“¿Qué provecho saca el hombre bajo el sol?”

El autor de Eclesiastés expresó un ferviente deseo de entender: “¿Qué provecho saca el hombre de todos sus trabajos y de todos sus afanes bajo el sol?” (Ec. 1:3).

La palabra “provecho” se refiere a lo que le queda a una persona después de hacer una inversión de tiempo, esfuerzo y dinero. El autor quería comprobar si el esfuerzo de toda una vida permitía acumular alguna ganancia (un impacto permanente o a largo plazo). Se preguntaba si habría memoria (1:11; 2:16; 5:20; 9:5), beneficio (3:19; 5:11; 6:8, 11: 7:11, 12) o recompensa (2:10; 4:9; 9:5) de cara a la inevitable muerte y el tedio incesante.

De manera similar, reflexionó sobre la prosperidad y el desarrollo humano, preguntándose “qué de bueno sacan los mortales de sus ocupaciones de toda la vida bajo el cielo” (2:3; ver también 6:12). También investigó cuál sería el propósito de la vida humana, preguntándose cuál era el fin de toda la humanidad (7:2) y el alcance de las obligaciones humanas (“el todo del hombre” [12:13]). Si formulamos la pregunta de una manera distinta, podemos ver que lo que le interesaba responder coincide con la primera pregunta del Catecismo Menor de Westminster: ¿Cuál es el fin principal del hombre?

No obstante, el autor descubrió, a través de la dolorosa experiencia y de la observación a los demás, que la relación causal entre el esfuerzo y los resultados, o los hechos y las consecuencias, no aplica de una manera predecible “bajo el sol” (en el mundo del pecado). No se trataba solamente de su frustrante trabajo personal o su búsqueda fallida del sentido de la vida: el mismo cosmos estaba fallado y distorsionado de una forma que es imposible entender. La norma fundamental acerca de la ganancia (uno cosecha lo que siembra y la recompensa del justo es la bendición) quedo transgredida por la revocación (que produce consecuencias injustas) y la muerte.

El autor de Eclesiastés descubrió —de forma certera— que el mundo ha sido gravemente dañado. Sin embargo, en términos psicológicos, esta adquisición intelectual poco grata derivó en desesperanza, de modo que, cuando se preguntó al principio de su discurso “¿qué provecho saca el hombre?” (1:3), concluyó erradamente que “nada es provechoso bajo el sol” (2:11), porque nada perdura y todo cambia de modos injustificables y desagradables. Tristemente, declaró: “por eso aborrecí la vida” (2:17).

Por desgracia, el autor no recordó en ese momento lo que Moisés había escrito en el Salmo 90:

¡Sácianos de tu misericordia al empezar el día, y todos nuestros días cantaremos y estaremos felices! ¡Danos la alegría que no tuvimos todo el tiempo que nos afligiste, todos los años en que experimentamos el mal! ¡Haz que tus obras se manifiesten en tus siervos, y que tu gloria repose sobre sus hijos! Señor y Dios nuestro, ¡muéstranos tu bondad y confirma la obra de nuestras manos! ¡Sí, confirma la obra de nuestras manos! (vv. 14-17)

Moisés enseñó que se puede hallar sentido en este mundo a pesar del pecado y la confusión. Sí, nos dijo que somos “como la hierba” (v. 5) y que Dios puso delante de él nuestras maldades y “al descubierto nuestros pecados” (v. 8). Aun así, Moisés nos dijo, a diferencia del autor de Eclesiastés, que oremos por la “ganancia”. De hecho, nos dijo con qué petición orar: “confirma la obra de nuestras manos”.

Mucho más adelante, Pablo dio el mismo mensaje, pero ahora, con un sentido muchísimo más profundo, a causa del adviento y la resurrección de Cristo Jesús:

Porque el pecado es el aguijón de la muerte, y la ley es la que da poder al pecado. ¡Pero gracias sean dadas a Dios, de que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! Así que, amados hermanos míos, manténganse firmes y constantes, y siempre creciendo en la obra del Señor, seguros de que el trabajo de ustedes en el Señor no carece de sentido. (1 Co. 15:56-58)

 

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