Una iglesia “SMART”

Hoy en día, contamos con dispositivos “inteligentes”, denominación que proviene del inglés SMART, un acrónimo cuyas iniciales representan los términos Self-Monitoring Analysis and Reporting Technology (tecnología de autoevaluación, análisis e informe) y que, a la vez, coincide con la palabra smart del inglés (inteligente). Esta tecnología se encarga de monitorear el disco duro y emite una alerta cuando hay problemas y procesos en marcha. Incluso, nos dice cómo usar la tecnología. Los dispositivos así llamados: “inteligentes”, como teléfonos celulares, televisores, cámaras y computadoras, se conectan a Internet y al sistema de posicionamiento global (GPS). Nos permiten acceder rápidamente a la información, compartirla con otras personas y almacenarla para utilizarla a futuro. Los dispositivos inteligentes también se conectan con otros dispositivos digitales por medio de protocolos inalámbricos, como el Bluetooth, de modo que, como por arte de magia, puedo controlar mi parlante Bose con mi teléfono desde dondequiera que esté. Algo que es aún más asombroso es que los dispositivos inteligentes pueden actualizarse y repararse, siempre que el disco duro no haya sufrido un daño muy profundo o que el dispositivo no haya quedado obsoleto por el paso del tiempo.

Les propongo pensar esta tecnología inteligente como una metáfora y aplicarla a la iglesia evangélica. Una iglesia de esas características estaría sumamente interconectada y sería extremadamente inteligente. Contaría con un hardware de múltiples utilidades y tendría un infinito potencial de aplicaciones. Embarquémonos, entonces, en este pequeño experimento de la mente e imaginemos cuáles serían las implicancias de que la iglesia fuera “SMART” en estos términos.

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Una iglesia SMART, con su capacidad de autoevaluación, análisis e informe de errores, escudriñaría el pensamiento y la práctica de la iglesia y nos advertiría rápidamente de cualquier crisis o aplicación inadecuada. Abordaría las malas prácticas y los errores morales, como los abusos de poder, las conductas sexuales inapropiadas, las alianzas políticas desatinadas o la falta de transparencia financiera. También, sería capaz de discernir y lidiar con las doctrinas dañinas y el sincretismo con las culturas y cosmovisiones locales (los “virus”).

Una iglesia SMART estaría conectada con su historia religiosa, su contexto social y la comunidad cristiana de todo el mundo. Conocería su pasado: los credos, su evolución teológica y los momentos clave de la historia de la iglesia. Enlazaría a los creyentes de todo el mundo y aprendería de todos ellos. Tendría una comprensión profunda del entorno cultural con el que cohabita.

La iglesia SMART sería un lugar para los pensadores. Los creyentes amarían a Dios con todas las dimensiones de su ser: corazón, manos y, especialmente, mente (Marcos 12:30) . Ejecutivos comerciales, artistas, académicos, escritores, técnicos y científicos crecerían en conocimiento y sabiduría. Vincularían la fe con su profesión. Discernirían cómo vivir en el mundo sin ser del mundo. Los predicadores y líderes estarían instruidos en las Escrituras, teología, cultura y cosmovisión. Los sermones estarían bien preparados y serían estimulantes para el intelecto, tanto de creyentes como no creyentes. La música y la letra de las canciones serían reflexivas, se concentrarían en el otro y representarían múltiples culturas. La liturgia incluiría la lectura de las Escrituras, la confesión de pecados, la comunión, los testimonios y la recitación de credos.

Una iglesia SMART sería un centro de aprendizaje cuyos miembros mostrarían curiosidad intelectual. Los creyentes SMART  serían ávidos lectores debido a sus ansias de aprender más acerca de Dios y el mundo que él creó. Estudiarían la Biblia y las doctrinas básicas de la teología, como la expiación, las distintas formas de revelación, la santificación y los sacramentos. Entenderían la depravación humana y la gracia divina. Mirarían su cultura con un ojo crítico y enfrentarían la idolatría, al tiempo que disfrutarían de las bendiciones de la sociedad. Diseñarían muchas aplicaciones creativas para la gloria de Dios y para beneficio de la humanidad.

La iglesia SMART haría aportes esclarecedores y significativos para el bien común dentro de la esfera pública. Los cristianos SMART alcanzarían lugares de influencia en la sociedad dentro del ámbito de las finanzas, las artes, las ciencias, la política, el derecho, la educación y la prensa. Expresarían y ejemplificarían la verosimilitud intelectual y la credibilidad existencial de la fe cristiana.

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Por el momento, volvamos a la realidad eclesiástica. Tristemente, muchas iglesias evangélicas todavía no son “SMART”. No suelen estar conectadas a su historia, a sus pares del resto del mundo, ni siquiera a su contexto. Están retraídas hacia sí mismas y desconectadas del entorno. Son ingenuas y fácilmente arrastradas por la opinión pública y estrategias erróneas. Son observadoras, no lectoras, y acaban demostrando ser bastante intrascendentes.

En términos metafóricos, muchas iglesias prefieren el antiguo teléfono a disco. Su tecnología no puede conectarse con el mundo actual. Básicamente, se preocupan por su propia supervivencia y se concentran constantemente en preservar su anticuada infraestructura.

Por desgracia, sabemos lo que pasa con la tecnología obsoleta. En el mejor de los casos, va a parar al museo; en el peor de los casos, a la basura.

Traducido por Micaela Ozores

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