“No necesitamos teología”… ¿seguro?

LogoHace poco me contaron sobre una conversación que tuvieron un padre y su hijo acerca de la teología. El hijo es estudiante universitario y lucha con las cosmovisiones no cristianas que se enseñan en la universidad. Le dijo a su padre que estudia teología para obtener respuestas y que la búsqueda intelectual de Dios es una parte importante del conocimiento de Él. En respuesta, el padre citó 1 Corintios 8:1, donde Pablo escribe que “el conocimiento envanece, pero el amor edifica”. En efecto, su consejo fue: “Hijo, no necesitamos teología”.

Este tipo de prejuicio en contra de la teología y del antintelectualismo suele ser la actitud predominante entre los protestantes conservadores, en especial en los círculos fundamentalistas, carismáticos y pentecostales. El razonamiento subyacente parece ser algo así:

Pensar demasiado es peligroso.

Pensar demasiado en las cosas de Dios es especialmente peligroso.

Estudiar teología implica pensar demasiado en las cosas de Dios.

Por lo tanto, la teología es peligrosa y debería evitarse.

Yo mismo me he congregado por muchos años en una iglesia carismática que abrazaba este prejuicio. Allí la verdadera espiritualidad se expresaba en el ámbito de los sentimientos, la subjetividad y la experiencia. Los pastores que contaban con menos formación teológica eran tenidos en alta estima y aquellos que asistían al seminario eran objeto de dudas y sospechas. Nunca logré adaptarme a este entorno, porque siempre fui curioso, siempre leí mucho, ¡incluso estudié religión en una universidad secular! Las personas sospechaban que tuviera ideas dañinas.

Al parecer, el antintelectualismo también está presente en las iglesias de Argentina. Muchos parecen sentirse cautivados por la idea secular de que la espiritualidad es personal, subjetiva y experiencial. Norberto Saracco hace una observación relevante al respecto: “Los pentecostales creen que una de las claves de su éxito ha sido tener una educación teológica mínima”.* En otro texto dice que, en términos generales, el 40 % de los pastores no tiene formación teológica y solo un 20 % se graduó del seminario.

Sin embargo, es interesante en primer lugar observar el contexto del pasaje citado por el padre del estudiante, 1 Corintios 8:1. Pablo establece un contraste entre su teología y la de los “falsos apóstoles” (2 Corintios 11:13, 15), quienes, dicho sea de paso, eran hipercarismáticos que proclamaban un “evangelio diferente” (2 Corintios 11:4) basado en visiones y revelaciones especiales. En 1 Corintios 8:1, Pablo explica la razón por la que ellos se enorgullecen: “todos tenemos conocimiento”. Luego declara que este tipo de conocimiento (las visiones y revelaciones personales) “envanece”. El pasaje dice así (traducido de la versión English Standard Version):  

En cuanto a la comida sacrificada a los ídolos, sabemos que “todos nosotros tenemos conocimiento”. Este “conocimiento” envanece, pero el amor edifica. Si alguno cree que sabe algo, todavía no lo ha comprendido totalmente.

En segundo lugar, también es importante definir qué es la teología. La teología es simplemente el estudio de la 09mrpuzzled-colorrevelación de Dios. La palabra se deriva de los términos griegos theos (“Dios”) y logos (de donde se deriva en el sufijo –ología; significa “palabra”). La teología es, entonces, “la palabra de Dios”, “el estudio de Dios” o incluso “la sana doctrina”. Desde este punto de vista comprendemos mejor el mandato de Pablo a los líderes en Tito 1:9: “[Debe estar] apegado a la palabra fiel, tal y como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen”.

En tercer lugar, es extremadamente ingenuo minimizar el lugar que ocupa la teología en la vida cristiana. El hecho histórico es que nuestra fe está cimentada sobre los gigantes de la teología, que fueron quienes formularon nuestras preciosas confesiones de fe, como el Credo de los apóstoles, el Credo de Nicea y la Confesión de fe de Westminster. Siempre que hablamos, por ejemplo, de la Trinidad, la expiación, la soberanía de Dios o Jesucristo, estamos hablando de teología. No podemos evitarlo. Recuerden, también, que los grandes líderes de la iglesia en el pasado solían ser personas brillantes y con una buena educación, tales como San Agustín, Anselmo de Canterbury, Calvino, Abraham Kuyper y C. S. Lewis. Muchos líderes cristianos fundaron universidades, dirigieron naciones y sirvieron como respetables voceros cristianos.

Por último, tenerle un miedo excesivo a la teología o evitarla es una actitud ingenua porque no admite que las ideas tienen consecuencias. Una de las expresiones más claras de esta realidad es la declaración que hizo en 1921 J. Gresham Machen, el fundador del seminario teológico Westminster Theological Seminary:

Las ideas falsas son el mayor de los obstáculos para la recepción del evangelio. Podemos predicar con todo el fervor de un reformador y aun así ganar para Cristo solo a algún que otro rezagado, si permitimos que todo el pensamiento colectivo de una nación o del mundo quede subordinado a ideas que, por pura e irresistible lógica, impiden que el cristianismo sea considerado algo más que una ilusión falsa e inofensiva. En tales circunstancias, lo que Dios desea que hagamos es cortar el obstáculo por la raíz. […] Lo que hoy en día es una cuestión de especulación académica, ya empieza a mover las tropas del mañana y a derribar imperios. En esa segunda etapa, habrá avanzado demasiado para que podamos combatirlo; el momento de detenerlo es cuando todavía es un tema de acalorado debate. Por eso, como cristianos, debemos intentar moldear el pensamiento del mundo de tal manera que aceptar el cristianismo se vea como algo más que un simple absurdo lógico.**  

Entonces ¿necesitamos teología? ¡Sí!

Las ideas teológicas, ¿tienen consecuencias? ¡Sí!

Los cristianos, ¿necesitan entender lo que creen? ¡Sí!

*Page 68, “The Type of Ministry Adopted by the Pentecostal Churches in Latin America”, in International Review Of Mission (#66), January, 1977, pages 64 – 70.

**“Christianity and Culture” in Education, Christianity, and the State, ed. John W. Robbins, (Jefferson, Maryland:  Trinity Foundation, 1987) 51-52.

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