¿Para qué escuchar a Dios?

Deuteronomio 4:35-40 (LBLA) nos enseña cuatro razones por las que necesitamos escuchar la voz de Dios: para tener conocimiento de Dios, experimentar su disciplina, recordarlo y recibir la bendición divina:

35 A ti te fue mostrado, para que supieras que el Señor, él es Dios; ningún otro hay fuera de él.
36 Desde los cielos te hizo oír su voz para disciplinarte; y sobre la tierra te hizo ver su gran fuego, y oíste sus palabras de en medio del fuego.
37 Porque él amó a tus padres, por eso escogió a su descendencia después de ellos; y personalmente te sacó de Egipto con su gran poder,
38 expulsando delante de ti naciones más grandes y más poderosas que tú, para hacerte entrar y darte la tierra de ellos por heredad, como sucede hoy.
39 Por tanto, reconoce hoy y reflexiona en tu corazón, que el Señor es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra; no hay otro.
40 Así pues, guardarás sus estatutos y sus mandamientos que yo te ordeno hoy, a fin de que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, y para que prolongues tus días sobre la tierra que el Señor tu Dios te da para siempre.

Para que sepas que el Señor es Dios
El pasaje destaca la soberanía que Dios tiene sobre el conocimiento debido a nuestra finitud y nuestra condición posterior a la caída. Por un lado, el ser humano solo puede conocer a Dios si él se revela a sí mismo voluntariamente (es decir, por revelación). Por otro lado, la humanidad no tiene la inclinación ni la capacidad de escuchar la voz de Dios de forma independiente y sin su gracia. Este pasaje recalca que es la iniciativa divina lo que nos permite entender a Dios y la realidad: “a ti te fue mostrado”, “te hizo oír su voz” y “te hizo ver su gran fuego, y oíste sus palabras”. Esta misma idea vuelve a enfatizarse más adelante en el mismo libro, en la reconocida declaración de Moisés: “Ustedes han visto con sus propios ojos todo lo que el Señor ha hecho en la tierra de Egipto con el faraón y con todos sus siervos, y con todo su país. Ustedes son testigos de esas grandes pruebas y señales y maravillas. Pero hasta este día el Señor no les ha dado la capacidad de entender, ni de ver ni de oír” (Dt. 29:2-4).

El Dios que debemos conocer, Jehová Elōhîm, es un Dios personal absoluto y monoteísta. Es totalmente excepcional, puesto que “ningún otro hay fuera de él”, “no hay otro”. Su reinado es universal y trascendente “arriba en los cielos y abajo en la tierra”, sobre todas las “naciones”, término que comprende tanto a la naturaleza como a los individuos. Su presencia “en la tierra” está mediada por “su gran poder” y, con todas las cosas, él se relaciona por medio de su promesa y su ley. Él está activo en la tierra, “expulsando” naciones y proveyendo a Israel “la tierra de ellos por heredad” a causa del amor por sus “padres”, plasmado en el pacto que hizo con ellos. Además, desde luego, él es soberano: “escogió” a Abraham y a su “descendencia” y les dio a quienes él quiso según su propósito.

Para disciplinarte
Una buena forma de entender la disciplina es examinar el uso que se le da a la palabra en Deuteronomio 8:2‑5, particularmente en el versículo 5: “así como un padre disciplina a su hijo, también el Señor tu Dios te disciplina a ti” (NVI). En este pasaje, la disciplina tiene lugar en el seno de una relación filial y es por el bien del hijo: para producir en él santidad, que a su vez da como fruto la bendición. Veamos el versículo 5 en contexto:

2 Recuerda que durante cuarenta años el Señor tu Dios te llevó por todo el camino del desierto, y te humilló y te puso a prueba para conocer lo que había en tu corazón y ver si cumplirías o no sus mandamientos.
Te humilló y te hizo pasar hambre, pero luego te alimentó con maná, […] con lo que te enseñó que no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor. […]
Reconoce en tu corazón que, así como un padre disciplina a su hijo, también el Señor tu Dios te disciplina a ti.

En este contexto, “humillar” y “poner a prueba” (v. 2) son casi sinónimos de “disciplina”. La motivación en cada caso era determinar “lo que había en [su] corazón y ver si cumpliría[n] o no sus mandamientos”. El objetivo de la disciplina era suplir la necesidad humana de escuchar a Dios y, más específicamente, de entender “que no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor” (v. 3).

Reflexiona en tu corazón
El verbo que aquí se traduce como “reflexionar” (v. 39) significa recordar o hacer memoria. El sentido es similar al que se expresa, con otras palabras, en Deuteronomio 11:18 (“Grábense estas palabras en el corazón y en la mente”) y 30:1 (“Cuando recibas todas estas bendiciones o sufras estas maldiciones de las que te he hablado, y las recuerdes en cualquier nación por donde el Señor tu Dios te haya dispersado […]”). El contexto nos indica que se trata de recordar —volver a dar oído— a la palabra de Dios, motivados por el arrepentimiento en medio del castigo o la maldición.

Recordar, traer a memoria, volver a escuchar la voz de Dios en su palabra es el norte que nos permite navegar por la vida e interpretar la realidad. Una vez, un autor dijo: “La insistencia en recordar a Dios, la historia y el pacto nos guarda del peligro de dar lugar en nuestra mente a una falsa realidad alternativa, que entonces influiría para mal en nuestra conducta real”. Por otra parte, el hábito de recordar es una estrategia del alma para prevenir la apostasía y la idolatría.

A fin de que te vaya bien
La bendición es fruto de la obediencia y la obediencia consiste en escuchar bien la voz de Dios. Moisés dijo a Israel: “Así pues, guardarás sus estatutos y sus mandamientos que yo te ordeno hoy, a fin de que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, y para que prolongues tus días sobre la tierra que el Señor tu Dios te da para siempre.” (v. 40).

¿Qué tanto estamos escuchando la voz de Dios?

¿La estamos escuchando bien para conocerlo mejor, madurar por medio de su disciplina, recordar su palabra y disfrutar de su bendición en nuestra vida?

Traducido por Micaela Ozores

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