Una mente que está alerta (primera parte)

Esta es la tercera entrega de una serie de cinco blogs sobre la mentalidad que Dios desea hallar en su pueblo.

 Una mente que está alerta y en atenta vigilancia comparte con Dios la pasión por obedecer a sus instrucciones y objetivos. Mantiene un oído agudo e implementa los mandatos con voluntad resuelta. La vigilancia epistémica requiere una mentalidad ferviente, atenta y exhaustiva en cuanto a uno mismo, la familia, la comunidad y las personas que están al margen del pacto. Supone tener conciencia del contexto situacional. La mente vigilante discierne los peligros en el propio pensamiento, deseo y comportamiento, así como las amenazas externas dentro de la comunidad y en otras naciones.

Todo pensador que esté alerta cumple los mandamientos de Dios con suma exhaustividad. Se ocupa de su alma con diligencia para no olvidar todo lo que Dios hizo por Israel (Dt. 4:9). Obedece de forma estricta lo que el Señor ha comunicado (Dt. 15:5); cumple cuidadosamente su ley (Dt. 6:17) y la enseña a sus hijos con constancia y diligencia (Dt. 6:7). Sirve al Señor e impulsa el avance de su causa con total devoción, con todo el corazón y toda el alma (Dt. 4:29; 6:5; 10:12; 11:13; 13:3; 26:16; 30:6, 10). Este estado de vigilancia también es aplicable a tareas netamente intelectuales como la investigación (“investigar esto y averiguarlo con diligencia”) en torno a la transgresión del pacto y la apostasía (Dt. 13:14; 17:4; 19:18). Asimismo, implica valerse de intencionalidad para hacer memoria de que fue “siervo en tierra de Egipto” (Dt. 5:15), de lo que el Señor hizo con el faraón (Dt. 7:18), de todo el camino del desierto por donde el Señor los llevó (Dt. 8:2), de que Dios les “da el poder de ganar esas riquezas” (Dt. 8:18) y de cuando provocaron la ira del Señor (Dt. 9:7).

Por otro lado, la palabra “todo” (así como sus variaciones léxicas, como “con todo”, “en todo”, “a todo” y “para que todos”), que se encuentra con frecuencia en estos pasajes, muchas veces indica cuál debe ser el alcance de la vigilancia. En términos temporales, dar oído a la voz del Señor y observar todas sus leyes es un mandato que se mantiene vigente “todos los días de tu vida” (Dt. 4:9; 12:1; 16:3; 17:19). Las acciones implicadas son “todo lo que debían hacer” (Dt. 1:18): enseñar a sus hijos y nietos (Dt. 4:9-10), seguir por el camino que el Señor les había ordenado seguir (Dt. 5:33), pagar los diezmos y ofrendas (Dt. 12:11), asistir a las fiestas (Dt. 12:18; 16:3, 16; 17:10) y tenerlo en cuenta en “todo lo que hayas hecho con tus manos” (Dt. 12:18). En términos conceptuales, esto incluye atender a todos los mandamientos del Señor (Dt. 5:29), “todos los estatutos y decretos” (Dt. 11:32), “todas las palabras de esta ley escritas en este libro” (Dt. 28:58), y hacer “lo recto y lo bueno a los ojos del Señor” (Dt. 6:18; 12:25). Lo significativo de esta vigilancia es que es aplicable a todos los mandamientos de Dios, a lo ancho y a lo amplio: a “todos los mandamientos” (Dt. 5:31; 8:1; 11:8; 31:5) y a “todo el camino” (Dt. 8:2).

Del mismo modo, vocablos como “tener cuidado”, ser “cuidadoso” y “cuidadosamente” (shamar) en numerosas ocasiones expresan la mentalidad de una persona que está concentrada y atenta: una mente que tiene cuidado de aprender los estatutos de Dios y se asegura de ponerlos por obra (Dt. 5:1) para no olvidar el pacto (Dt. 4:23) y para no tropezar con la idolatría (Dt. 12:30). El mismo verbo shamar, acompañado de expresiones sobre el “corazón”, urge a las personas a realizar una cuidadosa observación introspectiva para que las palabras de Dios “no se aparten” de su corazón (Dt. 4:9), para “que su corazón no se envanezca” (Dt. 11:16), para “no abrigar en [su] corazón pensamientos perversos” (Dt. 15:9) y para que nada les impida entregarse de corazón a cumplir los mandatos del Señor (Dt. 32:46). Entre estos mandatos, uno de crucial importancia es la obligación de tener cuidado de guardar la revelación y nunca añadir (en lo que sería sincretismo) ni quitar (cayendo en el reduccionismo) nada a lo dicho en la palabra de Dios (Dt. 12:32).

Para terminar, consideremos el consejo que Moisés imparte al pueblo en Deuteronomio 4:9 (LBLA):

Por tanto, cuídate y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, y no se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; sino que las hagas saber a tus hijos y a tus nietos.

El objeto de este diligente cuidado es el “alma”, es decir, nosotros mismos. El término “alma”, en el sentido hebreo, se refiere a un apetito o un deseo encarnado. En términos generales, el alma incluye la imaginación, la curiosidad, la motivación y las inclinaciones. Por su parte, la palabra “diligencia” significa guardar mucho algo, o con excesivo celo, y se refiere a nuestros recursos (dinero, talentos y capital social). El verbo “olvidar” acompaña la expresión “no se aparten de tu corazón” (o mente).

En el largo plazo, el remedio para la mente distorsionada y olvidadiza es inculcar la cosmovisión bíblica a cada generación.

Ahora bien, detengámonos por un momento y contrastemos la descripción del evangelicalismo moderno con la mentalidad vigilante que hemos caracterizado. En su libro The Last Christian On Earth [El último cristiano sobre la faz de la tierra], Os Guinness escribió lo siguiente:

Cuando una religión consumista convierte sus congregaciones en una clientela, su idealización de las celebridades produce una serie de fatídicos giros en su enfoque: se pasa de atender a la identidad privada a priorizar la imagen pública (lo cual resta valor a la vida interna y al carácter); se pasa de ver santos a seguir estrellas (se devalúan los modelos de crecimiento espiritual); los seguidores se convierten en fans (se menosprecian los patrones del discipulado); de tener dones se pasa a ser glamoroso (y pierden preponderancia el liderazgo y la autoridad espiritual); se pasa de buscar la sabiduría, el entendimiento y la experiencia a procurar adhesiones, promociones, miradas personales y slogans (y así se menosprecia la fe).[1]

¿Qué clase de mentalidad tenemos? ¿Una perspectiva vigilante o una orientación consumista?

[1] Os Guinness, The Last Christian On Earth, p. 137.

Traducido por Micaela Ozores

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