Tres formas de auto redención

El ser humano nunca se cansa de intentar “salvarse” a sí mismo, aunque nuestros conceptos de “salvación” y “pecado” varían mucho según la cosmovisión subyacente. Para el secularista, por ejemplo, auto redención significa libertad de los prejuicios religiosos y autonomía para expresarse como individuo. Para el marxista, auto redención es pureza ideológica y lealtad al partido comunista. Para el espiritualista de la Nueva Era, auto redimirse es florecer en la forma de un ser semi divino, valiéndose de todos los recursos religiosos disponibles sin discriminar la cosmovisión original de la que proceden.

En los siguientes párrafos, voy a resumir tres técnicas con las que el ser humano busca salvarse a sí mismo.

Primero, y en una dimensión práctica, frente al asedio del pecado y la maldición divina (Gn. 3:8-19), el ser humano intenta asegurar su existencia por medio del dinero y el hedonismo. En el “presente siglo malo” (Gá. 1:4), el dinero es poder y una forma tóxica de anestesiarnos, dado que es “la respuesta para todo” (Ec. 10:19 [LBLA]) y una “ciudad fortificada” (Pr. 10:15). El dinero es sagrado y con él controlamos nuestro entorno, compramos nuestra seguridad, disfrutamos del fruto de nuestro trabajo y definimos nuestra identidad. En el intento de restablecer el Edén, en un sentido tanto personal como social, acumulamos “tesoros en la tierra” (Mt. 6:19). Como el rico insensato (si tenemos la suerte de alcanzar la independencia económica), nos jactamos de nosotros mismos diciendo: “Ya puede descansar mi alma, pues ahora tengo guardados muchos bienes para muchos años. Ahora, pues, ¡a comer, a beber y a disfrutar!” (Lc. 12:19). Por eso es que no podemos amar a Dios y a Mamón (Mt. 6:24) y por eso es que “la raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Ti. 6:10).

Segundo, y desde el plano intelectual, el ser humano suprime la verdad acerca de Dios y la cambia por ídolos (Ro. 1:19-23). Como decía Juan Calvino, todos somos una “fábrica de ídolos”. Por consiguiente, hay una innumerable variedad de sustitutos de Dios a los que abrazamos en busca de sentido y seguridad. Uno de mis exalumnos proclamó: “Soy el vivo ejemplo de que la gente puede vivir, sobrevivir y ser feliz sin Dios. […] Tenemos diferentes cosas que pueden sustituir a Dios. Amigos, música y deportes son totalmente necesarios en mi vida y para mí son una especie de sustituto”. La idolatría consiste en dar una respuesta afirmativa a la pregunta: “¿Disfruto mi propia vida y la creación más de lo que me deleito en Dios, el creador?”. Lamentablemente, gracias al pecado, somos por naturaleza adoradores de ídolos y preferimos organizar nuestra vida —pensamientos, acciones, deseos y uso del dinero— en torno a los dioses sustitutos de nuestra preferencia. Tim Keller explica que “un dios falso es cualquier cosa que se vuelva tan central y esencial en tu vida que, si lo perdieras, difícilmente valdría la pena vivir la vida”. Sin embargo, el problema de los ídolos es que son “cisternas rotas” (Jer. 2:13). No pueden retener el contenido que vertimos en ellas. Necesitan que constantemente las estemos reparando y mejorando. Por ende, los ídolos son inútiles y frustrantes.

Tercero, y desde un punto de vista existencial, el ser humano intenta manipular o apaciguar el juicio divino con buenas obras, con la esperanza de que la cantidad o la calidad de sus obras sea mérito suficiente para obtener una respuesta favorable de parte de Dios. Algunos, como el fariseo que confiaba en su superioridad moral, dicen a Dios: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás, que son ladrones, injustos y adúlteros. ¡Ni siquiera soy como este cobrador de impuestos!” (Lc. 18:11). Otros se engañan a sí mismos convenciendo a su conciencia de que tienen derecho a muchas cosas por sus méritos, como en el caso del pecador que describe Romanos 2, que espera escapar del juicio de Dios y “menosprecia la benignidad, la tolerancia y la paciencia de Dios” (Ro. 2:4). Siguiendo esta misma línea de pensamiento, Keller describe dos métodos paradigmáticos de auto justificación: el que llama “el camino de la conformidad moral” y el que denomina “el camino del descubrimiento de uno mismo”. El primero, que se adapta a las normas aceptadas por su sociedad, declara: “No voy a hacer lo que yo quiero, sino lo que la tradición y la comunidad quieran que yo haga”. El segundo, se rebela contra las convenciones sociales y afirma: “Soy el único que puede decidir qué está bien y qué está mal para mi vida. Voy a vivir como yo quiera vivir y así voy a encontrar mi verdadero yo y la felicidad”. Actualmente, este último método es dominante en las sociedades que están profundamente influenciadas por el posmodernismo y el consumismo. Lo que ambos métodos tienen en común es que su norma para obtener la redención es idolátrica, está orientada hacia el yo y se basa en la auto justificación.

Para terminar, el problema que hallamos en el plan de redención que cada persona elabora para sí misma es que no lidia de la forma adecuada con la raíz de nuestro distanciamiento de Dios, que es la idolatría. Sólo el evangelio de Cristo Jesús trata con la complejidad de la condición humana, con nuestros inútiles intentos de redimirnos a nosotros mismos y con la adoración a los ídolos. Sólo el evangelio ataca el problema tripartito de la maldad desde la raíz: la deificación de uno mismo (el pecado), la auto redención (la auto justificación) y la esclavitud (Satanás).

 

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