“Señor, está oscuro”

He estado leyendo las oraciones y poemas de Michel Quiost, un sacerdote católico francés, por más de cuarenta años. En su libro Oraciones Para Rezar Por La Calle , en una sección titulada “Etapas de la carretera”, él incluye muchos poemas que, con el tiempo, y a medida que maduré como cristiano, empezaron a cobrar sentido para mí. Empecé a entender la oración “Está oscuro” recién en los últimos diez años, cuando atravesé una etapa de penumbras y viví en carne propia “la noche oscura del alma”.

En la introducción de su poema, él escribe: “Solo aquel que está totalmente ciego pone su vida entera en las manos de Dios, para que él lo lleve de la mano como a un niño. Por eso… el Señor se ve obligado a empujar al hombre hacia la oscuridad, para que entonces aprenda a confiar solamente en Dios”. Quiost agregó: “Es una etapa dolorosa de la vida. El cristiano no debe intentar evitarla, pero sí necesita ser reafirmado durante ese período”. La oración dice así:

Señor, está oscuro.
Señor, ¿estás aquí en mi oscuridad?
Tu luz se ha apagado, al igual que su reflejo en los hombres y en todo lo que me rodea.
Todo se ve gris y sombrío, cual niebla espesa que oculta el sol y envuelve la tierra.
Todo es un esfuerzo, todo es difícil, y mis pasos son pesados y lentos.
Todas las mañanas me abruma el pensamiento de que he de vivir un día más.

Anhelo el final, suspiro a la espera del olvido de la muerte,

Desearía irme, Correr, Volar, Adonde sea, escapar.

¿Escapar de qué? De ti, Señor, de mí mismo, no lo sé, Pero escapar, Volar.

 

Camino vacilante, como embriagado, movido por el hábito, inconsciente.

Atravieso las mismas emociones cada día, pero sé que carecen de sentido.

Camino, pero sé que no voy a ningún lado.

Hablo y mis palabras se oyen terriblemente vacías, pues solo pueden alcanzar oídos humanos y no las almas vivas de los seres celestiales.

Las ideas mismas me evaden, me es arduo pensar.

Tartamudeo, confundido, sonrojado.

Y me siento ridículo,

Y avergonzado, pues las personas se dan cuenta.

Señor, ¿estaré perdiendo la cordura?

¿O es esto todo lo que tú quieres?

 

No me importaría, de no ser porque estoy solo.

Estoy solo.

Me has llevado lejos, Señor; confiado te seguí, tú caminaste a mi lado,

Y ahora, en medio del desierto, por la noche, de pronto desapareciste.

Te llamo y no respondes.

Te busco y no puedo hallarte.

He dejado todo y ahora me han dejado solo.

Tu ausencia es mi sufrimiento.

 

Señor, está oscuro.

Señor, ¿estás aquí en mi oscuridad?

¿Dónde estás, Señor?

¿Aún me amas?

¿O te has cansado de mí?

Señor, responde.

¡Responde!

¡Está oscuro!

¿Alguna vez sintieron lo que Quiost describe?: un deseo de escapar, e incluso morir; el miedo de caer en la locura; cuestionarse la sabiduría o la justicia de Dios; sentirse solo y abandonado; experimentar el silencio de Dios como un sufrimiento agudo; o clamarle a Dios: “¿Dónde estás, Señor? ¿Aún me amas? ¿O te has cansado de mí?”. Yo sí lo viví.

Los Salmos nos ayudan a orar en nuestros tiempos de oscuridad espiritual. Hay un salmo en particular, el Salmo 88, que es el paliativo ideal para el creyente deprimido y desconcertado. Empieza el primer versículo con una profesión de fe, “Oh Señor, Dios de mi salvación”, pero 20mrsad-colortermina con un lamento: “Has alejado de mí al compañero y al amigo; mis amistades son las tinieblas” (v. 18). El Salmo describe muchos de los sentimientos que aparecen en el poema de Quiost: el miedo a la muerte, la sensación de que Dios es el culpable, la depresión, la debilidad, el abandono por parte de los demás, la falta de esperanza de alcanzar alivio, y lo peor de todo: el silencio y la inacción de Dios. Casi como si fuera un anticipo del mismo infierno, la ausencia de Dios (y al parecer incluso su rechazo) es la más dolorosa de todas las aflicciones del escritor, al igual que del salmista: “¿Por qué, Señor, rechazas mi alma? ¿Por qué escondes de mí tu rostro?” (v. 14).

Es bastante paradójico, pero a veces parece que Dios planea destruir nuestra fe para luego edificarla.

“¿Dónde estás, Señor? ¿Aún me amas? ¿O te has cansado de mí?”

En el Evangelio de Marcos, los discípulos vivieron, si bien fue por muy poco tiempo, su propia “noche oscura del alma” y la sensación del abandono:

Ese día, caída ya la tarde, les dijo: Pasemos al otro lado. […] Pero se levantó una violenta tempestad, y las olas se lanzaban sobre la barca de tal manera que ya se anegaba la barca. Él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; entonces le despertaron y le dijeron: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: ¡Cálmate, sosiégate! Y el viento cesó, y sobrevino una gran calma. Entonces les dijo: ¿Por qué estáis amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Y se llenaron de gran temor, y se decían unos a otros: ¿Quién, pues, es éste que aun el viento y el mar le obedecen? (Marcos 4:35-41)

Este pasaje refleja muchos de los elementos que encontramos en el poema de Quiost y en el Salmo 88. Está la intención aparentemente causal de “pasar al otro lado”, y entonces sobreviene el desastre (“se levantó una violenta tempestad”). Jesús se muestra ajeno a su peligro y preocupación, ya que “estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal”. En un momento de desesperación, duda y temor, los discípulos dieron a entender que Jesús estaba actuando mal y siendo desconsiderado: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”.

En medio de esos períodos de oscuridad, cuando nuestra fe y esperanza se ven probadas más allá de sus límites, es esencial reconocer la acusación implícita de nuestros lamentos: “¿No te importa?”. Cuando Dios está en silencio o parece que Él no hace nada, a veces sentimos que no nos cuida o que Weather 030nos rechaza, al igual que en nuestras relaciones humanas, cuando vemos una falta de comunicación o de interés. No obstante, Jesús no es simplemente un ser humano más, finito y falible.

¿Podría decirse que, durante nuestras tormentas —aquellos períodos en los que Dios es enigmático, está en silencio o parece que no se preocupa por nosotros—, tenemos buscar la intervención divina en nuestras vidas, tal como lo hicieron los discípulos en la barca? Quizás deberíamos esperar que Dios dé órdenes al inhóspito “viento” y al turbulento “mar” de nuestras vidas y declare: “¡Cálmate, sosiégate!”. Quizás, a pesar de que la realidad indique lo contrario, deberíamos esperar que llegue la “gran calma” después de la tormenta y reconocer nuestra falta de fe. Quizás entonces confesaríamos a la par de los discípulos: “¿Quién, pues, es éste que aun el viento y el mar le obedecen?”.

Si no, en caso de que la tormenta tarde en disiparse, recordemos las palabras de Santiago acerca de Job:

Mirad que tenemos por bienaventurados a los que sufrieron. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el resultado del proceder del Señor, que el Señor es muy compasivo, y misericordioso. (Santiago 5:11)

O incluso, si la tormenta nunca se termina, quizás profesaremos como Job: “Aunque Él me mate, en Él esperaré; pero defenderé mis caminos delante de Él” (Job 13:15).

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