El Evangelio según Diego Dreyfus (Segunda parte)

Para Dreyfus, todos experimentamos una sed de trascendencia cósmica. Todos queremos encontrar “aquello a lo que [vinimos] al mundo” y “lo que lo hace único [a cada uno]”. Todas las religiones y cosmovisiones comparten esta motivación y transitan distintos senderos para llegar al mismo destino espiritual.

Cada persona tiene su propia “historia” religiosa, su propia “explicación” individual sobre la divinidad o la espiritualidad personal. Es un asunto privado y subjetivo. No es objetivo, ni universal, ni autoritativo para los demás. Por lo tanto, uno siempre debe ser tolerante y humilde, estar abierto a ideas nuevas y listo para evolucionar. Por otro lado, las personas deben basarse en el análisis racional y “cuestionar todo”.

Sin embargo, por desgracia, muchas religiones —e incluso personas que no son religiosas— creen que su propia tradición es el único camino correcto, de modo que juzgan y rechazan otras perspectivas, en especial la visión de que todas las espiritualidades en esencia son iguales, que la religiosidad de cada uno es de su propia creación y que todos los puntos de vista no son más que otra “etiqueta”.

Si bien toda religión se ve motivada por una búsqueda de sentido que acaba siempre en el mismo destino espiritual, las religiones también “siguen metiéndonos en problemas”. Condenan a las personas que piensan distinto y fomentan la ceguera, la dominación y la conformidad.

No obstante, la espiritualidad de Dreyfus está basada en el razonamiento crítico y en “usar su cerebro”. Él dice que tiene una “espiritualidad” personal y que no es un “escéptico” religioso ni ateo. En contra de lo que afirman sus críticos, él es un hombre “abierto” y “flexible” que “aprende” de quienes no están de acuerdo con él. Aun así, se indigna frente a la negatividad de los demás hacia él. No es arrogante como muchos dogmatistas religiosos. Él no juzga. Además, también es poseedor de la rigurosidad intelectual y del coraje espiritual que carecen quienes piensan distinto que él.

Su orientación religiosa es ecléctica, puesto que él cree “en muchas cosas de los católicos, de los judíos, de los cristianos, de los budistas y de los escépticos”. Su idea de Dios es inmensamente personal y subjetiva, y por eso no puede “explicarla”. Se concentra en la práctica: “vivir mejor aquí y entregar lo mejor de mi aquí”. El desafío para cada uno de nosotros es articular una cosmovisión que tome “lo mejor de todas la religiones”.

Desde su perspectiva, “el problema es creer que hay malo y bueno […]. No existe malo ni bueno. […] No hay víctimas y victimarios, héroes y villanos”. En su video “El lavado de cerebro”, Dreyfus comenta: “No hay verdad absoluta. Lo que importa es cómo te hace sentir esa verdad o esa creencia. […] Todo es subjetivo y arbitrario”. Cada individuo es autónomo y no está sujeto a ninguna autoridad moral ni intelectual más que la propia.

Dreyfus es independiente, tiene iniciativa propia, se define a sí mismo y se evalúa a sí mismo y a los demás. Él afirma: “no necesito una caja que defina mi vida”. También dice: “No estoy juzgando lo que tú haces [pero] tengo derecho a decirte lo que yo pienso”.

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