Sobre cultivar el contentamiento

Este blog no fue escrito para usted, el lector. Fue escrito para mí, el autor. De todos modos, los invito a leerlo.

Básicamente, se trata de un ejercicio de autodisciplina espiritual en el que me pregunto a mí mismo: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?” (Sal. 42:11).

Soy impaciente por naturaleza. Soy emprendedor y tengo una mentalidad orientada hacia los objetivos. Tengo altas expectativas respecto de mí mismo y de los demás. Muchas veces, tengo una fijación con el futuro: planifico, imagino, alimento esperanzas y luego, espero; y con mucha frecuencia, la espera se vuelve frustrante.

A veces, tener esta rara personalidad me es útil, en especial cuando hace falta una persona que pueda cumplir un objetivo. Según los tipos de personalidad de Myers-Briggs, yo soy del tipo introvertido, intuitivo, reflexivo y juicioso (lo que en inglés se resume bajo la sigla “INTJ”), personalidad a la que se suele denominar el “arquitecto”, es decir, una persona que es “un pensador creativo y estratégico, que siempre tiene un plan para todo”.

Sin lugar a dudas, ese soy yo. Me gusta trazar planes. Me gusta resolver problemas, en especial cuando constituyen un desafío intelectual o educativo. Tengo un plan para mí. Tengo un plan para usted. Tengo un plan para todos y todo. Por eso, cuando este “arquitecto” no logra diseñar o construir lo que se propone, o cuando los “subcontratistas” o “proveedores” no cumplen con sus obligaciones para la concreción del proyecto, él se frustra mucho. El descontento es mi lugar por defecto.

Sin embargo, siempre se presentan obstáculos en cualquier proyecto de construcción. Siempre hay demoras y las personas no siempre son confiables. Por otro lado, siempre hay más cuestiones que planificar, más asuntos que resolver y otros problemas que solucionar. El resultado, si soy honesto (y debería serlo si estoy escribiendo para mí mismo), es que esa fijación con el futuro, con esos nuevos proyectos y desafíos, hace que me pierda el presente. En ocasiones, la impaciencia y frustración hacen que no disfrute el momento. Muchas veces, sacrifico el contentamiento temporal sobre el altar del futuro, y esa es una de las fórmulas del descontento.

“¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?” (Sal. 42:11)

Para ser justo conmigo mismo, debo decir que no carezco totalmente de discernimiento sobre mí mismo o contentamiento. En mis tiempos devocionales, a veces, enumero las bendiciones aludidas por las frases de Salmos 103:1-5:

Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre.
Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.
Él es quien perdona todas tus iniquidades,
el que sana todas tus dolencias;
el que rescata del hoyo tu vida,
el que te corona de favores y misericordias;
el que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila.

Además, muchas veces reflexiono sobre las muchas bendiciones de la gracia común de Dios (Hch. 14:17), aquellos beneficios del día a día que, simplemente, damos por sentados. Por ejemplo, dormir bien de noche, disfrutar de una buena comida y bebida, la compañía de amigos cercanos, la belleza de una obra musical o el esplendor de la naturaleza; o desde un punto de vista negativo, ser librado de desastres naturales, problemas de viajes, mala salud, crímenes, accidentes y desgracias de todo tipo.

Tengo 65 años. La realidad física y el reloj me obligan a tomarme la vida con más calma, o al menos a ir un poco más despacio. Aceptar las limitaciones de la edad me ayuda a abrazar de una forma más plena el presente y disfrutarlo.

Aun así, sospecho que el verdadero contentamiento duradero radica en tener la esperanza del Salmo 42 y guardar el recuerdo al que alude:

¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío.
Dios mío, mi alma está abatida en mí; me acordaré, por tanto, de ti (vv. 5-7a).

Eso es lo que haré, por la gracia de Dios. Voy a cultivar el contentamiento por medio de la esperanza y la remembranza: la gozosa y expectante espera de la gracia futura y la celebración de las bendiciones del pasado.

2 comments

  1. Muy bien Richard. Recuerdo al Apóstol Pablo, quien podía coincidir contigo en alguna de tus características personales, decir: “Regocijaos en el Señor siempre, otra vez digo: ¡Regociajaos!. Filipenses 4:4. Sería un lindo tema definir lo que es el gozo cristiano.

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