“El corazón tiene sus razones”

En el siglo XVII, Blas Pascal, un reconocido intelectual y matemático cristiano, entró en una controversia con los apologetas racionalistas de su época, entre ellos René Descartes. Pascal escribió: “El corazón tiene razones que la razón no entiende” y “Conocemos la verdad no sólo con la razón, sino también con el corazón”.

Pascal no afirmó que la fe en Dios o en Jesucristo contradice la razón, ni que es irracional y anti intelectual. Más bien, estaba elaborando una descripción más equilibrada y bíblica de cómo obra la fe, realmente. Mi mentor, el profesor Bill Edgar*, escribió: “La razón es buena y necesaria en tanto sepa someterse a la verdad y, para eso, es necesario tener un corazón bien dispuesto. Como bien dice Pascal, el corazón sí tiene sus razones, pero un sistema de racionalización, por sí solo, nunca nos llevará a Dios”.

Pascal entendió que los seres humanos somos criaturas en verdad complejas. Actuamos y creemos por motivos tanto racionales como emocionales. Abrazamos la fe o nos mostramos escépticos por motivos, muchas veces, contradictorios. En términos fenomenológicos, Tim Keller enumera tres factores que determinan la verosimilitud y credibilidad existencial de la fe: los razonamientos intelectuales, la interpretación de la experiencia personal y el condicionamiento social. Las personas tienden a creer si tienen buenas razones intelectuales para hacerlo, si su experiencia personal no impone un obstáculo psicológico contra la confianza en Dios, y si cuentan con una comunidad que las apoya y es abierta o tolerante con una cosmovisión que se desvía del pensamiento dominante de la sociedad.

Además, Pascal entendió, al igual que Pablo antes que él, que la fe no consiste únicamente en la racionalidad o la emoción, sino también en la motivación. Según Romanos 1:19-23, los incrédulos ya conocen a Dios, pero no muestran una respuesta espiritual y ética adecuada frente al conocimiento que tienen de él. Por lo tanto, la pregunta no es si los seres humanos tienen o no una relación con Dios, ni si tienen o no conocimiento de Dios, sino qué tipo de relación tienen con él (si son obedientes o desobedientes) y qué hacen con el conocimiento que ya tienen de él (si reconocen o detienen la verdad). Lamentablemente, los pecadores tienen grandes motivaciones para negar la existencia o la bondad de Dios, ya que “el corazón tiene sus razones”.

“La razón es buena y necesaria en tanto sepa someterse a la verdad y, para eso, es necesario tener un corazón bien dispuesto.”

Por ejemplo, pensemos en una persona que afirma ser atea pero cuya motivación para no creer en Dios halla su origen en una experiencia personal —o en comunidad— que fue negativa. Básicamente, su objeción es que Dios se comportó mal con ella, que fue injusto, que no es bueno y que por eso no merece afecto, ni adoración, ni obediencia, ni fe. A veces, el ateo ha vivido una experiencia traumática, algo que ha ofendido su consciencia hasta tal punto que, en efecto, no puede perdonar a Dios por haber permitido que ese mal sucediera.

En esos casos, muchas veces, la mejor respuesta es la empatía y la disposición a escuchar. A veces, es sabio compartir nuestro testimonio personal o nuestra propia experiencia de sufrimiento. También es útil indagar en su historia religiosa y plantear preguntas como: ¿Cuándo dejaste de creer? ¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Qué sientes hoy en día por haber tomado esa decisión? ¿Cómo te ayuda el ateísmo en el día a día? ¿Por qué te aferras a él con tanta fuerza?

También podemos pedirle al incrédulo que considere el testimonio que Dios dejó en su propia vida por medio de las “riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad” (Romanos 2:4) a pesar de su experiencia dolorosa. Ayúdenlo a pensar por qué cosas debería estar agradecido. Como dijo Pablo: por “enviarnos toda clase de bienes” como ________, o por satisfacer nuestro corazón con ________. Exploren las formas en que la bondad de Dios suele obrar en una persona para guiarla al arrepentimiento. Háblenle de las implicancias de la perspectiva bíblica acerca de Dios: ¿Tiene sentido hacer uso de su gracia (o darla por sentado) para vivir en el pecado y la rebelión (Romanos 2:4-5)? ¿No es más sabio glorificarlo como a Dios y darle gracias (Romanos 1:21)?

Por último, es importante escuchar mucho más de lo que hablamos (¡por alguna razón Dios nos dio dos oídos y una sola boca!). Aprendan a hacer muchas preguntas y a escuchar con atención. Oren para que el Espíritu los guíe y les dé discernimiento respecto a cómo proceder. Busquen las disonancias del alma de su prójimo, las contradicciones entre lo que en realidad sabe y lo que dice o hace. Muchas veces, los argumentos y la cosmovisión intelectuales no son más que una máscara que protege a un alma amargada por el sufrimiento, por su propio pecado o por el daño que le hicieron los pecados de otras personas.

“El corazón tiene razones que la razón no entiende.”

*Muerte, no sientas orgullo

 

 

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