El Evangelio “simplificado”: parte 2

Se convirtieronDeNiro

El original griego del primer verbo, “se convirtieron”, no se repite en ninguna  de las dos epístolas a los tesalonicenses, pero sí vuelve a aparecer en otros escritos de Pablo. “Convertirse” significa cambiar de rumbo, ya sea en un sentido literal o en un sentido figurado, moral y religioso. Apunta a un cambio en las creencias de una persona, haciendo énfasis en aquello hacia lo cual se vuelve. Los eruditos clasifican el verbo en el dominio semántico que incluye los términos “arrepentirse” y “nacer de nuevo”. En otras palabras, convertirse implica arrepentimiento y transformación. Ese matiz se clarifica en el versículo 9 mediante el uso de dos frases paralelas, ambas encabezadas por una preposición (después de “ustedes (…) se convirtieron”): “de los ídolos” y “a Dios”.

Podemos preguntarnos: ¿para qué convertirse? La respuesta se infiere del texto por el uso de dos infinitivos: “servir” y “esperar”. Dado que los infinitivos suelen indicar un propósito, tal como si se dijera “a fin de”, la acción del pasaje podría parafrasearse de la siguiente forma: “Ustedes se volvieron, se arrepintieron, se convirtieron, a fin de servir a Dios y esperar a su Hijo, quien nos librará de la ira venidera”. Aquellos que no se arrepienten y no sirven al Hijo ni aguardan su salvación, permanecen “sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef. 2:12, RVR60). En breve, a fin de asegurar la bendición que constituye la liberación de la escatológica ira venidera de Dios, los gentiles deben abandonar su idolatría.

Los ídolos

Nótense los dos adjetivos que acompañan al sustantivo “Dios”: “vivo” y “verdadero”. El adjetivo “verdadero” conlleva el sentido de real, confiable y genuino, en contraposición de lo ilusorio, lo infiel y la falsedad propia de los ídolos. El adjetivo “vivo” implica también “activo”, lo opuesto a los ídolos, que están muertos y son impotentes.

BabylonPablo y el Nuevo Testamento en su totalidad comparten con el Antiguo Testamento la misma comprensión de los ídolos: una representación vana, sin vida, inútil, vacía, falsa, vergonzosa, perversa y destructiva de la deidad. Consideremos algunas citas del Antiguo Testamento respecto de la naturaleza inútil e inánime de los ídolos: son “dioses hechos por manos de hombre, de madera y de piedra, que no ven, ni oyen, ni comen, ni huelen” (Dt. 4:28); Isaías habla de “un dios que no puede salvar” (Is. 45:20); Jeremías dice:

Como los espantapájaros de un pepinar, sus ídolos no hablan; tienen que ser transportados, porque no andan. No les tengáis miedo, porque no pueden hacer ningún mal, ni tampoco hacer bien alguno (Jer. 10:5).

Los ídolos también son espiritualmente destructivos. Salmos 16:4 dice: “Se multiplicarán las aflicciones de aquellos que han corrido tras otro dios”. En palabras de Salmos 115:4-8:

Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombre. Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; tienen oídos, y no oyen; tienen nariz, y no huelen; tienen manos, y no palpan; tienen pies, y no caminan; no emiten sonido alguno con su garganta. Se volverán como ellos los que los hacen, y todos los que en ellos confían.

Pablo hace eco de esa perspectiva al llamar a los ídolos “mudos” (1 Co. 12:2) e impostores espirituales del Dios verdadero:

Por tanto, en cuanto a comer de lo sacrificado a los ídolos, sabemos que un ídolo no es nada en el mundo, y que no hay sino un solo Dios. Porque aunque haya algunos llamados dioses, ya sea en el cielo o en la tierra, como por cierto hay muchos dioses y muchos señores, sin embargo, para nosotros hay un solo Dios, el Padre, de quien proceden todas las cosas y nosotros somos para Él; y un Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por medio del cual existimos nosotros (1 Co. 8:4-6).

No obstante, la idolatría es espiritualmente peligrosa. Si bien los ídolos (en especial los del mundo antiguo y, en la actualidad, los del animismo) no son más que objetos físicos sin potencia, son medios que sirven para ejercer poder y presencia demoníaca. Pablo expuso la naturaleza perjudicial de los demonios y la idolatría, incompatible con la naturaleza de Dios: “No, sino que digo que lo que los gentiles sacrifican, lo sacrifican a los demonios y no a Dios; no quiero que seáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios” (1 Co. 10:20-21). Juan hace una declaración similar en Apocalipsis:

Y el resto de la humanidad, los que no fueron muertos por estas plagas, no se arrepintieron de las obras de sus manos ni dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, que no pueden ver ni oír ni andar; y no se arrepintieron de sus homicidios ni de sus hechicerías ni de su inmoralidad ni de sus robos (Ap. 9:20-21).

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