“Un pueblo celoso de buenas obras”

¿Qué es la iglesia? ¿Qué rasgos o características deberían distinguir al pueblo de Dios? Uno de los pasajes que dan respuesta a esa pregunta es Tito 2:11-14, en particular, el versículo 14:

Porque la gracia de Dios se ha manifestado para la salvación de todos los hombres, y nos enseña que debemos renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y vivir en esta época de manera sobria, justa y piadosa, mientras aguardamos la bendita esperanza y la gloriosa manifestación de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.

Antes que nada, consideremos la palabra “celoso”. Según el significado que tiene en este contexto, algunos sinónimos comunes para este término son “entusiasta”, “apasionado” y “fervoroso”. Otras palabras que me vienen a la mente son “determinado”, “comprometido” y “concentrado”. En este pasaje, significa que los cristianos están ansiosos por bendecir a los demás mediante el evangelio.

El cristiano realiza buenas obras en respuesta a la obra de Cristo en la cruz, que lo liberó del pecado y de Satanás; actúa por el poder de la gracia, motivado por el amor a los demás y por la gloria de Dios. Jesús llamó estas obras “frutos de arrepentimiento”. Charles Wesley resumió con las siguientes palabras el mandato que él dio a los cristianos de que hicieran en bien:

Haz todo el bien que puedas, por todos los medios que puedas, de todas las maneras que puedas, en todos los lugares que puedas, todas las veces que puedas, a todas las personas que puedas, por tanto tiempo como puedas.

Sin embargo, el llamado a hacer el bien no es tan sólo una doctrina aislada que se expresa en Tito, sino, un mandato que hallamos a lo largo de toda la Biblia. Veamos, por ejemplo, tres citas del Nuevo Testamento:

Nosotros somos hechura suya; hemos sido creados en Cristo Jesús para realizar buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que vivamos de acuerdo con ellas. (Ef. 2:10)

Para que vivan como es digno del Señor, es decir, siempre haciendo todo lo que a él le agrada, produciendo los frutos de toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios. (Col. 1:10)

Tengámonos en cuenta unos a otros, a fin de estimularnos al amor y a las buenas obras. (He. 10:24)

Pasando al Antiguo Testamento, consideremos el testimonio de Job. Él hizo buenas obras a favor de los necesitados: “para los huérfanos fui un padre, y protegí a las viudas como a mi propia madre” (Job 31:18). No hizo abuso del poder que tenía sobre sus siervos (v. 13) ni sobre el “huérfano” (v. 21). Él dio testimonio de que realizaba sus actividades financieras con integridad y generosidad.

Nehemías viajó a Israel, organizó la obra de restauración y proveyó al pueblo un liderazgo. Intervino a favor del pobre y los que eran esclavos de sus deudas (Neh. 5:1-8). Donó alimento a sus trabajadores (Neh. 5:18 a) y no exigió su propio pago (v. 18 b). Restituyó la lectura de la ley (Neh. 8:1-2) y el servicio del templo (Neh. 12:44-45), así como la provisión económica para los sacerdotes (Neh. 13:10-13).

Volviendo al Nuevo Testamento, pensemos en el buen samaritano y la iglesia primitiva. Cuando Jesús explicó qué significaba el mandato de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lc. 10:27), dijo que el corazón del samaritano estaba lleno de bondad, ya que “se compadeció” de la víctima (v. 33). Le dio un tratamiento de emergencia, “le curó las heridas con aceite y vino, y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura y lo llevó a una posada, y cuidó de él” (v. 34), y pagó por su tiempo de recuperación en la posada (vv. 35-36).

Los judíos le contaron a Jesús sobre un centurión temeroso de Dios diciendo: “ama a nuestra nación y nos ha construido una sinagoga” (Lc. 7:5). Lucas dio testimonio de que Tabita “siempre hacía muchas buenas obras y ayudaba mucho a la gente pobre” (Hch. 9:36). La iglesia primitiva cuidaba a las viudas (Hch. 6:1-3), mostraba hospitalidad (1 P. 4:9) y visitaba a los presos (He. 13:3). Las mujeres piadosas eran conocidas por haber “lavado los pies de los santos, socorrido a los afligidos, y practicado toda buena obra” (1 Ti. 5:10). La iglesia de Filipos envió ayuda económica una y otra vez a Pablo, en especial, cuando estuvo en prisión (Fil. 4:14-18).

También encontramos muchos hermosos ejemplos de buenas obras en la historia de la iglesia. La Epístola a Diogneto (del año 130 d. de C.) declaró acerca de la iglesia primitiva: “comparten todas las cosas con los demás”, “tienen una mesa común para todos” y “hacen el bien”.

William Wilberforce, el político y líder moral inglés, trabajó toda su vida para abolir la esclavitud. Sin embargo, también participó de forma activa en muchas causas valiosas, como el cuidado de los sordos, los pobres, los huérfanos y los ancianos.

La familia Guinness, los famosos emprendedores cerveceros irlandeses, hicieron obras de bien formidables a favor de sus empleados, la comunidad y la iglesia evangélica. La siguiente es una cita de un libro de Steven Mansfield, The Search For God and Guinness: A Biography Of  The Beer That Changed The World [Guinness y la búsqueda de Dios: una biografía de la cerveza que cambió el mundo]. En ella, el autor describe los innovadores beneficios que la compañía otorgó a sus empleados:

Los trabajadores de Guinness en la cervecería de Dublín gozaban de la atención de dos médicos completamente calificados que trabajaban en una clínica in situ, donde cualquier empleado o su esposa e hijos podían recibir tratamiento. Estos privilegios se extendían también a las viudas y los jubilados. Los médicos estaban disponibles día y noche, atendían a domicilio y consultaban con especialistas en favor de sus pacientes, de ser necesario. Los empleados también contaban con dos dentistas, dos boticarios, dos enfermeras, una “dama de visita”, que se aseguraba de que los trabajadores vivieran en condiciones saludables en sus hogares, y una masajista. Las camas de hospital se encontraban instaladas tanto en la planta de Guinness como en un “sanatorio” rural, pensado para los pacientes que se estaban recuperando de la tuberculosis.

Del mismo modo, William Morris, un inmigrante inglés en Argentina, hizo muchas obras de bien en el Buenos Aires de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Elaboró programas de asistencia a las comunidades más pobres y a los desahuciados de La Boca y Palermo. Proveyó “pan para el cuerpo y para el alma” a miles de niños, en muchas ocasiones, de su propio bolsillo. Llevó la Palabra a los presos, distribuyó Biblias e inauguró el Hogar el Alba, destinado a niños abandonados, que sigue funcionando hoy en día.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los protestantes hugonotes franceses de un pueblo llamado Le Chambon-sur-Lignon desafiaron a los nazis y dieron resguardo a casi cinco mil judíos. Cuando les preguntaron por qué lo hicieron a costa de poner en riesgo sus propias vidas, su respuesta fue: “Es simple. Ama a Dios y a tu prójimo: eso es lo que los cristianos hacen”. Quienes estudiaron este caso lo denominaron una “conspiración de bondad”. (Ver el vídeo de corta duración: “Life in Le Chambon” en ingles.)

Algunos de nosotros tenemos sueños, de parte de Dios, de hacer el bien y realizar buenas obras como estas. Ellos querían servir a los demás para la gloria de Dios, el bienestar de la iglesia y el beneficio de la humanidad. Fueron “celosos de buenas obras”.

Si usted comparte estas motivaciones, reciba la exhortación de 2 Tesalonicenses 1:11-12:

Por eso siempre oramos por ustedes, para que nuestro Dios los considere dignos de su llamamiento, y cumpla con su poder todo propósito de bondad y toda obra de fe, para que, por la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo, el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en ustedes, y ustedes en él.

Traducido por Micaela Ozores

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