La fe según Daniel López Rosetti (Parte 2, por Fernando Saraví )

En la primera parte, analicé la afirmación de López Rosetti, según la cual la fe es el producto de un proceso evolutivo. Esta idea carece de evidencia científica; no pasa de ser una mera conjetura.

López Rosetti continuó explicando, al tiempo que exhibía una maqueta desarmable del cerebro humano:

Creer en Dios es absolutamente irracional. Es decir, desde la razón, desde el lóbulo frontal, como no hay prueba de existencia, es irracional que Dios exista. Es irracional que Dios exista. No hay razón para creer, como no hay razón para no creer; la falta de prueba de existencia no es prueba de inexistencia.

Si las afirmaciones anteriores eran infundadas, estas son directamente absurdas. La posición de López Rosetti parece corresponder a lo que suele llamarse fideísmo: la gente debe creer (o no creer) sin necesidad de ninguna razón. Pero, aunque no hiciera falta la razón para creer, esto no significa que no podamos dar razones acerca de lo que creemos.

Por lo demás, López Rosetti parece no tener en cuenta la vasta literatura – tanto de teístas como de ateos – destinada a tratar la racionalidad de creer en Dios o de no creer en él. Tal vez, al hablar de prueba, quiera referirse a alguna demostración irrefutable. Pero tal clase de evidencia solamente puede obtenerse en la lógica o en la matemática. En el resto de las ciencias, y en la vida cotidiana, la evidencia que cabe admitirse como adecuada es aquella que proporciona la mejor explicación de los datos observados, de los hechos de la realidad. Es lo que Charles S. Pierce llamó abducción (para distinguirla de la deducción y la inducción), forma de razonamiento actualmente más conocida como inferencia a la mejor explicación.

El hecho es que no es para nada irracional creer que Dios exista, pues la existencia de Dios proporciona la mejor explicación disponible de lo que conocemos de la realidad, tanto a partir de nuestra experiencia vital como de las ciencias. Por otra parte, si hubiera una demostración irrefutable de la existencia de Dios, la fe sería innecesaria; por eso, el Apóstol Pablo afirma que “andamos por fe, no por vista” (2 Corintios 5:7).  Y el autor de Hebreos declara que “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (11:1).

Por otra parte, y desde un punto de vista estrictamente científico, la afirmación de que la fe se origina solamente de las partes del cerebro que tienen que ver con las emociones y los sentimientos, excluyendo el lóbulo frontal, no tiene respaldo de la moderna neurociencia.

Es bien sabido que toda actividad cognitiva, en particular, si demanda un alto grado de abstracción, involucra múltiples regiones cerebrales, incluyendo, ciertamente, al lóbulo frontal. Andrew Newberg y Mark Robert Waldmann son, respectivamente, un agnóstico y un ateo que han escrito un libro de divulgación titulado How God Changes Your Brain (“Cómo Dios cambia tu cerebro”; New York, Ballantine Books, 2009).   En las páginas 42-43, resumen la participación de numerosas áreas de la corteza cerebral y también subcorticales, en la experiencia religiosa. Sobre el lóbulo frontal, dicen específicamente:

Crea e integra todas tus ideas acerca de Dios – positivas o negativas – incluyendo la lógica que usas para evaluar tus creencias religiosas y espirituales. Predice tu futuro en relación con Dios e intenta responder intelectualmente todas las preguntas sobre “por qué”, “qué” y “dónde” que surgen por temas religiosos.

De modo que los lóbulos frontales, lejos de ser excluidos en la experiencia de fe, por el contrario, tienen una participación sustancial.

Por otra parte, a pesar de los errores aquí señalados, es justo reconocer que López Rosetti parece estar en lo cierto en la siguiente afirmación: “Si me decís si la fe hace bien, yo te lo digo como médico (…): el que tiene fe tiene un medicamento más”.

En efecto, los estudios sobre la influencia del compromiso religioso y la espiritualidad sobre la salud y el bienestar indican que estas características se asocian, por una parte, con menor ansiedad, depresión, farmacodependencia y suicidio y, por otra, con mayor longevidad, mejor calidad de vida, más capacidad para enfrentar problemas de salud y mayor bienestar psicológico (P.S. Mueller et al., Mayo Clinic Proceedings 76: 1225-1235, 2001;  Alexander Moreira-Almeida, et al., Revista Brasileira de Psiquiatria 28: 242-250, 2006).

Dr. Fernando D. Saraví, Profesor Titular,
Instituto de Fisiología,
Facultad de Ciencias Médicas,
Universidad Nacional de Cuyo

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