De qué se trata la Biblia

Es muy útil pensar la Biblia como una gran historia sobre el gran amor de Dios por la creación y la humanidad. Este argumento central pasa de las buenas noticias a las malas, y de vuelta a las buenas, como explicaré a continuación.

(Por favor, mire los siguientes videos cortos: “La cosmovisión bíblica” y “La misión de Dios”.)

Las buenas noticias

La Biblia ilustra a Dios como el rey cósmico y a la creación como su dominio. Él creó un entorno físico donde los seres humanos y Dios pudieran habitar juntos, un lugar especial al que llamó Edén, el jardín de Dios. En efecto, este jardín era un santuario, ya que el propósito de la humanidad era desempeñarse como sacerdotes y la vida fue pensada desde un principio como algo sagrado. Dios diseñó a los seres humanos para que gozaran de la paz con Dios, con la naturaleza y unos con otros. Fueron creados para estar en compañía de Dios y disfrutar de toda su creación.

Una parte importante del plan de Dios para la humanidad era conformar una comunidad de amor, respeto, equidad, prosperidad, creatividad y justicia. El Edén fue originalmente un lugar donde el poder y el estatus servían al bien común bajo el reinado de Dios. Ese tipo de comunidad es lo que él quiere para la humanidad.

El propósito de Dios en el Edén era que todo individuo fuera importante, dado que el Creador diseñaría a cada persona para que desempeñara en un rol claro y específico en su dominio. De hecho, la Biblia enseña que los seres humanos fueron creados para gobernar en nombre de Dios siendo mayordomos sobre su territorio. El mandato de Dios para ellos fue que protegieran y cultivaran el jardín de Dios. Se suponía que mantuvieran el mal fuera de él y que extendieran las bendiciones del Edén al resto de la creación.

Esas son las buenas noticias (Gn. 1-2). Así es como empieza el relato de la Biblia. Sin embargo, la trama continúa pasando a una etapa muy triste y destructiva: las malas noticias.

Las malas noticias

Apareció en el Edén un contendiente al trono de Dios. Su nombre era Satanás, que significa “adversario” y “acusador” (Gn. 3). Desde la eternidad pasada, él deseó ser “como Dios” y quiso establecer un reino rival siendo él mismo su gobernante.

Se suponía que Adán y Eva cuidarían el Edén de esta influencia. Por el contrario, abrazaron sus planes y aspiraron a ser “como Dios” ellos mismos (Gn. 3:4-7). Ya no servirían a Dios como sus representantes sociales, sino que asumirían el papel de dioses ellos mismos. Ellos dirían qué es lo que está bien y lo que está mal. Ellos definirían qué significa ser humano. Determinarían qué tipo de religión es la mejor. Decidirían cómo debía organizarse la sociedad y cómo se impartiría la justicia. Pondrían sus propios planes pecaminosos, su propia gloria y poder, en el centro del propósito del mundo. Irónicamente, aunque declararon su independencia de Dios, se volvieron esclavos de Satanás, el antidios, el impostor y opositor del plan de Dios para la creación. Adán y Eva cometieron una traición cósmica.

El resultado de su rebelión fue que las relaciones humanas y la sociedad quedaron corrompidas. Cuando el pecado entró en la creación, las personas empezaron a mentir, asesinar, robar y manipular. Surgieron la pobreza, la injusticia, la idolatría y la desigualdad. En consecuencia, todos sufrimos. Todos hacemos el mal. Todos experimentamos el mal que otros nos hacen a nosotros, y lo peor de todo es que también todos morimos.

Nuestra relación armoniosa y productiva con el mundo natural también quedó truncada. La Biblia llama a esto la “maldición” (Gn. 3:13-24) y dice que “la tierra se cubrirá de luto” a causa del pecado (Jer. 4:28). Todo lo que hacemos está empapado de frustración (Ec. 1:2-11). Sufrimos pérdidas, derrotas y vergüenza. Todo se rompe y se degrada.

Así, la rebelión humana en el Edén creó las condiciones que ahora vivimos en el día a día. En lugar de escuchar la voz de Dios, solemos decir: “La verdad está en mi ideología, religión o mito”, o “La comunidad más importante para mí es mi tribu, raza, clan, equipo, grupo de afinidad, etnia, clase social o nación”, o “Los valores principales de mi vida son mis necesidades y la felicidad”. Estos sustitutos falsos son la más clara ilustración de nuestra naturaleza pecaminosa, tanto en lo individual como a nivel social.

Si fuéramos honestos, diríamos que cada uno de nosotros es parte de las malas noticias. Cada uno de nosotros contribuye al problema del mal en este mundo. Pecamos nosotros y los demás pecan contra nosotros. Todos somos rebeldes que se sublevaron contra Dios.

Es más, a menos que Dios limpie nuestro corazón de los sustitutos e ídolos pecaminosos, y a menos que obtengamos el perdón por nuestra corrupción, acabaremos recluidos en un lugar donde las malas noticias continúan para siempre: el infierno.

Buenas noticias otra vez

Afortunadamente, Dios no abandonó a su creación ni se rindió en la realización de su plan. Su historia tiene un final feliz y una resolución de todo lo que salió mal. Primero, Dios nos dio a su Hijo, Jesucristo, como sustituto para que él recibiera el juicio que nosotros merecíamos, en lo que llamamos “el gran intercambio”: “Porque a su debido tiempo, cuando aún éramos débiles, Cristo murió por los pecadores” (Ro. 5:6).

Segundo, la Biblia dice que un día Dios hará todas las cosas nuevas, en lo que llamamos “la gran revocación”. Un día, él revertirá todo el desorden y el pecado, la injusticia y la opresión, la contaminación y la decadencia, la corrupción y la impureza que hay sobre la tierra. Un día, él erradicará todo el mal de todo el cosmos. Experimentaremos armonía, paz y prosperidad universales y completas, y disfrutaremos de la presencia de Dios para siempre. Una vez más, los seres humanos servirán como sacerdotes en el templo cósmico de Dios.

La naturaleza dejará de ser nuestro enemigo. Brillará con el destello de bellezas por descubrir y disfrutar. Habrá planetas para explorar y recursos naturales para desarrollar. No habrá fin para la creatividad y la productividad, ni para la belleza y la excelencia. Una vez más, los seres humanos servirán como administradores y mayordomos sobre el dominio de Dios.

Dios restaurará a la comunidad humana. Él terminará con toda forma de abuso y pobreza, toda persecución y perversión, injusticia y guerras. Habrá respeto, cooperación, armonía, paz, seguridad y bondad para siempre. La nueva comunidad eterna de Dios será un mundo de amor, como lo fue en el principio, solo que más grande y mejor. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo juntos harán que “todo sea hecho nuevo” (Mt. 19:28). El último libro de la Biblia describe esta nueva forma de existencia de la siguiente manera:

Vi entonces un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, y el mar tampoco existía ya. Vi también que la ciudad santa, la nueva Jerusalén, descendía del cielo, de Dios, ataviada como una novia que se adorna para su esposo. Entonces oí que desde el trono salía una potente voz, la cual decía: “Aquí está el tabernáculo de Dios con los hombres. Él vivirá con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Dios enjugará las lágrimas de los ojos de ellos, y ya no habrá muerte, ni más llanto, ni lamento ni dolor; porque las primeras cosas habrán dejado de existir”. El que estaba sentado en el trono dijo: “Mira, yo hago nuevas todas las cosas”. Y me dijo: “Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas”. (Ap. 21:1-5)

La Biblia revela que la gran historia de Dios se extiende desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura. Este plan provee un entorno sagrado donde el Dios santo habitará con su pueblo santo para siempre. Ese es nuestro destino. En palabras del Catecismo Menor de Westminster, el destino del cristiano es glorioso: “El fin principal del hombre es el de glorificar a Dios, y gozar de él para siempre”.

Podemos ser parte de este futuro eterno si nos cambiamos de bando, si salimos del equipo perdedor, malvado y destructivo que le es fiel a Satanás. Tomar este camino exige arrepentirse de los pecados por medio de Cristo Jesús y servir solo a Dios.

¿Siente el peso del pecado y la culpa por servir a Satanás y jugar a ser dios? ¿Quiere ahora mismo experimentar el poder del cielo, la gran revocación? Dios puede darle un vuelco a todas las cosas en su vida, pero usted debe aceptar los términos de rendición que Dios ha establecido: volverse de sus pecados, servir a Dios y obedecer al Señor Jesucristo (1 Ts. 1:9-10).

Mientras tanto

¿Qué deberíamos hacer ahora en el “presente siglo malo” (Gá. 1:4), como lo llamó Pablo? ¿Qué espera Dios de nosotros mientras aguardamos “un cielo nuevo y una tierra nueva” (2 P. 3:13)?

Primero, debemos buscar la santidad personal y aprender a amar a los demás tanto en la iglesia como en el mundo (1 Jn. 4:11). Segundo, cuando sufrimos en esta vida —cualquiera sea la razón—, debemos cumplir el mandato: “encomienden su alma al fiel Creador, y hagan el bien” (1 P. 4:19). Tercero y último, como miembros de la comunidad cristiana, debemos ser modelos del reino venidero de amor en medio del “presente siglo malo”, siendo un pueblo “celoso de buenas obras”. Como lo declara Tito 2:11-14:

Porque la gracia de Dios se ha manifestado para la salvación de todos los hombres, y nos enseña que debemos renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y vivir en esta época de manera sobria, justa y piadosa, mientras aguardamos la bendita esperanza y la gloriosa manifestación de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.

De eso se trata la Biblia, ¡y mucho más!

Traducido por Micaela Ozores

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