Introducción a la apologética: hagamos preguntas

Cuando aplicamos la apologética, es importante que escuchemos mucho más de lo que hablamos (excepto, desde luego, cuando hacemos una presentación formal). Aprenda a hacer muchas preguntas y a escuchar con atención. Las preguntas llevan a las personas a la introspección y las respuestas, muchas veces, son un diagnóstico del alma y la mente.

Consideremos a Jesús y la cantidad de preguntas que él hacía. Un autor escribió: “En los Evangelios, Jesús hace muchas más preguntas de las que contesta. Para ser precisos, hace 307 preguntas y, de 183 preguntas que le hacen a él, él solo responde tres. Hacer preguntas era una práctica central de la vida y la enseñanza de Jesús”. Veamos algunos ejemplos: “Si les he hablado de cosas terrenales, y no creen, ¿cómo creerán si les hablo de las cosas celestiales?” (Juan 3:12); “¿Quieres ser sano?” (Juan 5:6); “¿Esto les resulta escandaloso?” (Juan 6:61); “¿Por qué no entienden mi lenguaje?” (Juan 8:43); “¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?” (Juan 18:34).

Podríamos considerar también a Pablo. En Romanos, él hace muchas preguntas desafiantes y provocadoras, tales como: “Y tú, que juzgas a los demás, pero practicas las mismas cosas que ellos, ¿piensas que escaparás del juicio de Dios?” (Romanos 2:3); “¿No te das cuenta de que menosprecias la benignidad, la tolerancia y la paciencia de Dios, y que ignoras que su benignidad busca llevarte al arrepentimiento?” (Romanos 2:4); “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24); “Entonces, ¿qué diremos? ¿Que Dios es injusto?” (Romanos 9:14); “Pero tú, hombre, ¿quién eres para discutir con Dios? ¿Acaso el vaso de barro le dirá al que lo formó por qué lo hizo así?” (Romanos 9:20).

Cuando aplicamos la apologética, debemos aprender a hacer preguntas y a hablar mucho menos de lo que escuchamos.

Es más, pensemos en el vocabulario controversial que Pablo usa en contra de los incrédulos y los oponentes del cristianismo en el libro de Hechos: confundir, refutar, disputar, persuadir, convencer, probar, debatir, discutir, disentir, alegar, explicar, mostrar, señalar, enseñar. Pablo no era nada tímido a la hora de argumentar, pero claramente, la argumentación implica un cuestionamiento dinámico.

A continuación, podemos ver algunas preguntas que podríamos proponer al no creyente en un diálogo apologético:

¿Cómo se explica, en última instancia, la existencia de todas las cosas?
¿Por qué existe algo en vez de sólo la nada?
¿Por qué le importa este tema, si usted es ateo?
¿Cómo sabe, si usted es ateo?
¿Por qué no va a la iglesia si no está seguro de que Dios exista? ¿No me dice que es agnóstico?
¿Cuándo dejó de creer en Dios? ¿Por qué?
¿Cuál es su definición de Dios?
¿Le parece que no hay nada bueno en el mundo?
¿Por qué hay tanta maldad y sufrimiento en el mundo?
¿De dónde provienen las condiciones que permiten que podamos mantener este debate, más allá de nuestras posturas diferentes?
¿De dónde vienen las normas gramaticales, las reglas de la lógica, la conciencia y el sentido del bien y el mal?

Deberíamos hacernos preguntas pensadas para explorar la conciencia moral y espiritual de nuestro prójimo. Intente despertar en él la conciencia de su propia realidad espiritual. Trate de demostrarle (mejor aún, ayúdelo a descubrirlo por sí mismo) que la experiencia de la bondad de Dios en su vida está en tensión con la ira de Dios que él merece (ver Hechos 14:17 y Romanos 2:4). Ayúdelo a ver que hay una dicotomía moral en el hecho de juzgar a los demás mientras nos eximimos a nosotros mismos.

Hágale preguntas que lo ayuden a ver que está dando por sentado que necesitamos una ley moral, pero, a la vez, está usurpando el rol del Dador de la ley. En otras palabras, muéstrele que no vive ni puede vivir en consonancia con sus propias convicciones y que, en realidad, está presuponiendo la existencia de su creador, Señor y juez todo el tiempo.

De nuevo, indague cuál es estado del corazón y la mente de su prójimo. Ore para que el Espíritu lo guíe y le dé discernimiento para saber cómo proceder. Busque las disonancias del alma de su prójimo, entre lo que, en realidad sabe y lo que hace o dice. Busque las incoherencias entre la fe y la cosmovisión que profesa y lo que vive en la práctica. Por último, recuerde que muchas veces los argumentos intelectuales no son más que una máscara o un escudo que intenta proteger un alma amargada por el sufrimiento causado por el pecado, por su propio pecado y por el daño que le provocaron los pecados de otras personas.

Cuando aplicamos la apologética, debemos aprender a hacer preguntas y a hablar mucho menos de lo que escuchamos.

 

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