“Examíname y pon a prueba mis pensamientos”

Los cristianos afirmamos dos verdades cruciales acerca del conocimiento de Dios: su supremacía y su omnisciencia. El trascendente Filósofo sabe todo lo que es cognoscible, incluso todo sobre nosotros. Conoce el pasado, el presente y el futuro, lo cual implica cada aspecto de nuestra historia personal. Sabe de todas las contingencias y obra en cada proceso conforme a su plan eterno. El entendimiento del Señor es “insondable” (Is. 40:28 [NVI]), “no tiene límite” (Sal. 147:5); sus pensamientos son muy profundos (Sal. 92:5). Él “con su sabiduría afirmó el mundo” (Jer. 51:15). El Señor es “admirable por su consejo y magnífico por su sabiduría” (Is. 24:29). De hecho, “es [su] sabiduría la que hace que el halcón vuele” (Job 39:26 [NVI]).

Puesto que Dios es omnisciente, él conoce también todos nuestros pensamientos (tanto conscientes como inconscientes). Salmos 94:11 (NVI) proclama: “El Señor conoce los pensamientos humanos” (“y sabe que son absurdos”). Del mismo modo, Salmos 139:2 dice: “¡desde lejos sabes todo lo que pienso!”. Dios declara: “yo conozco sus pensamientos” (Ez. 11:5 [NVI]). Amós 4:13 (NVI) afirma acerca de Dios: “He aquí el que forma las montañas, el que crea el viento, el que revela al hombre sus designios”. Además, Dios ilustra su conocimiento tomando la imagen del corazón (refiriéndose a la mente): “Ante el Señor están la muerte y el sepulcro, ¡y también el corazón de los seres humanos!” (Pr. 15:11). También David escribió al respecto: “el Señor escudriña los corazones de todos y entiende toda intención de los pensamientos” (1 Cr. 28:9).

Sin embargo, Dios no se limita a observar pasivamente, sino que escudriña nuestra actividad intelectual, en tiempo real, 24 horas al día, 7 días a la semana. Hay varios términos que expresan esta actividad: probar, examinar, poner a prueba, escudriñar, buscar, ver. El Señor declara: “yo, el Señor, que escudriño la mente y pongo a prueba el corazón” (Jer. 17:10). Otros testifican acerca de él diciendo: “El crisol pone a prueba la plata, el horno pone a prueba el oro, y el Señor pone a prueba los corazones” (Pr. 17:3); “Todo camino del hombre es recto en su propia opinión; pero Jehová pesa los corazones” (Pr. 21:2 [RVR60]); “Tal vez digas: ‘Esto no lo sabíamos’; pero lo sabe el que pesa los corazones, lo sabe el que observa lo que haces, el que da a cada uno lo que merecen sus obras” (Pr. 24:12); “Señor de los ejércitos, que pones a prueba a los justos, que examinas el corazón y los pensamientos” (Jer. 20:12).

David instruyó a Salomón con las siguientes palabras: “Y tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario, porque el Señor escudriña los corazones de todos y entiende toda intención de los pensamientos” (2 Cr. 28:9). Jeremías escribió: “Pero tú, Señor de los ejércitos, que juzgas con justicia y que escudriñas la mente y el corazón […]” (Jer. 11:20). El mismo profeta también declaró: “A mí en cambio, Señor, me conoces. Tú me has visto y has puesto a prueba mi corazón” (Jer. 12:3). David oró frente a todo Israel: “Dios mío, yo sé que tú escudriñas los corazones, y que la rectitud te agrada” (1 Cr. 29:17).

En el Antiguo Testamento, podemos observar una suerte de piedad mental o intelectualidad espiritual en clamores que se le han hecho a Dios sentidamente, invitándolo a hacer una prueba divina. Son oraciones pidiendo purificación y crecimiento espiritual. David imploró al Señor: “¡Ponme a prueba, Señor! ¡Examíname! ¡Escudriña mis anhelos y mis pensamientos!” (Sal. 26:2). En Salmos 139:23, el salmista ora: “Señor, examina y reconoce mi corazón: pon a prueba cada uno de mis pensamientos”. Salmos 19:14 declara: “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti”. Tal vez la expresión más conmovedora de la piedad intelectual y una epistemología redentora sea la que encontramos en Salmos 131:1-2:

Señor, mi corazón no es vanidoso, ni son altaneros mis ojos; no busco realizar grandes proezas, ni hazañas que excedan a mis fuerzas. Me porto con mesura y en sosiego, como un niño recién amamantado; ¡soy como un niño recién amamantado, que está en brazos de su madre!

¿Oras también de esta manera?

Traducción por Micaela Ozores

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