“No sé cómo amarlo”

Allá por el año 1970, cuando me gradué de la escuela secundaria (hace ya mucho tiempo) y cuando la mayoría de ustedes todavía no había nacido, se estrenó el famoso musical de ópera rock Jesucristo Superestrella, una obra de Andrew Lloyd Weber y Tim Rice. Confieso que realmente me gustaba la música (y me sigue gustando) aunque la teología que refleja no sea buena. El musical tuvo una adaptación cinematográfica en el año 2000.

Una de las canciones más conmovedoras es “No sé cómo amarlo”, cantada por el personaje de María Magdalena, quien habiendo sido prostituta y ahora “convertida”, estaba completamente perpleja y se preguntaba cómo amar y servir a Jesús. Escuchen la canción en su versión del 2000, con subtítulos en español:

En el musical, el personaje estaba confundido respecto de cómo relacionarse con Jesús, al igual que muchos hoy en día. Sin embargo, Jesús nos dio instrucciones claras que seguir:

Uno de los escribas, que había estado presente en la discusión y que vio lo bien que Jesús les había respondido, le preguntó: “De todos los mandamientos, ¿cuál es el más importante?”. Jesús le respondió: “El más importante es: ‘Oye, Israel: el Señor, nuestro Dios, el Señor es uno.’ Y ‘amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas.’ […]” (Marcos 12:28-31).

Definamos los términos. La palabra “corazón” se refiere al centro de nuestra personalidad, nuestras motivaciones más profundas, nuestras verdaderas aspiraciones y lo que estamos dispuestos a hacer. El “alma” es nuestro ser quitando el cuerpo: es quien realmente somos, creados por Dios; sobrevive a la muerte e incluye el corazón y la mente. El término “mente” destaca nuestra capacidad cognitiva y nuestra actividad intelectual: por ejemplo, el aprendizaje, el pensamiento analítico, la curiosidad y la imaginación. Las “fuerzas” significan “poder”, “recursos” o “dinero”. Observen también la repetición de la palabra “todo” o “toda”, que indica que cada aspecto de nuestro ser debe estar completamente involucrado en nuestro amor a Dios. Se supone que amemos a Dios con todos nuestros recursos de todo tipo: físicos y económicos, dones e intelecto.

Pensemos en cómo se manifiesta el amor a Dios en la vida real. El corazón se menciona primero porque es la fuente motivacional del amor a Dios. Luego, ese amor se expresa por medio de nuestro estilo de vida. La devoción a Dios empieza en las motivaciones y se expresa en los pensamientos, las palabras y los hechos. Amar a Dios exige una lealtad incondicional en todo aspecto de la existencia en conformidad con su ley. Amar a Dios es pensar, desear y comportarse según los términos de Dios y para su gloria.

Para terminar, consideremos un aspecto de este amor a Jesús: el intelectual. Amar a Dios con la mente implica al menos lo siguiente:

La espiritualidad cristiana tiene múltiples dimensiones e incluye la esfera intelectual. En cierto sentido, un cristiano estúpido o un creyente antintelectual es una contradicción de términos.

Si tenemos dones intelectuales especiales o un llamado a la vida de la mente, podemos y debemos honrar a Dios usando nuestro intelecto.

El cristianismo celebra la vida de la mente. Jesús fue el hombre más brillante de la historia. Pablo fue un genio. Pensadores como San Agustín, Anselmo, Erasmo, Lutero, Comenius, Calvino, Wesley, Edwards, Wilberforce, Kuyper y C. S. Lewis tuvieron un impacto enorme en la iglesia y el mundo, sin mencionar a científicos y artistas cristianos de todo tipo.

Dios usará la capacidad intelectual y el conocimiento que tenemos sin importar cuál sea su medida. Él no nos pide que nos volvamos gigantes intelectuales, aunque sí da a algunos ese llamado. Solo nos pide que desarrollemos nuestro propio potencial como individuos… y lo usemos. El único verdadero requisito que necesitamos cumplir es la obediencia y la disciplina para estudiar.

Gracias a las Escrituras, sí sabemos cómo amar a Jesús:

con todo nuestro corazón,
con toda nuestra alma,
con toda nuestra mente,
y con todas nuestras fuerzas.

 

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