Introducción a la apologética: Las herramientas de la apologética (parte 2)

¿Con qué herramientas cuentan los apologetas? ¿Qué arma podemos blandir en la defensa de nuestra fe? En esta sección vamos a observar dos ejemplos de argumentación tomados del Nuevo Testamento: 1 Corintios 15:1-19 (la semana pasada) y Hechos 17:16-34.

Hechos 17:16-34
El versículo 16 describe el contexto en el que tuvo lugar el sermón de Pablo:

Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía dentro de él al contemplar la ciudad llena de ídolos (LBLA).

Mientras Pablo estaba esperando, “contempló”, observó, analizó y criticó desde su marco presuposicional. Estaba en la ciudad y en público, mezclándose e interactuando teológicamente con todos y con todo lo que encontraba. En contraste con tantos cristianos hoy en día, él no consumió sumisamente la cultura ateniense, ni percibió desapasionadamente lo que vio a su alrededor. No, él diagnosticó, mediante los supuestos bíblicos, a la sociedad ateniense y deseó intensamente aplicar la prescripción cristiana.

A causa de lo que observó, “su espíritu se enardecía dentro de él”. Estaba indignado y ansioso de comunicarse con el pueblo en la plaza pública, el Ágora. Este punto es importante y se lo pasa por alto muy fácilmente: Pablo se preocupó. Estaba tan saturado de la cosmovisión bíblica y tan motivado por la gloria de Dios, que instintivamente sintió la provocación resultante de la idolatría que se manifestaba tan abiertamente. El versículo 17 dice:

Así que, discutía en la sinagoga con los judíos y con los gentiles temerosos de Dios, y diariamente en la plaza con los que estuvieran presentes (LBLA).

 Los verbos de comunicación de este pasaje muestran cómo respondió Pablo a la consternación que sentía. Entabló en un debate intenso (dialegomai) con los judíos y otras personas interesadas. Discutió (sumballō) con los epicúreos y los filósofos estoicos (v. 18). Predicó a “Jesús y la resurrección”, lo cual le ameritó una audiencia delante de los intelectuales de la ciudad en el Areópago. Allí declaró: “Eso que ustedes adoran como algo desconocido es lo que yo les anuncio” (v. 23).

Sin embargo, los que lo oyeron respondieron con una mezcla de curiosidad, confusión y burla (vv. 18 y 32):

Algunos filósofos epicúreos y estoicos entablaron conversación con él. Unos decían: “¿Qué querrá decir este charlatán?”. Otros comentaban: “Parece que es predicador de dioses extranjeros”. Decían esto porque Pablo les anunciaba las buenas nuevas de Jesús y de la resurrección.

Es obvio que estos hombres sofisticados e intelectuales lo desdeñaron, pero estaban lo bastante interesados para prestarle un poco más de atención (v. 19). Tal vez pensaron para sus adentros: “Es una persona rara que expresa ideas extrañas. Pero al menos nos ofrece un intrigante enigma intelectual para resolver”. Como Lucas notó, tal vez sarcásticamente: “Es que todos los atenienses y los extranjeros que vivían allí se pasaban el tiempo sin hacer otra cosa más que escuchar y comentar las últimas novedades” (v. 21).

“No importa lo inteligente o experto que pueda ser el no creyente, ustedes siempre tendrán sabiduría y conocimiento que él desesperadamente necesitará escuchar […]. Si lo sorprenden en la incredulidad, ustedes siempre sabrán algunos puntos cruciales acerca de Dios, el ser humano y el mundo que ellos nunca podrían descubrir por su propia sabiduría”.

Describieron a Pablo como un “charlatán”. El significado literal del término es “recogedor de semillas”, lo cual era una expresión idiomática derogatoria. En un sentido metafórico, así como los pájaros asechan tras las semillas en los campos, “los predicadores de deidades extranjeras” asechan entre las ideas religiosas y filosóficas que ya fueron descartadas para propagarlas entre el público ignorante o principiante. A sus ojos, Pablo era un tonto y un pseudointelectual, tal vez aun alguien socialmente peligroso (como Sócrates antes de él).

Con todo, Pablo sabía algo crucial acerca de lo cual ellos manifestaron ignorancia (v. 23):

Al pasar y fijarme en sus lugares sagrados, encontré incluso un altar con esta inscripción: “A un Dios desconocido”. Pues bien, eso que ustedes adoran como algo desconocido es lo que yo les anuncio.

Piensen en la ironía poética de esta escena. Pablo, el “charlatán” incoherente, estaba por declarar la Verdad a los líderes sabios y educados de la ciudad. Scott Oliphint describió la confrontación de esta manera: “¿Quién era este hombre para venir e invadir su territorio? Ellos ya habían decidido que había un dios desconocido; ahora este ‘recogedor de semillas’ no sólo estaba proclamando que tenía conocimiento de él, ¡además decía que era capaz de impartirles ese conocimiento a ellos!”. Pablo creía de todo corazón lo que escribió en 1 Corintios 1:20: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el erudito? ¿Dónde el filósofo de esta época? ¿No ha convertido Dios en locura la sabiduría de este mundo?”. Pablo no estaba avergonzado del evangelio en absoluto (Ro. 1:16), porque sabía que “ya que Dios, en su sabio designio, dispuso que el mundo no lo conociera mediante la sabiduría humana, tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen” (1 Co. 1:21).

Aquí encontramos una importante lección acerca de la apologética. Recuerden que Jesús nos dijo: “Cuando los hagan comparecer ante las sinagogas, los gobernantes y las autoridades, no se preocupen de cómo van a defenderse o de qué van a decir” (Lc. 12:11). Es normal sentir que no estamos calificados ni preparados, a pesar de nuestros estudios y preparación. Sin embargo, como explicó Oliphint: “No importa lo inteligente o experto que pueda ser el no creyente, ustedes siempre tendrán sabiduría y conocimiento que él desesperadamente necesitará escuchar […]. Si lo sorprenden en la incredulidad, ustedes siempre sabrán algunos puntos cruciales acerca de Dios, el ser humano y el mundo que ellos nunca podrían descubrir por su propia sabiduría”. La lección es: Dios va a usar cualquier habilidad y conocimiento que tengamos. El único requisito verdadero es estar dispuestos.

 

 

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