Una esperanza real para el mundo real

En contraste con el punto de vista materialista o secularista, la cosmovisión bíblica ofrece una esperanza real para el mundo real en el que vivimos. Porque la naturaleza cristiana no se cierra a lo sobrenatural: creemos en la intervención divina. Porque la realidad cristiana no se compone simplemente de materia, energía y azar; nuestra vida tiene un propósito y posibilidades. Asimismo, la historia tiene sentido y no la escriben tan solo los poderosos o los despiadados. Para quien cree en Cristo Jesús, un cambio real, verdaderamente es posible. En Cristo, para todas las cosas hay esperanza.

Primero que nada, creemos en los milagros. Consideremos el Salmo 107. Allí el salmista describe cuatro casos distintos de intervención divina. Dos están relacionados con el sufrimiento que el hombre se inflige a sí mismo por medio del pecado (vv. 10-16 y 17-22) y dos tratan de la aflicción provocada por la condición humana “bajo el sol” (Ec. 1:3) (vv. 4-9 y 23-32). En cada caso, vemos a Dios como el Dios que da un giro drástico a las circunstancias.

Los versículos 10 y 11 ilustran una escena de desesperanza, peligro e impotencia, donde “algunos vivían en profunda oscuridad, prisioneros de la aflicción y las cadenas”. ¿Por qué? Porque “fueron rebeldes a los mandatos de Dios y despreciaron los proyectos del Altísimo”. No obstante, su destino no estaba escrito aún: “Pero en su angustia clamaron al Señor, y él los salvó de toda su aflicción” (v. 13). Del mismo modo, el versículo 17 relata el destino del típico necio de la Biblia: “Obstinados en su conducta rebelde, y afligidos por causa de sus maldades”. En este caso, ellos también clamaron a Dios y él “con el poder de su palabra los sanó, y los libró de caer en el sepulcro” (v. 20).

Los versículos 4 y 5 retratan a la persona que ha perdido el rumbo en la vida: “Perdidos en el desierto, no hallaban un camino que los llevara a una ciudad habitable. Andaban hambrientos y sedientos, con el alma a punto de desfallecer”. Sin embargo, Dios también intervino a su favor: “los guió por un buen camino, hasta encontrar una ciudad habitable” (v. 7). Otros estaban envueltos en sus actividades cotidianas, eran “los que descienden al mar en naves, y hacen negocio en las muchas aguas” (v. 23), hasta que de pronto sobrevino la tragedia: “Él habló, y se desató un viento tempestuoso, y gigantescas olas se encresparon” (v. 25). Ellos también clamaron al Señor en medio de su angustia y “él los [llevó] a puerto seguro” (v. 30b).

El Salmo 107 da testimonio de que este mundo no es un sistema natural cerrado. Dios puede intervenir en él y lo hace con frecuencia. De hecho, este salmo es una declaración de la teología de la revocación (la inversión de la condición humana y el cambio de maldición por bendición) y es una fuente de sabiduría: “Si hay alguien sabio, que cumpla con esto, y que entienda que el Señor es misericordioso” (v. 43).

El cristiano tiene una esperanza real para el mundo real. Creemos que el cambio verdadero es posible y que todo está sujeto a una revocación, a una inversión.

En segundo lugar, la cosmovisión bíblica nos enseña que la historia avanza hacia una meta y un destino. No conduce hacia la farsa ni el olvido, como declaró Karl Marx: “La historia se repite dos veces: primero como tragedia y después como farsa”. No es una mera comedia o tragedia como hubiera dicho William Shakespeare: “El mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres son meros actores: tienen sus salidas y entradas y cada uno interpreta muchas partes”. La historia tampoco es una absurdidad, como diría Woody Allen: “Más que en ningún otro momento de la historia, la humanidad se halla en una encrucijada. Un camino conduce a la desesperación absoluta. El otro, a la extinción total. Quiera Dios que tengamos la sabiduría de elegir correctamente”.

Por el contrario, las Escrituras revelan una clara trayectoria eterna que palpita entre el tiempo y la vida. Debido a su gran amor, Dios creó un entorno físico en el que podría morar junto a la corona de su creación, la humanidad (Gn. 1-2). La gran meta y recompensa de la humanidad es la presencia de Dios mismo (Ap. 21:3). Desde que el pecado entró al mundo (Gn. 3), todo lo que Dios hace está orientado hacia la redención y la re-creación: el objetivo es santificarnos para que podamos habitar con él en un entorno santo para siempre (Tit. 2:11-14). La encarnación, el ministerio y el sacrificio de Jesucristo permiten que este plan tenga éxito, porque Cristo es quien completará la obra en la que Adán fracasó. El director de proyecto, por así decirlo, es el Espíritu Santo, quien traerá la restauración en “un cielo nuevo y una tierra nueva, donde reinará la justicia” (2 P. 3:13). Un día, Dios develará su imperio cósmico, una patria libre de pecado y de la influencia de Satanás, donde el ser humano realmente podrá florecer.

Dicho de otro modo, Dios está completando el proceso de poblar su iglesia y un día habrá una revocación cósmica. Dios habitará con nosotros para siempre en su reino: el tabernáculo eterno, la tierra eterna, la creación renovada. Nosotros estamos a la espera de un nuevo Edén, restaurado a su máximo potencial, una trama sempiterna de su presencia divina, paz y prosperidad. Mientras tanto, nuestra vida tiene un significado y un propósito. Cada representación del amor del Evangelio en esta vida apunta hacia la restauración y la revocación que han de venir junto con el imperio cósmico de Dios.

Por lo tanto, el cristiano tiene una esperanza real para el mundo real, a pesar del pecado y la necedad. Creemos que el cambio verdadero es posible y que todo está sujeto a una revocación, a una inversión, según el sabio plan de Dios.

 

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