Querida iglesia: escucha la Palabra del Señor (Sobre el maltrato de mujeres, por Diane Langberg, PhD)

Diane Langberg

La iglesia está sufriendo mucho, en sus propias manos.

El autoflagelo, sea por parte de individuos o instituciones, indefectiblemente, conlleva un pensamiento erróneo que nace del autoengaño. Muchos de nosotros lamentamos los daños que sufre la iglesia cuando calla a sus víctimas, protege a los agresores, abusa del poder y propaga la “verdad” a los que gozan de menos poder. El cuerpo de nuestro Señor está enfermo. A continuación, quiero dejar algunas   reflexiones para la iglesia.

Para empezar, es importante recordar que todo poder es derivado. El poder que es inherente a la propia posición, a un don, al conocimiento, a las capacidades verbales o a la autoridad espiritual tiene una fuente: todo poder viene de Cristo. Él dijo: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra”. El poder no es nuestro; es suyo y debemos usarlo de acuerdo con su Palabra y su carácter. Aquel que tuvo todo el poder, jamás lo usó para aprovecharse de una persona vulnerable, ni para mejorar su estatus, ni para protegerse a sí mismo. Todo poder que tengamos es suyo y debemos usarlo para bendecir a los demás con su gracia y verdad.

En segundo lugar, Dios es siempre y para siempre, sin cambio ni sombra de variación, tanto la luz como la verdad. Él es la verdad. Él es la luz. La luz expone la verdad. Expone la belleza y el horror. Lo limpio y lo sucio. Y a lo que expone, la verdad siempre lo llama por su nombre. “Sepulcros blanqueados […] llenos de huesos de muertos y de podredumbre” es un ejemplo de exposición y verdad. Encubrir o siquiera maquillar, negar o renombrar algo que la luz expone es una actitud impía. La Luz no se echa atrás. La Vedad no se diluye. Sólo la luz y la verdad juntas pueden exponer el cáncer, llamarlo por su nombre y permitir la sanidad.

En tercer lugar, la luz y la verdad requieren transparencia, lo cual simplemente significa dejar que pase la luz para que lo que está oculto pueda verse con claridad. La transparencia es lo opuesto a la complicidad, que es cubrirse. Esto significa que cuando llamamos al pecado por su nombre, necesitamos luz. No nos gusta la luz. A Adán y Eva tampoco les gustó, y su respuesta inmediata fue esconderse. Preferimos escondernos y controlar los daños. Dios nos llama a la verdad y la luz de la transparencia, que protege tanto a las presuntas víctimas como a los presuntos agresores del horrible peso de la mentira. Un proceso transparente protege la verdad para todos. Cuando quienes ostentan el poder intentan encubrir la verdad para proteger una institución, ya no están logrando controlar los daños. Están causando más daño —a las preciadas ovejas de Dios y al nombre de nuestro Dios— alegando que lo hacen por proteger la casa del Señor. Eso es lo que los israelitas dijeron en Jeremías —“el Templo del Señor”— mientras echaban a sus hijos, es decir, a los más vulnerables, al fuego de Moloc. La respuesta de Dios fue destruir el sistema del templo, que él había ordenado y diseñado, y esparcir a su pueblo por toda la tierra.

En cuarto lugar, las palabras son muy importantes. Llamar mentirosas a las presuntas víctimas es un intento de determinar los resultados sin tener conocimiento. Debemos llamar las cosas por su verdadero nombre. Siendo el pueblo del Libro, reconocemos que el corazón humano es profundamente engañoso y que, incluso nuestro propio corazón, nos es incomprensible. Eso significa que no confiamos en nuestras propias motivaciones ni en nuestro corazón. Significa que no damos por sabido de forma automática que nuestros líderes, sin importar lo preciados que nos sean, están diciendo la verdad; y sin duda, no damos por sentado que los más vulnerables son mentirosos.

En quinto lugar, necesitamos decir, ¿qué hay de la gracia y la misericordia de Dios? Son realmente vastas y estoy profundamente agradecida por poder afirmarme sobre ellas yo misma. Sin embargo, la gracia y la misericordia, jamás, bajo ninguna circunstancia, toleran el pecado, ya que es la enfermedad terminal que está masacrando a la humanidad, al pueblo que Dios unió, al que ama y por el cual murió. Él no cederá ni un centímetro si esa enfermedad tiene asidero en algún ser humano. El cáncer se multiplica, se esparce y mata. Una célula ya es demasiado. Las disculpas entre lágrimas no son suficientes: hace falta una cirugía drástica. No estamos amando a los agresores cuando no entendemos esta verdad. El pecado, al igual que el cáncer, empieza siendo pequeño, se esparce, y tratarlo puede derrumbar una vida. El amor y la misericordia de Dios, al igual que ese tratamiento, derrumban a la persona.

En sexto lugar, el pueblo de Dios es llamado a la humildad. Los líderes de la iglesia deben reconocer el potencial para el prejuicio que es inherente a su posición. Una comprensión fundamental de nuestra propia capacidad de autoengañarnos exige valernos del escrutinio independiente de quienes no son parte de la institución. Eso también significa que debemos ver que todo poder es derivado y que cualquier autoridad que, de alguna forma, usemos para alimentar nuestro propio ego no es piadosa, no importa cuáles sean los números de asistencia, ni cuánto el dinero que ingrese, ni cuántos libros hayamos publicado, ni los dones, ni la brillantez, ni ninguna otra cosa. La humildad se inclina, se iguala al otro, deja a un lado la gloria, lava los pies y siempre escucha la voz del Padre sin importar cuál sea el costo.

Por último, queridos vulnerables, los que fueron usados, silenciados y desechados: sepan que Jesús, muchas veces, no es como su iglesia. Él nos ama y nos llama a la verdad y la luz, a la transparencia y a llamar las cosas por su nombre. Él mismo es quien se inclina para cuidar de ustedes cuando su iglesia no lo hace. Él llora, no sólo por ustedes y su sufrimiento a manos de quienes hablan en su nombre, sino también por su iglesia, mientras le dice como le dijo a Jerusalén: “si por lo menos hoy pudieras saber lo que te puede traer paz” y “han hecho de [mi casa] una cueva de ladrones”.

Diana Langberg

16 de abril de 2018

Traducido por Micaela Ozores

 

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