Un lugar en la mesa

Este es un extracto de mi artículo: Un lugar en la mesa — la participación del cristiano en la política dentro de un contexto post-cristiano  (A Place at the Table: Christian Political Engagement in a Post-Christian Context) publicado en la Evangelical Review of Theology (42: 1, páginas 57-64, enero de 2018). Una versión en español está disponible aquí.

El mandato cultural (Gn. 1:26-28; 2:15)

En primer lugar, al oriente del Edén y debajo del sol, el proyecto humano claramente tiene defectos. La existencia está condicionada por la finitud, nuestro estado caído y corrompido y la maldición de Dios (Gn. 3:14-19; Sal. 90).

En el presente siglo malo, jamás podremos alcanzar la utopía a través de ninguna ideología o cosmovisión: ni el comunismo ni el socialismo, ni la democracia, ni el capitalismo ni el consumismo, ni el islam, ni ninguna de las innumerables espiritualidades alternativas nos permitirán concretar ese ideal. Jamás habrá un verdadero “Santo Imperio (inserte el calificativo deseado)”.

La historia está plagada de experimentos fallidos y trágicos que intentaron construir una cultura, una letanía de trágicas búsquedas del paraíso perdido o la utopía en la tierra. El ser humano inventa incontables religiosidades sustitutas, identidades de grupo y políticas sociales, muchas de las cuales merecen ser descritas como una especie de infierno terrenal, un anticipo de las cosas espantosas que sucederán luego del juicio final.

En segundo lugar, debido a que los seres humanos somos la imago Dei, tenemos la capacidad innata de extender, desarrollar, hacer crecer e incluso globalizar; pero debido a que somos seres caídos, las consecuencias habituales de intentar realizar ese tipo de acciones son la conquista, el imperialismo, la uniculturalidad, la subyugación, la explotación, el robo y la extinción. Por necesidad y diseño, somos seres que consumen, pero la economía actual ha convertido el consumo en una especie de saqueo y en una religión implícita. “Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones” (Ec. 7:29).

En tercer lugar, los cristianos siempre deberían ser precavidos para identificar las encarnaciones pecaminosas de un mandato cultural que se ha tergiversado. Cuando sea que escuchemos un grito de batalla neobabélico que proclame “Vamos, edifiquémonos una ciudad […] y hagámonos un nombre” (Gn. 11:4), cuando sea que un presunto Faraón exclame “¿Quién es el Señor?” (Éx. 5:2), cuando sea que el pueblo de Dios mezcle el poder político con la religión bajo la declaración de “Constitúyenos ahora un rey” (1 S. 8:19-20), o cuando sea que alguna ideología proponga la utopía, la iglesia debe estar alerta.

Sin importar si la motivación que subyace a estos clamores es religiosa o filosófica, las manifestaciones sociales y económicas suelen ser de carácter totalitario. Su expresión puede ser explícitamente religiosa (teocracias como el islam radical, el catolicismo medieval o, incluso, formas primitivas del protestantismo), ideológicamente secular (totalitarismos como el comunismo, el nacionalsocialismo, el Japón imperial o la ideología Juche en Corea del Norte), o implícitamente religiosa (el secularismo o el consumismo).

En cuarto lugar, puesto que Dios es el creador y dueño de todo lo que existe, debemos someter todas las esferas de la vida, cada aspecto de la existencia y cada objetivo, motivación, estructura, disciplina académica, ideología y sistema, al escrutinio de las Escrituras y a la misión de Dios. Todo lo que hacemos en términos culturales ocurre dentro de un contexto de pecado, pero también dentro del marco de la gracia común y el plan divino. Este contexto nos provee oportunidades de redención y una serie de afinidades que debemos acoger en miras de llevar adelante la misión de Dios en la creación.

En quinto lugar, jamás debemos olvidar que cualquier cosa que hagamos siendo pecadores va a traer problemas. Todas las cosas y todas las personas en esta era, están sujetas a la ley de Murphy y a la ley de las consecuencias no deseadas.

Por último, nuestro interés en fomentar la participación constructiva en el diálogo de la mesa debería llevarnos a considerar qué acciones podrían facilitar esa participación. ¿Las rutas y caminos son seguros para el viajero? ¿La logística de la comunicación es adecuada? ¿La ubicación inmediata es saludable y segura? ¿Podemos garantizar que todas las personas vinculadas a esta labor tienen acceso justo y equitativo a los recursos materiales y los servicios sociales? ¿La equidad, las oportunidades y la justicia están a disposición de todos los participantes?

Respecto de las condiciones subjetivas necesarias para entablar una conversación (el respeto, la empatía, la apertura al diálogo y la tolerancia), debemos acercarnos a la mesa desde el lugar de misioneros que entablan un intercambio con una cultura extranjera. ¿Qué prejuicios culturales traemos los demás y yo a la mesa? ¿Cómo se formaron mis presuposiciones y las de ellos? ¿Es válida en algún punto la crítica que ellos hacen de mi postura? ¿Cómo se reflejan las virtudes necesarias para la participación en la mesa en mis actitudes y conducta hacia quienes a veces muestran estar en rotundo desacuerdo conmigo?

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