Eclesiastés o viviendo sobre el borde irregular (por Guillermo Gitz)

Guillermo Gitz

Salomón escribe sus memorias en el final de sus días. Eclesiastés es un repaso auto-referencial en el momento de su adultez. Es sabido que, hoy en día, está muy discutida su autoría entre los eruditos bíblicos. Pero haya sido él o no, lo cierto es que es un retrato fiel de una persona que de una juventud apasionada y sensual como la de Cantares, prosigue con una madurez sabia y reflexiva como la de Proverbios, bien pudo finalizar en una vejez melancólica y pesimista, inclusive cínica, en Eclesiastés.

El nombre del discurso es Eclesiastés; deriva del latín ecclesia: iglesia o asamblea, por lo que eclesiastés denominaría al predicador, el maestro o el que preside la asamblea. Desde el comienzo, este estudio humanístico emite un concepto sombrío en las archi famosas palabras: “vanidad de vanidades, todo es vanidad” (RV1960). En otras versiones se expresa como: “lo más absurdo de lo absurdo” (NVI), “nada tiene sentido en absoluto” (NTV), “todo es pura ilusión” (BLP).

Quien se considera el rey de Jerusalén advierte que todo es un gran sinsentido interminable. La vida misma lo es. Este escepticismo y sus derivados nocivos permean sobradamente el libro. Aunque, en medio de tanta negatividad, tiene segmentos ejemplares y exquisitos como la crónica poética de los distintos momentos vitales de la experiencia humana, donde el tiempo es trascendental. El capítulo 3 se yergue como un referente de la vida misma, esa que todos vivenciamos a diario. Líricamente, simbolizó un compendio de conductas para sintetizar toda nuestra dinámica experiencial típicamente humana.

Los ciclos del tiempo manifiestan su indetenible circularidad; son fases periódicas que comienzan, finalizan y vuelven a empezar. En esa repetición cíclica, se exteriorizan diversas conductas sociales. El predicador cataloga variadas actitudes humanas y las contrasta con sus antítesis. De tales antagonismos, se infiere que unos son inevitables como nacer y morir. Pero entre esos dos momentos extremos, las personas pueden y deben privilegiar qué hábitos desarrollarán durante su diario vivir. La buena acción o la mala; la actitud agradable o la reprobable.

Sinsentido, absurdidad, banalidad. Son algunos sinónimos de “vanidad de vanidades”, que es la versión que expresa tradicionalmente la Reina-Valera. Que la vida sea insustancial indica que no vale la pena vivirla porque no tiene sustancia, no tiene esencia ni alma. Así de pesimista comienza el maestro a escribir su diario de vida.  Él probó todo, no le quedó nada por experimentar. Teniendo ingentes posibilidades económicas, totalizó todos los lujos, probó todos los placeres comestibles, bebibles, sensoriales y sensuales. Conoció y aprendió toda la erudición de su época acrecentando su gran conocimiento en ciencias y fue admirado en el extranjero.

Aun luego de experimentar todo lo que se le presentó como agradable a sus percepciones, así y todo, se manifiesta descreído y derrotista. Porque finalmente no encuentra nada nuevo debajo del sol. Esa línea de pensamiento se podría asemejar con la de Enrique Santos Discépolo que, en el tango “Cambalache”, expresa que “todo es igual, nada es mejor”.

El autor se vuelve desesperanzado cuando resume el final de su transitar lujurioso por la vida. Solo decide reconocer la necesidad de localizar a Dios con su último aliento en el momento de su vejez. Previo a esos últimos días, solo le importa vivir el presente frenéticamente sin reflexionar en las consecuencias autodestructivas que le deparará el futuro.

“Es obvio que está escrito ‘debajo del sol`; es un punto de vista horizontal, humano. Repetidamente hace comentarios ‘debajo del cielo`. Ya que, pocas veces, el monarca mira ‘por encima del sol` en busca de circunstancias que lo animen. La vida le parece monótona, desalentadora y falta de sentido. A pesar de la magnitud de todo lo que hizo por encontrar felicidad, nada le produce satisfacción porque dejó a Dios fuera de sus planes”1.

“Conclusión del discurso: todo está dicho. Respeta a Dios y guarda sus mandamientos, pues en eso consiste ser persona. Porque Dios juzgará toda acción, incluso las ocultas, sean buenas o malas”.

“Nada nuevo bajo el sol” y “cualquier tiempo pasado ha sido mejor”, han sido refranes tomados de este libro y utilizados en muchos idiomas. Pero el cantautor argentino Luis Alberto Spinetta, en una de sus canciones2, rebate aquella sentencia bíblica diciendo: “Aunque me fuercen yo nunca voy a decir / que todo el tiempo por pasado fue mejor, / mañana es mejor”. Esto es distintivo de la ideología humanista que afirma que, en algún momento, las cosas regenerarán porque la sociedad evolucionará en sentido positivo y, por lo tanto, viviremos mucho mejor.

“Eclesiastés nos muestra la caída de una vida sin Dios en el centro de la misma. Se puede probar el poder, dinero, placeres, perversiones, personas. Pero todo es un vacío en el vacío. Dios, en su misericordia, aparece algunas veces en el relato; hay que escudriñar mucho para encontrarlo. Pero allí demuestra cómo es la vida con Dios en el centro. Por otro lado, la mejor vida sin Dios es una vida sin sentido. En cambio, una vida común y corriente con Dios en el centro es una vida enormemente significativa. Da sentido a la comida, la bebida, el trabajo y la familia. Transforma lo terrenal, la rutina de todos los días. Lo transforma en algo muy relevante. No más vanidad de vanidades, sino significado y apreciación”3.

El pensamiento existencialista y vivencial se aprecia en el pasaje de 9:7-9. Gozar la vida y disfrutar el momento a pleno. Porque, dado que somos seres finitos, no sabemos cuándo terminará nuestra vida. En el versículo 10, precisamente, se menciona la muerte como el destino final: “Todo lo que hagas, hazlo bien, porque cuando vayas a la tumba no habrá trabajo ni proyectos ni conocimiento ni sabiduría” (NTV). Nuestra existencia concluye y cómo hayamos vivido ya no importa. Si lo hicimos bien o lo hicimos mal, es pasado, no hay tiempo para reparar nada. La muerte ha llegado, es el fin.

Con respecto a la sabiduría, el autor se muestra ambivalente. En algunos pasajes, la desestima porque ésta le provocó más frustraciones que felicidad: “Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor”; 1:18 – (NBLH). Sin embargo, en otros, aprecia y admira el conocimiento que otorga la erudición: “Y yo vi que la sabiduría sobrepasa a la insensatez, como la luz a las tinieblas”; 2:13 – (NBLH).

Con la lectura del pasaje de 2Crónicas 1:1-7, surge la inmediata reflexión, dado que eligió pedir sabiduría y Dios se la otorgó porque le agradó su opción desinteresada e inteligente. Entonces, por qué la utilizó tan mal. Su saber de poco le valió para no ceder y caer en la lujuria y el desenfreno moral, en la ostentación de riquezas sin distribuir, en la colección de mujeres, en una vida plena de excesos. Es evidente que aun el más sabio puede hundirse en la tentación e impulsividad más degradada y deshonrosa.

Eclesiastés es tan universal y contemporáneo porque el ser humano no ha cambiado nada desde la génesis del mundo. Sigue siendo el mismo que vive, piensa y reacciona de manera similar. Continúa exhibiéndose como un humanista, hedonista, egotista y plutócrata. No emprende ninguna búsqueda espiritual, sino que acomete un sondeo egocéntrico y sensual en la eventualidad de deleitarse viviendo desaprensivamente.

El predicador ha experimentado todo y reflexionado acerca de su vida entera y siente la obligación moral de testimoniarlo por escrito, para que quien lea este ensayo existencialista, reflexione y medite sobre su propia manera de vivir. Él desea que los seres humanos sepan por anticipado a qué fin conduce el hecho de vivir “debajo del sol”. Su análisis conclusivo ha sido negativo y, por lo tanto, es conveniente que nuestra perspectiva sea hacia arriba, por sobre la chatura mundanal. Para que optemos, entonces, por una meditación más profunda y una reflexión menos frívola de cada una de las circunstancias que transitamos. Así lo advierte: “Pero además de esto, hijo mío, estate prevenido”; 12:12 a – (NBLH).

La consideración última es una de las escasas veces que el escritor observa “por encima del sol” y esto es evidente en esta expresión: “Conclusión del discurso: todo está dicho. Respeta a Dios y guarda sus mandamientos, pues en eso consiste ser persona. Porque Dios juzgará toda acción, incluso las ocultas, sean buenas o malas”.12:13-14 (BLP).

Referencias:

1- “Diario de un Viajero Desesperado” – Charles R. Swindoll – Editorial Betania, 1989.

2- Canción: “Cantata de puentes amarillos”; álbum “Artaud”, 1973. Intérprete: Pescado Rabioso – Discográfica: Talent-Microfón

3- http://www.biblestudytools.com/video/what-s-the-book-of-ecclesiastes-all-about.html? – David Murray, Profesor de AT en el Seminario Teológico Puritano Reformado.

 

4 comentarios

  1. Me gusto, es un libro que le revela al hombre mortal la realidad de la vida, sea rico o sea pobre, sabio o ignorante. En lo personal siempre me gusto y si, es “del cielo para abajo” pero a eso siempre le dije yo RV … ¿y donde estamos ahora? … me podes decir Cristiano? Me hace bien leerlo y sacos buenos consejos. Si.

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    1. Lo bueno de Eclesiastés es justamente eso, que se escribió debajo del sol. Así estamos siempre los cristianos.viviendo por debajo del sol la mayor parte del tiempo. Muy pocas veces tenemos una reflexión, una oración o pensamos por “arriba del sol”. Somos mediocres, así que si terminamos nuestras vidas como concluye el libro: respetando a Dios y manteniendo sus mandamientos, no habremos vivido en vano…

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  2. Eclesiastés o Qohelet es un libro extraño, casi temible; a primera vista, es un contraste intolerable con otras expresiones sapienciales, como Proverbios. De hecho, entiendo que fue admitido al canon solamente porque su autoría fue atribuida a Salomón. No obstante, es uno de mis libros favoritos de la Escritura, porque como muy claramente dice Guillermo Gitz, contrasta la perspectiva humana, terrenal y temporal, con la divina, celestial y eterna. El libro enseña que ningún exceso satisface; que podemos disfrutar nuestra porción en la tierra; pero que en definitiva, lo más importante es lo que no puede verse, excepto por los ojos de la fe. Y más vale que estemos siempre preparados para encontrarnos con nuestro Creador. En Él está la plenitud de todo ser humano.

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