El Evangelio “simplificado”: parte 3

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El segundo verbo, “servir”, no aparece en el griego en ninguna otra parte de las cartas a los tesalonicenses. Sin embargo, sí aparece en numerosas ocasiones a lo largo de las demás cartas paulinas y el Nuevo Testamento (junto con varios términos relacionados). Podemos definir el verbo “servir” como “brindar un servicio de amor”, “atender a las demandas de otro”, “estar bajo el control de alguna influencia”, “servir a los intereses de otro” y “ser esclavo”. Jesús dijo que servir a Dios es “volverse esclavo”, lo cual implica dependencia absoluta, compromiso total y exclusividad.

Por tanto, podemos reducir el servicio que resulta del arrepentimiento a tres dimensiones. En un nivel personal o individual, servir significa ser un discípulo, seguidor o adorador. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, “servir” significa “caminar detrás de” o “seguir a”, del modo en que una persona sigue la figura de un dios pagano en una procesión religiosa, un esclavo camina detrás de su amo o un discípulo va detrás de su maestro.

En la dimensión corporativa, social o eclesial, servir a Dios significa sencillamente amarse los unos a los otros. En las palabras de Gálatas 5:13: “servíos por amor los unos a los otros”. Pablo (en Romanos 12:7) y Pedro enseñaron que Dios equipa de dones espirituales a la iglesia para servir: “Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndose los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4:10). Así es que Febe fue llamada diaconisa o servidora de la iglesia (Ro. 16:1) y Epafras fue confirmado como “nuestro amado consiervo, quien es fiel servidor de Cristo de parte nuestra” (Col. 1:7). Del mismo modo, Pablo dijo que Timoteo había manifestado sus “probados méritos” porque “sirvió conmigo en la propagación del evangelio” (Fil. 2:22).

En el plano cósmico o escatológico, servimos al Dios vivo y verdadero y a Jesucristo, así como al Evangelio y la misión de Dios en el mundo. Pablo se identifica a sí mismo de varias maneras: como “siervo de Dios” (Tit. 1:1), “siervo de Cristo Jesús” (Ro. 1:1), ministro del Evangelio (Col. 1:23) y “servidor según el plan que Dios me encomendó para ustedes: el dar cumplimiento a la palabra de Dios” (Col. 1:25, NVI). El autor de Hebreos nos dice simplemente que “sirvamos al Dios viviente” (Heb. 9:14, NVI). Hasta los ángeles afirman su servidumbre delante a Dios; en Apocalipsis, el ángel le dice a Juan: “yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos que poseen el testimonio de Jesús” (Ap. 19:10).

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