El lado oscuro de la Navidad (Parte 1)

Primera parte: Palestina bajo el gobierno romano

En esta época del año celebramos el nacimiento de Cristo. Muchas veces, las imágenes publicitarias del advenimiento de Jesús son bastante agradables y pintorescas. Sin embargo, la realidad histórica fue muy distinta.

Jesús nació en un entorno social y religioso caracterizado por la brutalidad, la injusticia y el caos. Saber más sobre el contexto de la Natividad nos ayuda a entender el sufrimiento de Cristo por nosotros y el significado de la encarnación. Por eso, en este artículo me propongo sintetizar el gobierno del Imperio romano sobre Palestina (primera parte) durante el tiempo de la vida de Jesús y la iglesia primitiva (en la segunda parte trataremos con el impacto económico del gobierno romano).

En el año 165 a. C., los judíos ortodoxos derrotaron al tirano Antíoco IV Epífanes cuando intentó profanar el templo. Parecía que Dios había intervenido en su favor. No obstante, alrededor de un siglo más tarde (63 a. C.) Pompeyo, el general romano, entró en el lugar santísimo y salió ileso. Desde ese momento, hubo judíos que consideraron que los romanos eran el mayor de sus nuevos enemigos: el poder del mal, los idólatras y el espíritu de Babilonia renovado.

Por un tiempo, el imperio supervisó Palestina a la distancia, desde la provincia de Siria. En un principio, gobernó estos territorios por medio de las dinastías asmonea y herodiana. Sin embargo, Herodes el Grande y sus sucesores nunca fueron los verdaderos reyes a los ojos de la mayoría de los judíos. Aun así, Herodes hizo todo lo posible para legitimarse ante ellos: se casó con Mariamna, nieta de una antigua familia de reyes judíos, y empezó a reconstruir el templo, algo que se suponía que haría el verdadero rey al que Israel aguardaba.

De hecho, Herodes el Grande (37-4 a. C.) se convirtió en el rey súbdito preferido del emperador Augusto. Las familias de los sumos sacerdotes, que habían sido reubicadas desde Roma para respaldar a Herodes, también se beneficiaron mucho del clientelismo romano. Josefo, el historiador judío, describe la relación de Herodes con su pueblo:

Herodes amaba las distinciones y, poderosamente dominado por esta pasión, mostraba su generosidad siempre que había esperanzas de recibir una conmemoración futura o ganarse una mayor reputación en el presente. Sin embargo, dado que sus gastos eran más que sus recursos, se vio obligado a mostrarse severo con sus súbditos. Así, la mayor parte de los regalos en los que invirtió para algunos lo convirtieron en la causa del perjuicio de otros, de quienes obtenía este dinero.

Por eso, la revolución siguió en el aire en los primeros años del primer siglo y, después de una revuelta liderada por Judas el Galileo en el año 6 d. C., Roma decidió que sería más sabio y seguro convertir Judea en una provincia romana con un gobierno local. Desde entonces hubo una sucesión de procuradores que residieron en la provincia. Pilato (26-32 d. C.), por ejemplo, fue el tercero.

Desde entonces hubo protestas aisladas, que los romanos acallaron con el uso esporádico de la violencia. La segunda gran conquista romana, por ejemplo, fue una respuesta a las insurrecciones populares generalizadas que lideró Judas el Galileo en todos los sectores más importantes de Palestina después de la muerte de Herodes en el año 4 d. C., poco tiempo después del nacimiento de Jesús. Además, en esa época, hubo 6000 fariseos que se rehusaron a prestar un juramento de lealtad al César. Sin duda, ese número creció en los treinta o más años previos al ministerio de Jesús.

Por otro lado, hubo numerosos movimientos campesinos encabezados por diversos “mesías” que declaraban su propia independencia local. Los romanos llevaron destrucción y esclavitud a las regiones que guardaban alguna relación con Jesús y sus seguidores. En los alrededores de Nazaret, los romanos “tomaron e incendiaron la ciudad de Séforis y sometieron a sus habitantes a la esclavitud. […] Todo el distrito se convirtió en una escena de sangre y fuego. […] [Los romanos] reunieron a los rebeldes de los campos de esa zona y crucificaron a alrededor de 2000 personas”.

A continuación, vemos una crónica del sanguinario incidente que tuvo lugar cerca del año 52 d. C.

La multitud se había reunido en Jerusalén, como acostumbraba hacerlo para la fiesta de los panes sin levadura, y el séquito romano había tomado su puesto en el techo del pórtico del templo. […] Inmediatamente después, uno de los soldados, levantando sus vestiduras, se inclinó con un gesto indecente, volvió su parte trasera hacia los judíos y emitió un ruido acorde a su postura. La multitud entera, encolerizada ante semejante insulto, apeló a Cumano con fuertes gritos exigiendo que castigara al soldado; algunos jóvenes impetuosos y otras personas sediciosas de entre la multitud empezaron una pelea, tomaron piedras y las arrojaron a las tropas. […] Las tropas entraron en masas por los pórticos. Los judíos, embargados por un pánico irresistible, corrieron del templo y se escaparon por la ciudad […], más de treinta mil perecieron […].

Por un tiempo antes de la derrota final del pueblo judío, las autoridades romanas habían objetado que los judíos estaban canalizando el tributo desde sus provincias para sacarlo de allí e introducirlo en el templo en vez de entregárselo a Roma. Tito, el conquistador romano, se dirigió a la elite judía, que antes se había beneficiado del clientelismo romano y que ahora se había rendido a él. Para los romanos, estaban siendo desagradecidos por la “generosidad” de Roma:

No, ciertamente se vieron incitados en contra nuestra a causa de la humanidad romana. Para empezar, les hemos permitido ocupar esta tierra y tener reyes de su propio linaje; luego mantuvimos las leyes de sus antepasados y les hemos permitido vivir como quisieran, no solo entre ustedes sino también en su trato con personas ajenas a su comunidad; por sobre todo, les permitimos recolectar tributos para Dios y recoger ofrendas sin amonestarlos ni entorpecer a quienes las presentaran, ¡solo para que se enriquecieran a expensas nuestras y usaran ese dinero para preparar un ataque contra nosotros! Después, regocijándose en sus privilegios, volvieron su superabundancia en contra de sus benefactores y, como reptiles indomables, escupieron su veneno sobre quienes los acariciaban.

Los romanos estaban nerviosos de continuo. Las brasas de la revolución se avivaron durante la vida de Jesús y después de su muerte. Todos esperaban que Dios reivindicara su nombre y destruyera a los colonizadores paganos. Esta esperanza desencadenó la gran rebelión del año 66 d. C., pero las distintas facciones, cada una confiada de que ellos eran los verdaderos guerreros escogidos de Dios, pelearon entre sí tanto como lucharon contra los romanos. El templo fue incendiado y los romanos tomaron la ciudad en el año 70 d. C. El siguiente objetivo fue la fortaleza de Masada, asediada en el 74 d. C. Los paganos triunfaron. Al parecer, el Dios del pacto no hizo nada al respecto.

Traducido por Micaela Ozores

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