica de la fe sirviendo a sus comunidades. En medio del confinamiento, necesito encontrar cosas que hacer que tengan sentido y aprender cosas nuevas. Por último, he tomado nota de aquellas cosas que pensaba que sólo podría hacer cuando me jubilara y las he empezado a hacer ahora.

El sufrimiento económico se desborda en disturbios sociales.
Justo cuando pensábamos que podríamos cerrar la brecha entre ricos y pobres, el abismo se ha ensanchado de repente. Algunos se han visto afectados más drásticamente que otros. Miles de personas están perdiendo sus empleos y cerrando sus negocios con profunda pena. Algunos han sido poco sabios y han contraído más deudas de las que ahora pueden sobrellevar. Otros, más sabios, no lo han hecho y, aun así, son arrastrados por la corriente del cambio. He oído de personas que están vendiendo sus muebles. Algunos se están quedando sin comida. Las filas frente a las organizaciones de caridad se están volviendo cada vez más largas. Para algunos, la frustración ha ido en aumento hasta el punto de empezar a desbordarse en ira. ¿Se volverá una realidad más frecuente? Las iglesias están dando un paso al frente y están dando respuestas prácticas a las necesidades de las personas. Muchos nos sentimos humillados. No hay lugar para el complejo de superioridad. Sólo podemos agradecer por lo que sea que tengamos.

Lejos de contraerse, el mundo se expande.
Los desafíos de los viajes de largas distancias, probablemente, se disipen por unos cuantos años. Los costos y el número de empresas e iglesias que sean enviados al exterior irán en declive. Se hará hincapié en recortar los gastos. Grandes edificios de oficinas o centros administrativos serán digitalizados y automatizados. Todo esto planteará un desafío especialmente complejo para las ONG y organizaciones religiosas que, tal vez, prolonguen el dolor buscando retardar lo inevitable. En consecuencia, ellas mismas provocarán su propio fin. Es probable que el evangelismo se convierta en una actividad más localizada, lo cual dará aun mayor control a la iglesia local. ¿Quién entenderá la visión a tiempo y quién se negará a verlo?

Conclusión: Necesitamos buscar la relevancia de nuestros actos en medio de un entorno que cambia rápidamente. No nos aferremos al pasado, sino avancemos con coraje hacia el futuro, aún desconocido, por la fe.

Traducido por Micaela Ozores

 

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