Nuestro padre Abraham

Abraham es uno de los pocos personajes de la Biblia que recibió elogios de parte de Dios por haberlo escuchado y obedecido a lo largo de su vida. Jehová dio testimonio acerca de él: “porque Abraham escuchó mi voz, y guardó mis preceptos, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes” (Gn. 26:5). Lo designó “profeta” (Gn. 20:7) y vinculó para siempre su nombre, Jehová, con el de Abraham (Éx. 3:6). Otros autores bíblicos lo identificaron como un “amigo de Dios” (Is. 41:8; 2 Cr. 20:7; Stg. 2:23). Abraham fue el siervo del pacto al que estaba vinculada la “santa palabra” y promesa de Dios (Sal. 105:42). Incluso personas de otros pueblos, no hebreos, lo alabaron por sus virtudes y su bendición divina (Gn. 14:20; 21:22; 23:5).

Dios declaró acerca de Abraham: “Yo sé que él ordenará a sus hijos y a sus descendientes que sigan el camino del Señor, y que sean justos y rectos” (Gn. 18:19). Confiaba en que Abraham transmitiría la promesa de Dios a su descendencia, además de que sería ejemplo de virtud como patriarca fundador de su pueblo. En efecto, Abraham tuvo renombre por su ética y piedad. Edificó altares (Gn. 12:7; 13:18), tuvo fe (Gn. 12:1, 9; 20:17; 22:8, 14) y mostró una profunda reverencia hacia Dios (Gn. 17:3; 18:22; 19:27). Obedeció todos los mandatos de Dios. En consecuencia, cuando el Señor instruyó a Isaac, lo hizo en conformidad con la promesa que le había hecho a su padre:

Habita como extranjero en esta tierra, y yo estaré contigo y te bendeciré. A ti y a tu descendencia les daré todas estas tierras, y así confirmaré el juramento que le hice a Abraham, tu padre. Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y a tu descendencia le daré todas estas tierras. Todas las naciones de la tierra serán bendecidas en tu simiente, porque Abraham escuchó mi voz, y guardó mis preceptos, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes. (Gn. 26:2-5)

Obedecer la voz de Dios implicó para Abraham hacer grandes sacrificios y tener mucha visión. Abandonó un centro de cultura urbana, Ur de Babilonia, donde su familia “servía a otros dioses” (Jos. 24:2). Rechazó la idolatría y los beneficios y las expectativas que ella representaba en el plano social, político y económico. Se resistió a una versión sesgada —inspirada por la serpiente— del mandato cultural dado a Adán (Gn. 1:28). Dejó atrás una civilización pagana de sus tiempos para que Dios se diera a conocer a través de él, creando “para sí una nación” (Dt. 4:34).

Aun más importante es el hecho de que Abraham fue el principal agente a través del cual Dios dio inicio a su plan mundial de redención. Por medio de la progenie de Abraham, la descendencia de Eva (Gn. 3:15) se multiplicaría por toda la tierra y, a su tiempo, daría a luz al Mesías, Cristo Jesús. Por eso, Pablo escribió que quienes creen en el evangelio “son de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros” (Ro. 4:16). Del mismo modo y por la misma razón, Santiago dijo que la piedad de Abraham fue paradigmática, dado que él fue justificado “por las obras, y no solamente por la fe” (Stg. 2:24). Esto explica también por qué el autor de Hebreos lo describe como un héroe y peregrino: “porque esperaba llegar a la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (He. 11:10).

Todo esto ocurrió porque Abraham escuchó la voz de Dios y obedeció.

Preguntémonos: ¿Nosotros también escuchamos y obedecemos a la voz de Dios?

Traducido por Micaela Ozores

 

 

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