La torre de Babel

Guillermo Gitz
Guillermo Gitz

La torre de Babel (Génesis 11:1-9) siempre fue una historia fascinante del Antiguo Testamento y todavía hoy cautiva a cualquier lector. Ese edificio gigantesco fue un emprendimiento humano para tratar de ascender al cielo. Los constructores utilizaron todos los conocimientos y habilidades de ese momento con el fin de aproximarse lo más posible a la presencia del Creador. Es evidente que habían desarrollado un sistema constructivo que les permitió erigir la obra de mayor envergadura de su época: el zigurat. Ese impresionante monumento expresaba la obsesión del hombre por lograr trascendencia y exaltar su propia creatividad.

Durante el proceso de construcción, a Dios le desagradó que se lo buscara por medio del esfuerzo humano y por el deseo de demostrar su idoneidad y sus técnicas avanzadas. Los hombres querían demostrarle al Todopoderoso que ellos también eran capaces de realizar obras importantes; en este caso, una torre gigante como símbolo de fama y poderío. Pero la Biblia nos dice que es Dios el único que debe manifestar su grandeza y trascendencia.

03mrconfident-colorEn el intento de edificar una torre en Babel y, desde cierto punto de vista, los constructores aparentaban tener intenciones positivas. Ellos querían llegar hasta Dios y no parecían pretender independizarse de Él. Pero, en el fondo, esa actitud demostraba su autosuficiencia; porque utilizaban medios humanos que rivalizaban con el proceder divino de Dios.

Conectar la tierra con el cielo era un intento de usurpación del lugar de Dios. Porque es Dios quien vincula el cielo con la tierra. Exactamente, la dirección opuesta a la humana. Y de nuevo, como en el Edén, los seres humanos estaban pretendiendo ser dioses.

El Señor no deseaba que la gente intentara acercársele con criterios mundanos. Sino por el contrario, debía ser notorio que era Él quien tomaba la iniciativa y buscaba al ser humano porque esa era su eterna voluntad. Así como Dios prefirió la ofrenda de Abel a la de Caín, así también decide cómo se debe llegar hasta su presencia. No con la vanidad humana de lograrlo por méritos propios sino con la humildad de reconocer que se es limitado y finito.

El Señor confundió el idioma de aquella gente para incomunicarlos y conseguir que abandonaran el colosal emprendimiento. Más adelante, demostraría su propio plan allegándose a un hombre creyente en el único Dios en medio de una sociedad politeísta. Ese hombre fue Abraham y sería quien llevaría adelante su propósito de fundar un pueblo especial. Aquella grandeza que el ser humano con tanto esfuerzo mal canalizado pretendía, Dios se la prometió a Abraham. En la Biblia, desde el Génesis en adelante, se cuentan las muchas veces que Dios salió al encuentro del ser humano extraviado. El Señor, cada tanto tiempo, fue haciendo su entrada en la historia, eligiendo hombres y mujeres que llevaron a cabo sus propósitos divinos. Hasta que, un día, envió a su propio hijo, Jesús, para redimir no sólo a un pueblo sino a toda la humanidad.

En la actualidad, se hacen edificaciones de mayor magnitud y también vehículos espaciales para proyectarse hasta a7d5d6beb135f6ea_1920distancias cósmicas. La sociedad moderna los construye con gran eficiencia pero ahora, a diferencia de aquel momento histórico en la localidad de Babel, ya no demuestra ningún interés en acercarse a Dios. Después de siglos, se continúa actuando con el mismo criterio de independencia del Creador que esa gente del pasado bíblico. Aquellos hombres procuraban acercarse a Dios mediante una manera no aprobada por Él. En cambio, los seres humanos de la actualidad, aun cuando tienen recursos más poderosos, ni siquiera se interesan en aproximarse más al Señor. Su pensamiento materialista no tiene ninguna intención de acortar la distancia que lo separa de Dios.

Hoy en día, el Señor sigue conduciendo la gran empresa de reconciliarse con el hombre, o sea, de acercarse a él. Desde hace dos milenios, la lleva a cabo por medio del sacrificio de su hijo Jesucristo. Él dio el primer paso hacia el ser humano y, con todo amor, espera que éste se exprese afirmativamente.

 

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