“El que gana almas es sabio” (Primera parte)

La Biblia dice que necesitamos sabiduría para ganar almas para Cristo (Proverbios 11:30b).

¿Por qué? Porque el pecado es complejo y Satanás es fuerte. El corazón del pecador es un laberinto de autoengaño, rebelión, orgullo, ignorancia, hostilidad, dolor, idolatría y confusión. Pablo escribió: “el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Corintios 4:4). Él también declaró: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14).

¿Por qué necesitamos sabiduría? La sabiduría es la capacidad de discernir qué es lo que realmente importa, ver la realidad desde el punto de vista bíblico y saber cómo responder o proceder en conformidad con ese entendimiento. Con la guía del Espíritu Santo, el sabio discierne y halla un sendero que le permite sortear los obstáculos y la necedad del corazón del incrédulo a fin de predicarle el Evangelio.

Nuestro ejemplo supremo, desde luego, es Jesús. Él fue “amigo” de pecadores (Lucas 7:34) y supo cómo entablar un diálogo de forma creativa y convincente con todo el que se cruzara en su camino. Fue un modelo de sabiduría por las formas en que amó y desafió a los pecadores. Él encarnó el carácter que se necesita para comunicar la verdad con claridad y efectividad. También fue sumamente culto y entendido y comprendió a fondo la cultura e historia de la región.

En los últimos años, se han publicado numerosas autobiografías de personas convertidas a la fe cristiana. Sus historias ilustran la necesidad de sabiduría, carácter y conocimiento para el evangelismo, así como la necesidad de aplicar la apologética. Voy a darles el ejemplo de la historia de Rosaria Butterfield, autora de The Secret Thoughts of an Unlikely Convert: an English Professor’s Journey into Christian Faith [Los pensamientos secretos de una improbable convertida: el viaje de una profesora de estudios culturales hacia la fe cristiana].

Butterfield solía ser una ávida feminista, lesbiana y profesora universitaria, profundamente comprometida con la cosmovisión materialista y posmoderna. Había acogido un estereotipo muy negativo de los cristianos evangélicos, hasta que se encontró con el pastor Ken Smith, un “amigo” de pecadores.

Ella escribió un artículo para un periódico local sobre política de género cristiana y el pastor Smith le respondió con una carta “amable e inquisidora”. En contra de sus expectativas, Butterfield descubrió que Ken no era ignorante ni anti intelectual. De hecho, “la capacidad intelectual de él [y su esposa] bajo ningún concepto era limitada”. Más bien, hacían buenas preguntas y tenían respuestas inteligentes, una sabiduría profunda y humildad. Eran buenos observadores de la cultura y la política y disfrutaban de la buena poesía, hasta el punto de que Ken había propuesto a sus alumnos un seminario sobre “por qué la Biblia es un libro fundacional para los estudiantes de literatura inglesa”.

La carta de Ken le planteó preguntas que la obligaron a “enfrentar el problema presuposicional de [su] investigación”. En su libro, ella escribe:

Nunca antes había sopesado cuestiones presuposicionales de una naturaleza sobrenatural o espiritual y, aun así, ahí estaba, embarcándome en un proyecto que me obligaba a hacerle frente a una brecha entre cosmovisiones distintas. Con su carta, el pastor Ken descalabró la integridad de mi investigación, […] nunca nadie me había planteado esas preguntas ni me había llevado a formularlas respecto de mí misma. […] Eso es exactamente lo que hizo Ken con su carta: me invitó a pensar de formas en las que no había pensado antes.

Los Smith entablaron con ella un diálogo nutrido de sabiduría y discernimiento. Estuvieron dispuestos a “emprender el largo camino de la compasión cristiana” para llegar hasta ella. En su primer encuentro, no discutieron con ella, tan sólo, le sugirieron que “examinara y defendiera las presuposiciones en las que estaba basada” su cosmovisión. Le hicieron muchísimas preguntas y la escucharon atentamente. No “compartieron el evangelio” con ella ni la “invitaron a la iglesia”. No la presionaron ni interfirieron en su vida. Tan sólo, “estuvieron ahí” para ella. Fueron amigos.

Butterfield describió a Ken como una persona “agradable” y “sensible”. Tanto él como su esposa se comunicaron con respeto y reconociendo que ella “también tenía valores y opiniones”. Se maravilló al verlos orar antes de la comida y destacó que “nunca antes había escuchado a alguien orar a Dios como si a Dios le importara, como si Dios escuchara y como si Dios respondiera”. Con el paso del tiempo, Ken y su esposa deconstruyeron el estereotipo que ella tenía de los evangélicos, porque eran “vulnerables” y, al mismo tiempo, “alegres y divertidos”. Eran “buenos para escuchar”, eran “intérpretes equilibrados”, “no eran egoístas” y estaban dispuestos a “escuchar y dialogar”. Ken “me aceptó como lesbiana pero me explicó que no aprobaba que fuera lesbiana”. Ambos practicaron la hospitalidad. Invitaban “al desconocido a su casa”, “dieron comida y hogar a incontables personas de todo tipo de trasfondos” y “la puerta de su casa y la de su corazón siempre estaban abiertas”.

En consecuencia, creció la confianza mutua y Butterfield pudo abrirse con ellos. “Les permití saber quién era yo y qué cosas valoraba. Los invité a mi casa y a mi mundo. Les presenté a mis amigos, los invité a las cenas y fiestas que hacía en mi casa y dejé que vieran cómo me desenvolvía en la vida real.” Ken solía “aparecerse en mi casa para saludarme o llevarme un libro o pan casero”.

Cuando Butterfield estaba a poco de convertirse al cristianismo, habló con el pastor Smith sobre su crisis espiritual. Así es como ella describe la conversación:

“Ken, mi vida entera está dándose vuelta. ¿Qué debería hacer?” […] Ken me escuchó. No me dijo qué hacer. Por el contrario, me hizo una pregunta: “¿Repudiaste tu trasfondo católico? […] No, no me refiero a la iglesia, me refiero a Dios, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. ¿Realmente rechazaste al Dios que describe el Credo de los Apóstoles?” […] Me dijo que fuera a mi casa y pensara en mi bautismo.

Con perspicacia, ella comenta:

Ken pudo haber terminado la conversación rápido citando un versículo bíblico. La mayoría de los pastores evangélicos hubieran actuado como un tiburón cuando huele sangre fresca. […] Pero Ken, hace poco, me confesó que el Espíritu Santo no le dio la libertad para hacer eso. Sintió que yo necesitaba examinar mi corazón […], que necesitaba ahondar más en mi trasfondo religioso. […] Él respondió mi pregunta haciéndome examinarme a mí misma delante de Dios. El domingo siguiente, empecé a ir a su iglesia.

Creo que el testimonio de Butterfield y el enfoque de Smith nos dejan algunas preguntas para pensar:

¿Nosotros tenemos la sabiduría, el carácter y el conocimiento necesarios para ser evangelistas efectivos?

¿Proyectamos o deconstruimos los estereotipos populares sobre los evangélicos?

¿Tenemos una capacidad “limitada” de pensar en términos intelectuales o animamos a las personas a pensar de formas nuevas?

¿Estamos dispuestos a “emprender el largo camino” de la hospitalidad hacia los incrédulos o preferimos simplemente valernos de estrategias como las “cuatro leyes espirituales”?

Nota: Pueden leer en este enlace el relato de la conversión de una alumna de Praga por medio de mi ministerio con Global Scholars en 1998.

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