Perspectivas de la Pandemia: ¿ El coronavirus es tu ídolo? (Por David Lambert)

(David es un empleado del gobierno retirado y vive en los Estados Unidos.)

¿Has entrado en pánico en estos días? El coronavirus sigue en todos los canales y medios de noticias, en la televisión y en la radio. Muchos negocios han cerrado sus puertas y algunos no volverán a abrirlas. Hay muchas iglesias que no se están reuniendo y eligen mejor ministrar a la congregación por medios virtuales. Muchas de las que sí se están reuniendo en persona, ya no lo hacen en los templos, sino en los autos, en los estacionamientos.

Es sabio ser conscientes de los peligros y es sabio tomar precauciones para cuidarnos a nosotros mismos y a los demás por amor al otro, pensando en su seguridad. Sin embargo, los seguidores de Jesús deben tener cuidado de no dejarse consumir por el exceso en los recaudos. ¿Podemos encontrar en la Biblia una palabra que nos ayude a abordar esta situación? ¡Sí! Consideremos uno de mis pasajes favoritos de todo el Antiguo Testamento. Algunos babilonios estaban aprovechando una situación específica como oportunidad para acusar a los judíos delante del rey Nabucodonosor (Daniel 3:8-18). Se presentaron ante él y le dijeron:

¡Que tenga Su Majestad una larga vida! Su Majestad ha decretado que, al oír el sonido de bocinas, flautas, tamboriles, arpas, salterios y zampoñas, y de cualquier otro instrumento musical, todos deben arrodillarse ante la estatua de oro y adorarla, y que quien no se arrodille y la adore sea arrojado a un ardiente horno de fuego. Pues resulta que Sadrac, Mesac y Abednego, esos judíos a los que Su Majestad puso a cargo de los negocios de la provincia de Babilonia, no respetan a Su Majestad, ya que no adoran a sus dioses ni a la estatua de oro que Su Majestad mandó erigir.

El rey Nabucodonosor se enfureció. Mandó a llamar a los tres jóvenes y les dijo:

Sadrac, Mesac y Abednego, ¿es verdad que ustedes no honran a mi dios, ni adoran la estatua de oro que mandé erigir? Díganme entonces si, al oír el sonido de bocinas, flautas, tamboriles, arpas, salterios y zampoñas, y otros instrumentos musicales, están dispuestos a arrodillarse ante la estatua que he mandado hacer, y adorarla. Porque si no la adoran, en ese mismo instante serán arrojados a un ardiente horno de fuego, y entonces ¿qué dios podrá librarlos de mis manos?

Los tres hombres respondieron:

No tenemos por qué responder a Su Majestad acerca de esto. Su Majestad va a ver que nuestro Dios, a quien servimos, puede librarnos de ese ardiente horno de fuego, y también puede librarnos del poder de Su Majestad. Pero aun si no lo hiciera, sepa Su Majestad que no serviremos a sus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que ha mandado erigir.

El rey Nabucodonosor era un rey malvado y violento. Había mandado a levantar una estatua de oro de sí mismo y dictó una ley que decía que, cuando sonara la música, todo el pueblo debía arrodillarse a adorar la estatua. Estos tres judíos —Sadrac, Mesac y Abednego— habían sido secuestrados y tomadosprisioneros durante un ataque militar. Arrodillarse ante esta estatua les era aberrante y se rehusaron a hacerlo. En este pasaje, el rey les estaba dando una oportunidad más de respetar la ley. Era una alternativa práctica a morir en un horno de fuego ardiente, ¿no te parece? No lo era para ellos. A pesar de que el rey dijo que ningún dios podría salvarlos de la muerte, ellos persistieron en su negativa. Su respuesta fue: “No tenemos por qué responder a Su Majestad acerca de esto. Su Majestad va a ver que nuestro Dios, a quien servimos, puede librarnos de ese ardiente horno de fuego, y también puede librarnos del poder de Su Majestad. Pero aun si no lo hiciera, sepa Su Majestad que no serviremos a sus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que ha mandado erigir”. Si bien esta versión dice “No tenemos por qué responder”, otras versiones que dicen “Su Majestad, eso no es algo que nos preocupe” o “No tenemos por qué discutir este asunto”. Lo que quisieron decir es: “Su amenaza no significa nada para nosotros”.

¡Me gusta! Ellos sabían que Dios podía librarlos, pero estaban dispuestos a aceptar que tal vez, por razones que solo él conoce, Dios podría elegir no salvarlos. Cualquiera fuera el caso, ellos no estaban dispuestos a deshonrarlo.

En el clima actual en el que vivimos, Dios podría elegir salvarnos o podría elegir no hacerlo, pero, de cualquier modo, no debemos permitir que el virus se convierta en nuestro ídolo. Seguiremos sirviendo al Señor. Seguiremos sirviendo a los demás. Seguiremos leyendo y buscando entender su Palabra. Adoraremos en las casas, en línea, por nuestros teléfonos; cantaremos alabanzas a Jesús y hablaremos a los demás acerca de él.

Nosotros, los seguidores de Jesús, debemos ser sabios en la manera en que lidiamos con los peligros del coronavirus, pero jamás debemos arrodillarnos ante el virus. Hay un solo Rey del universo, ¡y su nombre es Jesús!

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