La iglesia evangélica como agente suplidor de educación y civilidad (por Guillermo Gitz)

Guillermo Gitz

La iglesia evangélica fue de vital importancia para la adaptación y habituación de los inmigrantes que arribaron a la Argentina, a fines del siglo 19 y principios del 20. Aquellos extranjeros que llegaron para residir en nuestro país, dadas las condiciones casi infrahumanas que en muchos casos sobrellevaron en sus países de origen, recibieron afectuosa acogida al amparo de las minúsculas iglesias evangélicas.

Esos inmigrantes encontraron refugio tanto para sus almas entristecidas y magulladas, como el reconocimiento de que eran seres valiosos dentro de la iglesia y, más importante aún, lo eran para Dios. Los que se animaron a entrar a un templo por sí solos o fueron invitados por parte de vecinos, amigos, compañeros de trabajo o algún pariente que había llegado antes al país, fueron de inmediato recibidos cálidamente en el seno de las congregaciones.

La mayoría de los nuevos residentes eran católicos, ortodoxos y hasta judíos, aun cuando, generalmente, solo lo eran nominalmente. Aun así, tenían ese trasfondo religioso que, mínimamente, los preservaba, muchas veces, de aceptar falsos cultos y creencias. Y ese reconocimiento de Dios les sirvió para que cierta cantidad de ellos tuviesen una buena predisposición para escuchar hablar sobre el evangelio de Jesucristo. En cualquier caso y, casi obviamente, los más de ellos se mantuvieron incólumes en su creencia tradicional familiar. Por lo que fueron refractarios a cualquier insinuación de visitar un “templo protestante” o recibir un folleto testimonial de parte de los creyentes que hacían proselitismo en puntos estratégicos y, también, puerta a puerta en las ciudades y los pueblos.

Aquellos, quienes sí aceptaron y luego fueron integrando las congregaciones, se abrieron a un mundo nuevo para ellos. Entendieron y asumieron la diferencia con su iglesia de origen y gozaron de las nuevas prerrogativas de una comunidad abierta y cooperativa. Tan diferente del verticalismo y distanciamiento sacerdotal que prevalecía en sus iglesias previas. Ahora, se allegaban fácilmente a los creyentes de experiencia o al pastor para conversar o entrevistarse con ellos y responder sus dudas e interrogantes. Aún más, no solo fueron bienvenidos, sino que, con el tiempo, algunos tuvieron un pequeño y, en algunos casos, un mayor reconocimiento a sus talentos y habilidades. La dinámica apertura de la iglesia evangélica les permitió tomar puestos de afirmación dentro de las congregaciones y aportar sus destrezas y experiencias y, por supuesto, sus dones. Todos encontraron un lugar y una función que los entusiasmaba, por más sencilla que fuera. Era algo que no habían experimentado en sus comunidades religiosas precedentes, donde solo el clero cumplía con todas las ministraciones. En aquellas iglesias, habían sido simples espectadores y obedientes observadores.

Otro privilegio para ellos fue poder acceder a la literatura usada en los cultos, como la Biblia, los himnarios y revistas o folletos; esto les posibilitó una mínima instrucción al adentrarse lentamente en la lectura. Algunos recién comenzaban trabajosamente a leer un texto sencillo. Algo que no habían podido hacer en su tierra natal, con lo que su manejo del idioma fue mejorando. La mayoría de los inmigrantes de aquella época eran iletrados o semi iletrados, en el mejor de los casos. Muchos provenían de un extracto social tan bajo e inculto que aprendieron las primeras letras tratando de ojear alguno de los documentos compartidos en los templos evangélicos. Fue un entrenamiento eficaz, con lentitud pero con constancia, dado el uso permanente de esos textos; así es cómo fueron internando en sus mentes el nuevo idioma por lecturas sencillas. Otra fuente de conocimiento fueron los himnos y canciones que, si no los podían leer, los aprendían de memoria; lo mismo ocurría con las citas bíblicas que memorizaban. Esto fue una realidad para los migrantes de países no hablantes del castellano, pero también como un perfeccionamiento de su habla y su lectura para los que provenían de regiones empobrecidas de España.

Por una vía secundaria y compensatoria, la iglesia enseñó en forma mínima, aunque incluso superior, en el caso de los que luego perfeccionaron su conocimiento bíblico en la misma iglesia o en un seminario, a un importante número de inmigrantes cuasi analfabetos. Una vez más, la iglesia evangélica educó a sus fieles y no solo abriendo escuelas con educación formal para la niñez. Pero, además, debido a la relación de esta iglesia cristiana heredera de la Reforma, con el texto sagrado, tan libre y disponible para cualquiera, también permitió a los no cultivados allegarse a la práctica sistemática de la lectura; comenzando aun desde cero conocimientos. Aquel fue el caso de los inmigrantes, pero actualmente sigue sirviendo para estimular el interés lector y la instrucción de quienes han defeccionado de la educación formal por variadas razones.

Un aprendizaje por inducción se fue desplegando al enfrentar un texto que no entendían por completo o tan siquiera en mínimo grado, pero que era repetido por el predicador en forma periódica, así como las canciones frecuentadas varias veces en el año; esto los llevaba a interiorizar y memorizar las palabras y las frases que fueron permeando su intelecto. Por la repetición, se fijaban textos, conceptos y doctrinas. De esa manera, la iglesia aportó un recurso subsidiario a la instrucción institucionalizada. La iglesia enseñaba; ya sea con los mensajes, los estudios, los testimonios, los himnos. Toda esa instrucción doctrinaria se iba afianzando en la mente de los congregantes y, tanto los extranjeros como los argentinos con mínima educación, fueron cultivados intelectualmente.

No está de más mencionar la socialización que practicó esa gente en las relaciones interpersonales dentro de la iglesia; en actos, reuniones, fiestas litúrgicas anuales, como Navidad y Pascua y otras. Así como todo tipo de encuentros culturales o religiosos y aun festivos, como aniversarios y homenajes. Todo coadyuvaba a la incorporación de estos fieles a la sociedad argentina a través de una pequeña comunidad evangélica, pero valiosa en su modo de trato al extranjero y al argentino humilde. De esa manera, hallaron un conveniente sitio de referencia y un lugar de pertenencia. Aprendieron a civilizarse, vestirse con formalidad, a comer y cocinar comida diferente, a ordenar sus vidas y educar con el ejemplo cristiano a su familia. Mucho hicieron las iglesias para ayudarles a encontrar trabajo, para donarles vestimenta, para construir o arreglar sus humildes casas y para hospedar transitoriamente a los creyentes, por ejemplo, los que venían del interior a vivir a la ciudad. Aquellas iglesias fueron verdaderas comunidades de fe en acción.

 Conozco el relato de primera mano, por mi madre, acerca de una actividad que en algunas iglesias se desarrollaba en días sábados; la que les permitía a los nuevos miembros desarrollar su creatividad. Por ejemplo, eran alentados a, como mínimo, exponer su testimonio de conversión e incluso, algunos se animaban a tener una muy breve reflexión devocional. Estaban los que recitaban textos bíblicos o poemas espirituales y también algunos llegaban a cantar una canción o himno. Otra vez, la democratización en la iglesia evangélica ayudó a los más noveles a testimoniar desde un lugar de confianza anímica.

La iglesia evangélica conformó una micro sociedad que los integraba y los reconocía como personas de importancia más allá de su estrato social. Algo que para quienes eran extranjeros pauperizados o nacionales de bajo nivel era una igualación eficaz y un nuevo derecho adquirido. En definitiva, fue una apreciable nivelación social mientras concurrían a las actividades eclesiales, ya que quedaban en equidad con aquellos que tenían mayor educación o nivel económico. Es más, a veces, ellos mismos fueron los que llevaban adelante la conducción de la reunión por sobre quienes, en la sociedad, estaban por encima de ellos, dado que eran sus patrones o superiores, por ejemplo, en el trabajo. Más tarde, sus hijos sí pudieron escalar socialmente y algunos de ellos, dentro de la mínima jerarquía eclesiástica que instituye la iglesia evangélica, llegaron a ser pastores y misioneros. Liderazgos obtenidos por vocación antes que por superior status.

En definitiva, la iglesia evangélica argentina, con la peculiaridad de ser parte de un país de inmigración, contribuyó aportando civilidad para sus miembros más vulnerables tanto en términos sociales y económicos como intelectuales. Fue una plataforma desde la cual les fue más accesible su integración a la sociedad. Lo más plausible fue que se sintieron confortados e integrados en una comunidad de trato cordial, que les retempló el ánimo y fortaleció su auto-estima y los vigorizó socialmente en un país extranjero, lejos del suyo. Por todo ello, la iglesia evangélica fue partícipe de la consolidación del famoso crisol de razas, aquel que conformó la mixtura de la sociedad argentina tal como se la conoce en la actualidad.

[Dedicado a mi madre y su familia, quienes vivieron parte de esa etapa de la nación argentina].

Un comentario

  1. Excelente artículo. Son aspectos de la obra que inspiran y que deben conocer las nuevas generaciones. Muchas gracias, Guillermo.

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