Espiritualidad en tres dimensiones (El corazón, la cabeza, las manos)

Cuando alguien le preguntó a Jesús: “de todos los mandamientos, ¿cuál es el más importante?”, él respondió con el famoso Shemá de Deuteronomio 6:5, “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas”, acompañado del mandato de Levítico 19:18b: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. En su evangelio, Marcos incluyó el término “mente” para dejar esta lección lo más clara posible para sus lectores:

Uno de los escribas, que había estado presente en la discusión y que vio lo bien que Jesús les había respondido, le preguntó: “De todos los mandamientos, ¿cuál es el más importante?”.  Jesús le respondió: “El más importante es: ‘Oye, Israel: el Señor, nuestro Dios, el Señor es uno’.  Y ‘amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo en importancia es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No hay otro mandamiento más importante que estos”. (Mr. 12:28-31)

En este pasaje, Jesús describió una espiritualidad multidimensional: corazón, mente y fuerzas. La palabra “corazón” hace referencia a nuestras motivaciones más íntimas, nuestras verdaderas aspiraciones y lo que deseamos hacer. La palabra “mente” destaca nuestra actividad intelectual: el aprendizaje, la capacidad de análisis, la curiosidad y la imaginación. La palabra “fuerzas” alude a nuestra capacidad (o poder) de actuar con la mente y el cuerpo. Suele traducírsela como “recursos” o “dinero”. Se refiere a todo lo que tenemos a nuestra disposición para servir a Dios: nuestros talentos, nuestras capacidades y recursos de todo tipo. El “alma” hace referencia a nuestro ser fuera del cuerpo: aquel ser creado por Dios que sobrevive a la muerte. Incluye el corazón, la mente y las fuerzas, es decir, el corazón, la cabeza (“mente”) y las manos (“fuerzas”).

El uso reiterado de la palabra “todo” indica que cada aspecto de nuestro ser tiene que estar plenamente involucrado en el amor a Dios. Este mandato supone amar a Dios con cada uno de los recursos que el corazón, la cabeza y las manos nos proveen. Amar a Dios es pensar, desear y comportarse según los términos de Dios y para su gloria. Del mismo modo, amar a los demás implica tener pensamientos, motivaciones y conducta (corazón, mente y manos) orientados por Dios.

Cada una de estas tres dimensiones de la espiritualidad tiene, a su vez, tres características: un aspecto positivo, un aspecto negativo y un desafío especial que entraña. Examinaremos cada dimensión brevemente.

La espiritualidad del corazón
Esta orientación espiritual se concentra en nuestro interior y en nuestro ser subjetivo: los sentimientos, las emociones, la sensibilidad y las experiencias personales. Conocemos a Dios y tenemos un encuentro con él por medio de la introspección. El aspecto positivo de esta forma de espiritualidad es el que hace hincapié sobre la adoración sincera y la devoción total. Oraciones como la siguiente, expresan esta perspectiva: “Señor, examina y reconoce mi corazón: pon a prueba cada uno de mis pensamientos. Así verás si voy por mal camino, y me guiarás por el camino eterno” (Sal. 139:23-24).

Desde un punto de vista negativo, este tipo de espiritualidad suele concentrarse de forma obsesiva en las cuestiones internas y enfatiza la necesidad personal y la valía del propio ser. La religión, ahora, trata “solo de mí”, de mis sentimientos y de mi experiencia esotérica. La espiritualidad del corazón tiende a apoyarse mucho en el estado psicológico de “sentirse bien”, es decir, en categorías positivas de la autoimagen. Esta perspectiva, a menudo, es anti-intelectual y fomenta la ignorancia biblicoteológica. Prefiere la música de adoración que concibe el evangelio en términos del ego, impulsa las emociones y toma elementos de la experiencia personal y subjetiva de la conversión.

Obviamente, debemos prestar mucha atención a nuestro corazón y nuestras motivaciones más profundas. Necesitamos honrar a Dios con todo el corazón. No obstante, también necesitamos discernir cuidadosamente de qué formas las nociones populares acerca de la naturaleza y la espiritualidad humanas influyen sobre las formas en que nos relacionamos con Dios, no sea que acabemos incorporando conceptos y prácticas paganos. Es bastante fácil entretenernos dentro del mercado espiritual. Es sencillo volverse prisioneros dentro de un gueto religioso, aislados de los verdaderos problemas y necesidades del mundo. También es fácil volverse autoindulgentes en el plano espiritual, inmaduros crónicos manipulados emocionalmente por maestros persuasivos.

La espiritualidad de las manos
Esta orientación espiritual se concentra en la acción, el pragmatismo, la aplicación y el servicio. Desde un punto de vista positivo, esta perspectiva, con toda razón, se pregunta: “Hermanos míos, ¿de qué sirve decir que se tiene fe, si no se tienen obras?” (Stg. 2:14). La espiritualidad práctica hace hincapié sobre el imperativo de amar de forma activa, servir y comportarse de maneras que muestren el evangelio. Esta perspectiva muestra una preferencia por la música de adoración que concibe el evangelio como un llamado a la acción y el servicio.

Desde un punto de vista negativo, la espiritualidad de las manos se siente más a gusto con los sermones prácticos y sobre cómo hacer las cosas, por ejemplo: “Tres pasos para convertirse en un mejor _____.” Se tiende a actuar antes de pensar, a planificar a corto plazo y a aplicar soluciones simplistas a problemas complejos. También, se enfatiza en el análisis cuantitativo y en alcanzar la máxima eficiencia: ¿Cuántas almas ganaremos con este proyecto? ¿Cuánta influencia tendrá este ministerio gracias a mi inversión? ¿Es buen “negocio”?

Claramente, tenemos que usar todas nuestras fuerzas para amar a Dios y a los demás. Debemos, por ejemplo, usar nuestro cuerpo de formas que expresen una santidad interna. ¿Qué comemos y cuánto comemos? ¿Cómo nos vestimos? ¿De qué forma nuestros hogares, lugares de trabajo y apariencia personal dan testimonio de Dios? ¿Estamos invirtiendo suficiente dinero en el reino de Dios? ¿Nuestros hábitos de consumo y estilo de vida manifiestan el amor a Dios? ¿Estamos dispuestos a sacrificarnos por el reino y a usar las habilidades que Dios nos dio para su gloria?

La espiritualidad de la cabeza
Esta forma de espiritualidad hace hincapié sobre la importancia de amar a Dios y servir a los demás con lo que pensamos, cómo lo pensamos y el porqué de pensarlo. Conocemos a Dios mirando hacia afuera, apartándonos del ser para contemplar su revelación en las Escrituras. Por esta razón, a veces, las prédicas sobre “el corazón y la mente” resultan aburridas y parecen superficiales. Esta perspectiva muestra una preferencia por la música de adoración que se concentra en las doctrinas bíblicas y en la cosmovisión bíblica. Gusta de las prédicas que destacan las verdades profundas de las Escrituras, hacen un análisis cultural esclarecedor y hacen una aplicación reflexiva de la Biblia a los problemas personales y sociales.

Desde un punto de vista positivo, esta orientación se hace eco de la oración de Moisés que leemos en el Salmo 90: “¡Enséñanos a contar bien nuestros días, para que en el corazón acumulemos sabiduría!” (v. 12). Los creyentes que desean amar a Dios con toda la mente concuerdan con el científico Johannes Kepler, quien dijo: “Tan sólo estaba pensando los pensamientos de Dios después que él. Dado que nosotros, los astrónomos, somos sacerdotes del Dios Altísimo en lo que respecta al libro de la naturaleza, es beneficioso ser reflexivos, no para la gloria de nuestra propia mente, sino por sobre todo lo demás, para la gloria de Dios”.

Desde un punto de vista negativo, la espiritualidad de la “cabeza” tiende a concentrarse en la doctrina correcta y en la interpretación correcta de la Biblia sin reparar en la integridad del corazón o el uso de las manos. Esta orientación puede volverse inmoral y poco práctica si no va acompañada de disciplinas espirituales saludables. También puede producir arrogancia e insensibilidad si no está motivada por el amor a Dios y a la humanidad. Básicamente, una cabeza enorme llena de ideas elevadas tiende a escuchar sin empatía y sin corazón. También, puede plasmarse en ser personas de muchas palabras y poca acción (manos).

El equilibrio espiritual
Jesús demanda una integración del corazón, la cabeza y las manos para la honra de Dios y para el servicio de la humanidad. En contraste, el evangelicalismo popular y la clase de protestantismo importado a Sudamérica tiende a priorizar el corazón y las manos. Sin embargo, gracias a Dios, la Biblia nos ofrece muchos ejemplos de una espiritualidad equilibrada.

Consideremos primero a los hombres de Isacar, que “sabían cuándo actuar y qué debía hacer Israel” (1 Cr. 12:32). Observemos cómo operan las tres dimensiones en su testimonio. Tenían entendimiento y conocimiento (cabeza). Discernían qué era lo que había que hacer —apoyar al nuevo rey, David (manos)— y tenían pasión por hacer la voluntad de Dios (corazón).

En segundo lugar, pensemos en Pablo: “Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardeció al ver que la ciudad estaba entregada a la idolatría. Por eso, en la sinagoga, discutía con los judíos y con hombres piadosos, y también con todos los que a diario acudían a la plaza” (Hch. 17:16-17). Pablo estaba lleno de pasión por Dios y por las personas (corazón). Era un pensador profundo y entendía la cosmovisión de los griegos (cabeza). Emprendió un ministerio con los incrédulos por medio de la argumentación apologética, su testimonio y el diálogo (manos).

Creo que deberíamos evaluar cuidadosamente nuestra espiritualidad personal y eclesiológica. ¿Estamos desequilibrados? ¿Somos cristianos que viven del corazón, la cabeza o las manos? Cómo iglesia, ¿nuestra espiritualidad se concentra en el corazón, la cabeza o en el trabajo de las manos? ¿Cómo influye esa espiritualidad sobre nuestro ministerio y nuestra vida congregacional? ¿Cómo podemos integrar las tres dimensiones espirituales en lo personal y en la comunidad de fe?

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas.”

Tener una espiritualidad bíblica y equilibrada significa pensar, desear y comportarse según los términos de Dios, para su gloria y por el bien de la humanidad.

Traducido por Micaela Ozores

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