Conocer (o no conocer) a Dios

Jeremías 9:23-24 hace una sinopsis útil sobre qué significa conocer —o no conocer— a Dios y sobre cuáles son las consecuencias de ese conocimiento, expresadas en una conducta recta o injusta:

Así ha dicho el Señor: “No debe el sabio vanagloriarse por ser sabio, ni jactarse el valiente por ser valiente, ni presumir el rico por ser rico. Quien se quiera vanagloriar, que se vanaglorie de entenderme y conocerme. Porque yo soy el Señor, que hago misericordia, imparto justicia y hago valer el derecho en la tierra, porque estas cosas me complacen”. Palabra del Señor.

Consideremos la repetición de la palabra “vanagloriarse”, junto con sus sinónimos “jactarse” y “presumir” (aparecen cinco veces). Vanagloriarse en algo significa que nos enorgullecemos de eso, proyectamos en eso nuestra identidad, demostramos a través de eso nuestro éxito y hacemos de aquello la fuente de nuestro estatus y nuestra confianza. Sin embargo, este pasaje repudia los tres elementos que, típicamente, son señales de poder y fuente de arrogancia en este mundo: la sabiduría (el entendimiento y el conocimiento), la valentía (el poder judicial y la fuerza militar) y las riquezas (la influencia económica y el hedonismo). Cada uno de estos elementos, que constituyen la fuente del orgullo humano, hace hincapié como tal en el individuo y en su felicidad y seguridad frente al abandono de los demás.

El verdadero conocimiento de Dios conlleva un conocimiento de su carácter, de lo que él requiere y de cómo imitarlo con pensamientos, creencias y comportamientos justos.

Con mucha frecuencia, los grandes exponentes de la sabiduría, la valentía y las riquezas son quienes acumulan tesoros para sí mismos en la tierra en lugar de en el cielo (Mt. 6:19-20). Concentran su atención en las cosas de este mundo: “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida” (1 Jn. 2:16). Muchas veces, también manifiestan las mismas conductas que se describen en otro pasaje de Jeremías: “Y es que mi pueblo es necio, y no me conoce; son gente que no piensa ni entiende; son sabios para hacer el mal, pero no saben hacer el bien” (Jer. 4:22-23).

Por el contrario, según Jeremías 9:23-24, deberíamos enorgullecernos de las cosas que realmente importan: conocer a Dios e imitarlo en sus prioridades. Dios es aquel que dice: “Porque yo soy el Señor, que hago misericordia, imparto justicia y hago valer el derecho en la tierra”.

De acuerdo con el pacto de Moisés, la “misericordia” es la fidelidad a Dios y a su pueblo, y el impartir justicia y “hacer valer el derecho en la tierra”, hace referencia a la ética personal y social. Por ejemplo, el pueblo debía “hacer justicia” en concordancia con la ley, delante de Dios, y rehuir a la maldad. Salmos 106:3 declara: “¡Dichosos los que imparten justicia y siempre practican el derecho!”. Jeremías escribió: “Practiquen la justicia y el derecho. Libren de sus opresores a los oprimidos. No engañen ni roben al extranjero, ni al huérfano ni a la viuda. No derramen sangre inocente en este lugar” (Jer. 22:3).

Por lo tanto, como dice William J. Wessels, “si el pueblo conoce a Jehová, pondrá en práctica estas cosas, aquello en lo que Jehová se deleita”. El verdadero conocimiento de Dios conlleva un conocimiento de su carácter, de lo que él requiere y de cómo imitarlo con pensamientos, creencias y comportamientos justos. En eso consiste el conocimiento de Dios, el haber sido creados a imagen de Dios.

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