Una mente que ama

Esta es la última entrega de una serie de cinco blogs sobre la mentalidad que Dios desea hallar en su pueblo

El núcleo confesional de Deuteronomio se halla en el Shemá, en Deuteronomio 6:4-5: “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor es uno. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas”. Es imposible sobreestimar la trascendencia teológica de este pasaje, pero también es crucial considerar la relevancia que tiene en términos intelectuales. El Shemá ilustra con suma claridad a qué nos referimos cuando recordamos el anhelo de Dios y la mentalidad que él desea hallar en sus siervos: “Cómo quisiera yo que tuvieran tal corazón” (Dt. 5:29). Nos muestra la centralidad que tiene la mente en la espiritualidad bíblica y revela cómo influye el pensamiento propiamente enmarcado en el pacto sobre cada esfera de la vida.

En el versículo 5, se especifica qué era lo que Dios esperaba en respuesta a la declaración del versículo 4: amor. Por un lado, considerando la liberación de Israel en el éxodo de Egipto, entendemos que ese “amor” expresaba una exigencia de lealtad y obediencia a los trascendentes mandatos del Señor. La fidelidad a Jehová implicaba que Israel no desviara su mirada hacia otros dioses y sus dominios nacionales. En consecuencia, amar al Señor era una valoración racional que implicaba elegir la fidelidad por sobre la apostasía, la vida por sobre la muerte y la bendición por sobre la calamidad (Dt. 28:1-2, 15; 30:19).

Por otro lado, el amor también conllevaba un aspecto emocional. En primer lugar, era una respuesta que nacía de la gratitud por la abundante gracia que Dios depositó sobre Israel al declarar a este pueblo su “tesoro especial” entre las demás naciones. Daniel I. Block escribe en este sentido:

Jehová, su señor y protector divino, quien por gracia los había rescatado de la esclavitud de Egipto, quien por gracia había llamado a Israel a hacer un pacto con él, y quien por gracia los llamaba a ser representantes de Dios en el mundo, se reservó el derecho exclusivo de definir cuál sería la respuesta apropiada a la gracia que él les había prodigado. La única respuesta correcta y razonable sería la aceptación total de la voluntad de su Benefactor divino.

En segundo lugar, el amor era una respuesta de algún modo equivalente a lo que estaban recibiendo de Dios, es decir, era una forma de imitación divina. El Señor había expuesto claramente sus afectos hacia Israel al darles un llamado, liberarlos de Egipto y entregarles el sustento necesario e, incluso, su propia ley (Dt. 4:37; 7:13; 10:15; 23:5). Además, él había planificado cuidadosamente su bienestar de modo tal que prosperaran en la tierra de Canaán. Dios, como Señor de Israel, demostró la intencionalidad de su benevolencia hacia el pueblo. Los salvó del cautiverio y, a diferencia de otras naciones y deidades, que se atacaban entre sí para obtener botines y gloria, Dios no subyugó a Israel con la fuerza bruta. La responsabilidad de Israel era imitar la intencionalidad de Jehová siendo mayordomos y portadores de su imagen, buscando la gloria de Dios en la tierra y aquello que beneficiara a sus compatriotas, para dar testimonio de las bondades divinas a las naciones circundantes (Dt. 4:6).

La palabra “corazón” denota más que emociones y muchas veces se refiere en realidad a la mente. De hecho, el corazón es, por así decirlo, algo así como el timón intelectual del alma. Michael Carasik lo ilustra como el “órgano del conocimiento y el entendimiento”. Comprende la capacidad mental de recibir, llevar cuentas y evaluar la información que llega al ser humano. Cuando funciona correctamente, el corazón adquiere un entendimiento crucial. En términos intelectuales, sabe hechos sobre Dios y el mundo, entiende el cómo (aprende en términos relacionales), conoce el porqué (los propósitos y las obligaciones), sabe del quién (es decir, tiene un conocimiento derivado de Dios y orientado hacia él) y conoce el dónde (por medio del conocimiento que Dios le dio a través de la creación y el pacto). Por lo tanto, retomando lo que nos dice el Shemá (y Deuteronomio 4-6 en general), “tal corazón” discierne una realidad esencial: hay un solo Dios —Jehová Elōhîm— y el pensamiento debe estar condicionado por el amor en el marco del pacto con él.

En el Antiguo Testamento, el término “alma” tiene una serie de acepciones según el contexto. El alma es el hogar de la imaginación y la curiosidad. Sin embargo, en muchos contextos, como el del Shemá, también incluye el deseo (físico, psicológico y espiritual). Así, entendemos que el alma está relacionada con los anhelos, las motivaciones y las pasiones. En términos psicológicos, nuestras motivaciones más profundas (que solemos desconocer o suelen estarnos ocultas), nuestras aspiraciones y lo que estamos dispuestos a hacer (para bien y para mal) nace del “alma”. Por esa razón, Paul Overland agrega que “amar a Dios ‘con toda tu alma’ significa llevar la propia devoción hacia Dios más allá de todos los anhelos de índole mental o física”.

Por su parte, las “fuerzas” en este contexto tienen una connotación económica: se refieren a la abundancia, la riqueza o los recursos, es decir, están vinculadas a la mayordomía. Los israelitas tenían el deber de usar todo lo que Dios les había entregado —bienes materiales, destrezas económicas, fuerzas físicas, capital social, dones personales y capacidades intelectuales— únicamente para honrar a Dios y para contribuir al bienestar humano. Por lo tanto, amar a Dios “con todas tus fuerzas” significaba que el pueblo no podía guardarse nada de lo recibido para fines egoístas o seculares, ni podía volver a dedicar nada de eso en alianzas religiosas ilícitas.

Este desdoblamiento del todo del ser humano en tres esferas indica que todos los aspectos de la vida debían estar completamente involucrados en el amor a Dios y el cumplimiento fiel de las condiciones del pacto. La mente, los deseos y las capacidades —en ese orden— debían estar dedicados al Señor. Amar a Dios conforme a lo que enseña el Shemá redundaba en una vida dedicada a la imitación divina: una vida que reflexiona sobre los pensamientos, las motivaciones y la beneficencia de Dios según los parámetros de la creación y el pacto. De un modo similar, amar al prójimo exigía tener una mentalidad orientada hacia Dios y tener también deseos y conductas semejantes.

Los estudiosos de la Biblia han advertido un patrón fenomenológico en los versículos 4 y 5. El proceso de la obediencia a Dios implicaba la escucha, el aprendizaje y la aplicación. Cuando la mentalidad estaba basada en la revelación, generaba motivaciones piadosas y fomentaba el ejercicio de una mayordomía tal que demostraba el amor en las acciones. Dicho en otras palabras, el Shemá muestra la centralidad de la mente y por qué el pensamiento guiado por los preceptos del pacto influía en todas las áreas de la vida. Podemos ilustrar este principio con el siguiente diagrama:

En síntesis, los siervos del reino de Jehová aprenden acerca de su Señor y de lo que él espera de ellos en términos intelectuales y existenciales. Descubren cómo sacar provecho de su mente en los distintos roles que ocupan —gobernadores, arquitectos, economistas y filósofos— como aprendices en este mundo. Aprenden cuáles son las implicancias intelectuales de andar en sus caminos, guardar sus estatutos y atender a su voz. Así, nutren una mentalidad que sirve al único Señor con cada motivación y recurso que les ha sido concedido.

Traducido por Micaela Ozores

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