El cielo y el infierno en la tierra

¿No les pasa a veces que les cuesta entender este mundo caótico en el que vivimos? Hay tanta destrucción, tanta injusticia, tanta maldad. Todos los días lo vemos en las noticias, quizás incluso en nuestras propias vidas, o en la vida de nuestros vecinos: la crueldad, el abandono y la opresión. A veces nos asombra que pueda ocurrir algo bueno o que alguien pueda tratarnos amablemente en esta vida, puesto que vemos el predominio de la malicia personal y la maldad sistémica manifestarse en nuestras relaciones, instituciones y culturas.

Afortunadamente, la cosmovisión bíblica nos provee una guía para saber cómo conducirnos en esta era enigmática.

En primer lugar, sabemos por experiencia personal y por revelación bíblica que el plan de Dios se vio interrumpido por Satanás y por la llegada del pecado. Ahora vivimos en “este mundo malvado” (Gá. 1:4), como lo expresó Pablo, o “debajo del sol” (Ec. 1:3), como dice Eclesiastés. La Biblia nos muestra que, a la par de la misión restauradora de Dios, Satanás intenta crear un reino falso con él mismo a la cabeza como dictador totalitario: él busca gobernar sobre la humanidad caída en un medio ambiente físico lleno de maldición, una especie de infierno en la tierra. Puesto que no puede usurpar el reino de Dios, el propósito de Satanás es presentar obstáculos. Busca retrasar y frenar el avance del reino de Dios y el crecimiento de la iglesia. Utiliza todas las armas que tiene a disposición: violencia, mentiras y engaños (Jn. 8:44). Estos dos planes pueden contrastarse de la siguiente manera:

Dios desea paz + seguridad + prosperidad          =              shalom con Dios para siempre

Satanás desea caos + decadencia + muerte         =             infierno con Satanás para siempre

Por esta razón, luego de la llegada del pecado, Génesis relata el desarrollo de dos “simientes”: la simiente trágica de Caín, que genera una maldad creciente que culmina en la torre de Babel, y la simiente de Set, que culmina con el llamado de Abram y la promesa de Dios de bendecir a “todas las naciones” (Gn. 12:1-3). De hecho, hay dos planes cósmicos, a la vez paralelos y opuestos, que están activos en el mundo, y esto se evidencia en cada corazón humano y en sus relaciones. Estas agendas, que están en conflicto entre sí, están representadas simbólicamente en la Biblia mediante muchas oposiciones binarias antitéticas (o “simientes”), como por ejemplo:

La simiente de Eva y la simiente de Satanás             La simiente de Set y la simiente de Caín

Abraham y Lot                                                             “En Cristo” y “en Adán”

Moisés y Faraón                                                          El viejo hombre y el nuevo hombre

La sabiduría y la necedad                                           La luz y las tinieblas

Egipto y Canaán                                                         Lo limpio y lo contaminado

César y Jesucristo                                                      La novia y la ramera

Yahvé y Baal                                                               El cielo y el infierno

La carne y el Espíritu                                                   El rico y el pobre

Cristo y Satanás                                                         La era porvenir y la presente era de maldad

El reino de Dios y el reino de este mundo                  Mamón y Cristo

Las verdaderas riquezas y las falsas riquezas            El trigo y la cizaña

De un modo similar, Pablo describió la dinámica entre dos eras espirituales y antitéticas que se superponen: “el mundo venidero” (Ef. 1:21) y “este mundo malvado” (Gá. 1:4). En Romanos 1:17-18 declaró: “Porque en el evangelio se revela la justicia de Dios, que de principio a fin es por medio de la fe”. Del mismo modo, en el versículo 18 dijo, trazando un paralelo gramatical y léxico: “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad”. Pablo proclamó que hay revelaciones paralelas de Dios que se están desenvolviendo entre los seres humanos en el tiempo y el espacio. Una de esas revelaciones es la declaración de la justicia y de la paz con Dios a través de Jesucristo por la fe (v. 17). La otra es la declaración de que Dios no se complace en el pecado, específicamente el pecado de la obstruir “la verdad”, es decir, el estado real de las cosas acerca de Dios y su creación (v. 18).

En otras palabras, en el mismísimo marco moral de esta vida yace un anticipo tanto del cielo como del infierno. Las cosas buenas que les ocurren a los seguidores de Cristo son un anticipo (beneficios provisionales) de la era eterna que ha de venir. De igual manera, las cosas malas que les suceden a los no creyentes son una muestra o anticipo de la era eterna que ha de venir en el infierno. Por lo tanto, en términos generales, las cosas malas que nos ocurren en esta vida son una advertencia y conllevan un mensaje: arrepiéntanse y sirvan a Dios. (Igualmente, dejemos en claro que tanto las desgracias como la dicha y la buena fortuna recaen tanto sobre el creyente como el incrédulo.)

Es claro que el infierno debería evitarse a toda costa. Sea lo que fuere el infierno, al menos será lo siguiente: la completa ausencia de Dios y de su bondad. Todo tipo de maldad se manifestará en todo ese tiempo. Quienes vayan al infierno quedarán para siempre separados del gozo, la paz y la prosperidad. Estarán para siempre frustrados, asustados, enojados y alienados. Jonathan Edwards nos ayuda a imaginar cómo será el infierno, lo que él denomina un “mundo de odio donde no hay amor”:

No hay ni un solo objeto allí que no sea odioso y detestable, horrendo y aborrecible. No hay persona ni cosa allí que sea amigable o hermosa; nada que sea puro, santo o agradable, sino que todo es abominable y despreciable. […] En el infierno, la rabia y todos los principios contrarios al amor reinarán, sin ninguna gracia restrictiva que los mantenga a raya dentro de sus límites. Allí habrá soberbia descontrolada, como también malicia, envidia, venganza y contención en toda su furia y sin fin, sin ver jamás la paz. Los miserables habitantes del infierno se comerán y devorarán unos a otros, así como serán enemigos de Dios, de Cristo y de los seres santos.*

Sus almas, ¿se ven cautivadas por un deseo de ir cielo y morar en el reino de Dios? ¿Han experimentado un anticipo de aquel mundo de amor y plenitud? ¿O se ven enredados en relaciones, actitudes y actividades que solo podrían ser llamadas “el infierno en la tierra”? ¿Qué indica la evidencia de su estilo de vida, sus relaciones y lealtades, acerca de su orientación espiritual presente y su destino eterno en un futuro?

Es crucial preguntarnos a nosotros mismos: ¿Hacia dónde se dirige mi vida? ¿Estoy en el camino que conduce a la paz, la seguridad y la prosperidad con Dios para siempre, o el camino que conduce al caos, la decadencia y la muerte con Satanás para siempre?

 

* Charity and its fruits, Carlisle, PA: Banner Of Truth Trust (2000), pp. 358-362.

 

 

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