¿Sobrevivirá la iglesia al siglo XXI?

Quiero plantear una pregunta: ¿estamos preparados como iglesia para el ministerio en el siglo XXI? Al hacer esta pregunta y hablar sobre este tema, espero que podamos ser más conscientes de la cultura en la que vivimos. Quiero incentivar a una breve introspección y quizás, incluso, una pequeña autocrítica. Quiero generar algo de pasión y apertura al cambio, de ser necesario.

Para responder a mi pregunta, primero debemos lidiar con algunas malas noticias: se trata de la opinión negativa sobre la iglesia, en Argentina y en el mundo.

Empecemos por observar que muchos pensadores influyentes creen que la humanidad está en el umbral de un futuro extraordinario y glorioso. ¿Por qué? Porque pronto tendremos un conocimiento científico tal que podremos redefinir la naturaleza humana a través de la genética y la tecnología. En efecto, tendremos la capacidad de crear seres humanos menos pecadores, más inteligentes y maravillosamente creativos. Podremos diseñar el tipo de niños que queremos. Tendremos el poder para ampliar el tiempo de vida del ser humano. Podremos tomar las riendas de nuestra evolución y acelerar nuestro desarrollo social.

En efecto, lo que estos pensadores dicen es: “Cambiaremos lo que significa ser humano y crearemos el paraíso sobre la tierra. La utopía será posible por medio del avance de la ciencia y la tecnología. Además, junto con la democracia y aplicando políticas económicas sabias, extenderemos los beneficios de la prosperidad y la tecnología a todas las personas. Usaremos las ideas de las distintas religiones, filosofías y cosmovisiones para crear un mundo mejor y más tolerante”.

Sin embargo, cabe agregar algo importante: este “mundo feliz”, como lo llamaría el filósofo Aldous Huxley, esta utopía futura, no nos incluye ni a usted ni a mí. No tiene lugar para el cristianismo ortodoxo. No habrá tolerancia a la cosmovisión bíblica, ni a Jesús como Señor, ni a la iglesia como pueblo de Dios.

Entonces, ¿cómo ven la iglesia estos profetas de la gloria de la humanidad? ¿Qué opinión les merecen el cristianismo y los cristianos? ¿Hay algo de verdad en su evaluación?

Primero, ellos afirman que somos retrógrados y reaccionarios. Dicen que estamos tratando de preservar una era antigua dominada por valores conservadores y la obsoleta cosmovisión bíblica, que ya casi nadie acepta. Afirman que tenemos una mente cerrada y que somos intolerantes hacia los demás.

¿Esto es cierto? Bueno, desafortunadamente, al menos en parte, lo es. Muchas veces parece que los cristianos conservadores, en general, están más ávidos de preservar su estilo de vida tradicional que de entablar un diálogo con el mundo cambiante y desafiante que los rodea. Muchas veces, los cristianos están más cómodos en sus guetos espirituales, sus “barrios residenciales” para Jesús, que buscando a los perdidos y sirviéndolos.

Segundo, ellos dicen que somos anti-intelectuales y que nuestro pensamiento es superficial. ¿Eso es cierto? Muchas veces, lo es. Nuestra ignorancia acerca de la Biblia y la teología es flagrante. Nuestra falta de curiosidad intelectual es trágica. Nuestras disciplinas de estudio son débiles. Nos acobardamos ante las batallas de ideas.

Consideremos también que estas preguntas reflejan la falta de influencia que tenemos sobre la sociedad: ¿Hasta qué punto la cosmovisión bíblica influye sobre el debate público y las políticas en Argentina? ¿Cuántos líderes culturales son creyentes sinceros y elocuentes? ¿Hay líderes en la cultura, los negocios, la política, la tecnología, la educación o el gobierno cuyo estilo de vida en público refleje su compromiso privado con la fe? ¿Cuántos profesores cristianos hay en las universidades?

Tercero, ellos afirman que los cristianos y sus iglesias son demasiado introvertidos y están muy absortos en sí mismos. Dicho de otro modo: ¿El cristianismo aquí significa algo más que una experiencia subjetiva e íntima de domingo? ¿Nuestro estilo de vida difiere entre el domingo y el resto de la semana? ¿Nos preocupan los problemas que compartimos como miembros de la raza humana, como nación, ciudad o barrio?

De nuevo, ¿es justificable la crítica? Al menos, en parte, sí. Por ejemplo, escuchen con atención las letras de las canciones que cantamos en la mayoría de nuestras iglesias. Muchas se concentran en el individuo y no en la iglesia ni en la doctrina. Muchas no son más que una expresión de nuestros sentimientos subjetivos, en lugar de ser expresiones de las verdades eternas acerca de Dios y nuestro peregrinaje sobre la tierra. Muchas son canciones de victoria, mientras que muchos de nosotros sufrimos el pecado y la aflicción.

Un escritor dice que la raíz de este individualismo y esta superficialidad se halla en la influencia del consumismo sobre la iglesia. Él describe este dilema del siguiente modo:

Más bien, el problema radica en dónde cree nuestra cultura que se hallan la riqueza, la felicidad y el sentido: es decir, en la esfera de los sentimientos y valores personales, más que en la misión compartida en la que participa el pueblo de Dios. Cuando los cristianos aceptan la definición consumista de la cultura al pie de la letra, mirarán a la iglesia buscando, primeramente, que ella les provea los medios para mejorar su vida personal, elevar su autoestima y darles un sentido de propósito. La adoración se convierte en una forma de terapia donde el único objetivo es mejorar el estado emocional del individuo y recargarlo de energías para la semana que tiene por delante. Está diseñada, principalmente, para hacer que esos individuos se sientan cómodos y para justificar el estilo de vida que ellos hallen más satisfactorio.

Por eso, personalmente, me pregunto si esta iglesia asustada, mundana y pasiva podrá siquiera sobrevivir al siglo XXI.

Por otro lado, deberíamos preguntarnos, con esperanza y visión bíblica: ¿Qué tipo de iglesia no sólo sobreviviría, sino que también prosperaría en el siglo XXI?

Traducido por Micaela Ozores

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